Esta noche quiero pedirte fuerte:

Señor, arráncame la calculadora del corazón.

Arráncame, bórrame la hoja de Excel de mi cabeza y hazme pequeña.

Hazme muy pequeña.

Enséñame a vivir desde la confianza. Enséñame, convénceme de que no tengo que ganarme tu amor.

Enséñame a creer que me amas cuando acierto y que también me amas cuando no acierto y cuando me equivoco.

Que me amas cuando soy fuerte y también cuando estoy cansada y me siento débil.

Me amas con todo tu corazón.

¡Qué hermoso, Señor, saber que el corazón de Dios me ama!

Cuando siento tu presencia y me estás amando, exactamente igual que cuando no siento nada.

Enséñame a creer. Convénceme de que tu amor no depende de mis sentimientos, que tu amor no cambia, que tu amor es inmutable, es eterno.

Tu amor siempre, siempre permanece.

Esta noche necesitamos escuchar de ti algo muy sencillo. Escucharte decir:

«Mira, no tienes que hacerte digna de mi amor para poder recibirlo. No. Ya eres amada».

Desde la eternidad, no porque hayas hecho méritos, no porque seas perfecta, no porque todo en tu vida esté ordenado y bien.

Eres amada.

Porque yo soy Amor.

Y eso es lo que cambia tu vida: que me creas.

Que te creas de verdad esto que te digo.

Aquella mujer con la que Jesús habló junto al pozo, la Samaritana, no salió del pozo siendo una mujer perfecta.

Se fue corriendo siendo una mujer que