No sé si os habéis dado cuenta de las veces que nos quejamos…
Nos quejamos y nos quejamos y nos quejamos… una y otra vez, por todo. A veces tengo la sensación de que quejarse se ha convertido en una especie de deporte nacional. Nos quejamos del tiempo, del trabajo, del tráfico, de los demás… de lo que hacen, de lo que no hacen… de lo que tenemos y, curiosamente, también de lo que un día soñamos tener.
Y hace poco me encontré con una situación que me esta haciendo pensar mucho.
Una madre me hablaba de su hijo. Un niño tremendamente inquieto, de esos que parecen tener una pila que no se termina nunca: un auténtico saltimbanqui, de aquí para allá, sin parar… agotando a todo el que tiene alrededor.
«¡Por favor, que se le acabe la pila al niño este!», decía su madre, medio exhausta, medio agotada.
Y yo la entendía perfectamente. Porque hay niños que tienen una energía que parece inagotable y, cuando llevas todo el día detrás de ellos, entiendo que una madre pueda llegar a decir: «¡Que pare un poco, por favor!».
Porque muchas veces vamos ganados por el estrés, por el trabajo, por el cansancio, por las prisas… y entonces cualquier cosa se nos hace bola.
El niño no para quieto. Brinca en el sofá sin tregua. Le acabas de poner limpio como un pincel, iba de punta en blanco, y a los cinco minutos… aparece otra vez hecho un cuadro.
Le llamas y no te escucha.
Le vuelves a llamar y sigue a lo suyo.
Le dices que se baje del sofá y parece que estás hablando con la pared…
Y tú ya vienes cansada, llevas todo el día corriendo, tienes mil cosas en la cabeza, no has parado un minuto… y entonces ese niño -que simplemente está siendo niño- con su energía, sus ocurrencias, sus carreras y sus diabluras, termina de desbordarte.
¡Y claro que te enfadas!
¡Y claro que te desesperas!
Y hay momentos en los que piensas: «¡Por Dios, que pare un poco!».
Es comprensible.
Una madre puede pensar: «Pero si yo no pido gran cosa… ¡cinco minutos de calma! ¡Cinco minutos de paz!».
Y es una petición completamente lógica, lícita, razonable. Todos necesitamos de vez en cuando cinco minutos de silencio, sentarnos, respirar, que nadie nos llame, que nadie nos pida nada.
Claro que sí.
Pero mientras aquella madre me contaba, medio exhausta, medio desesperada, que su hijo no paraba, que parecía que tenía una pila que nunca se acababa… yo pensaba en otra madre que conozco.
Otra madre que está sentada en la sala de espera de un hospital.
Una madre que daría la vida entera, lo que fuera, por poder llevarse a su hijo a casa, por verlo sano, por verlo con fuerzas para levantarse de la cama y hacer mil diabluras… Esa madre sería feliz acabando agotada después de un día entero detrás de su hijo, por tener que decirle veinte veces: «¡Estate un poco tranquilo, hijo, que me vas a volver loca!».
Daría lo que fuera por eso. Por tener que correr detrás de él. Por tener que recoger lo que ha tirado. Por tener que llamarle mil veces.
Por acabar el día diciendo: «¡Dios mío, qué niño! ¡Me tiene agotada!».
Porque esas madres que están sentadas en una sala de espera, esperando noticias, darían cualquier cosa por no estar allí. Darían cualquier cosa por estar en casa, agotadas, sí, pero agotadas de correr detrás de un hijo sano, fuerte, vivo, lleno de energía y de ganas de comerse el mundo.
Y entonces pienso: es que muchas veces no valoramos lo que tenemos. Se nos olvida lo afortunados que somos, lo privilegiados que somos en tantas cosas, y vivimos mirando aquello que nos falta, aquello que querríamos cambiar, aquello que no funciona como nosotros esperábamos.
Nos quejamos de lo que tenemos y no nos damos cuenta de que, frente a la realidad de tantas personas, somos unos auténticos privilegiados.
Y no hace falta irnos muy lejos.
Basta con mirar un poco alrededor, escuchar otras historias, asomarnos a otras vidas, para descubrir que eso de lo que nosotros nos estamos quejando quizá sea, precisamente, aquello que otra persona está pidiendo a Dios cada noche…
Nos hemos acostumbrado tanto a nuestros dones que han dejado de parecernos dones. Y eso es peligroso. Porque cuando algo se convierte en cotidiano, fácilmente dejamos de agradecerlo.
La salud, hasta que llega la enfermedad.
La familia, hasta que echamos de menos a alguien.
El trabajo, hasta que nos falta.
Una casa llena de ruido, hasta que el silencio se convierte en compañía.
Los hijos que nos agotan, hasta que una sala de espera de un hospital nos recuerda que hay padres que darían la vida entera por escuchar de nuevo sus carreras por el pasillo.
Y entiendo perfectamente a esa madre que necesita cinco minutos de paz. No quiero juzgarla. No quiero decirle que no tiene derecho a cansarse, ni que debería estar siempre sonriente y agradecida. No. No es eso… El cansancio existe. La maternidad agota. Y hay días en los que una ya no puede más…
Pero hay otro silencio. Un silencio que no se elige. El silencio de una habitación de hospital, de una sala de espera, de esos momentos en los que una madre daría cualquier cosa por escuchar a su hijo gritar, reír, correr, protestar, hacer ruido…
¡Cualquier cosa!
Porque aquel ruido que a nosotros nos puede resultar insoportable después de un día agotador, para ella sería música.
Aquel «¡mamá!» que a veces escuchas veinte veces y al que respondes casi automáticamente, para ella sería el sonido más precioso del mundo.
Aquellas carreras por el pasillo que nos hacen decir «¡estate quieto de una vez!», para ella serían una fiesta.
Y ese silencio del hospital no descansa.
Ese silencio preocupa, angustia, te hace mirar una puerta esperando que alguien salga y te diga que todo va bien.
Ese silencio te rompe el alma, la vida y el corazón.
Y entonces pienso que es preferible mil millones de veces ese dolor de cabeza que te produce el cansancio, el agotamiento, el ruido, el escándalo que está montando tu hijo, las carreras, los gritos, el «¡mamá!» por aquí y por allá… Es preferible terminar el día rendida, con la cabeza como un bombo, pensando: «¡Por Dios, qué niño! ¡No puedo más!», que sentir ese otro dolor.
Ese dolor en el pecho que te rompe por dentro cuando estás viendo que tu hijo se te va, que se le va la vida, y tú estás ahí, delante de él, queriendo hacer algo, queriendo detenerlo, queriendo cambiar las cosas, queriendo darle tu propia vida si hiciera falta… y no puedes.
¿No es preferible mil veces limpiar el suelo y quitar los borrones que tu hijo ha hecho en la pared con sus pinturas de niño, que pasar la noche levantándote una y otra vez para mirar la temperatura, poner la mano sobre su frente y comprobar si la fiebre ha bajado?
¿No es preferible encontrar las paredes llenas de garabatos, los juguetes por medio, el suelo hecho un desastre, la ropa manchada cinco minutos después de haberla puesto limpia… que estar sentada al lado de una cama de hospital, mirando a tu hijo y preguntándote qué va a pasar?
Porque ese desorden, ese barullo, ese lío interminable que te agota y te cansa, ese niño súper inquieto que te ha tocado y que cualquier día te va a sacar canas verdes, y que te deja al final del día completamente rendida… no deja de ser un regalo de Dios.
Un regalo que quizá hoy no sabes valorar porque estás cansada.
Porque tienes sueño.
Porque llevas todo el día corriendo.
Porque necesitas cinco minutos de paz y parece que en tu casa esos cinco minutos no existen. Pero puede llegar un día en que ese mismo barullo te haga falta.
Y entonces pienso en tantas madres que hoy echan de menos precisamente eso.
Echan de menos el ruido. Echan de menos las carreras. Porque hay cosas que solo descubrimos que eran un regalo cuando dejamos de tenerlas.
Y entonces quizá miramos de otra manera ese ruido que hace un momento nos parecía insoportable. Porque aquel barullo que te agotaba… era vida.
Respira y da gracias a Dios: «Señor, gracias por este lío. Gracias por este ruido.
Gracias por esta vida que hoy me desborda. Porque sé que, aunque ahora me canse, es un regalo».
Así que hoy, aunque estés cansada, aunque te cueste, aunque tengas la sensación de que ya no puedes más… respira profundo. Ten paciencia. Míralos jugar, saltar, ensuciarse, hacer ruido, dejar juguetes por el suelo y convertir tu casa en un pequeño caos.
Porque ese ruido que a veces te vuelve loca es, en realidad, la bendita prueba de que los tienes contigo, sanos y vivos. Y eso, créeme, es un lujo que no todos tienen hoy.
Por eso, cuando estés a punto de perder la paciencia, cuando vuelvas a pensar «¡Dios mío, qué niño!», cuando te parezca que necesitas cinco minutos de silencio… Respira hondo y míralo. Y recuerda que quizá un día echarás de menos precisamente todo aquello de lo que hoy te estás quejando.
He puesto el ejemplo de los niños, porque lo tengo fresco en mi mente y porque es una de esas realidades en las que se ve con mucha claridad cómo podemos llegar a quejarnos de aquello que, en realidad, es un regalo.
Pero esto no va solamente de los niños. Va de nosotros. De nuestra manera de mirar la vida. De esa facilidad que tenemos para fijarnos en lo que nos falta y olvidarnos de todo lo que tenemos. De acostumbrarnos a los regalos cotidianos hasta dejar de verlos como regalos.
Creo que hoy necesitamos hacer un pequeño ejercicio de memoria y de gratitud.
Mirar alrededor. Mirar nuestra vida. Nuestra familia, nuestros amigos, nuestra salud, nuestra casa, nuestro trabajo, las personas que tenemos cerca… esas pequeñas cosas que forman nuestro día a día y que tantas veces damos por supuestas. Y preguntarnos: ¿Qué cosas de mi vida he dejado de agradecer simplemente porque me he acostumbrado a tenerlas?
Porque quizá eso que hoy te parece normal, para otra persona sería un sueño. Quizá eso de lo que tú hoy te quejas es precisamente aquello que alguien está pidiendo a Dios. Y quizá es hora de aprender a decir más veces: «Gracias, Señor».
Gracias por lo que tengo. Gracias por lo que soy. Gracias por las personas que has puesto en mi camino. Gracias incluso por aquello que hoy me cansa, me desborda o me incomoda, porque quizá también ahí hay un regalo que todavía no sé descubrir.
Que no nos pase que tengamos que perder algo para darnos cuenta de cuánto valía. Que no necesitemos echar de menos para aprender a agradecer. Porque la vida está llena de regalos que solo parecen pequeños porque los tenemos todos los días. Y tal vez hoy, antes de volver a quejarnos, podríamos detenernos un instante, mirar alrededor y descubrir todo lo que tenemos. Y decir, sencillamente: Gracias, Dios mío
Porque, al final, quizá la felicidad no consiste tanto en tener más… sino en aprender a valorar y agradecer lo que ya tenemos.
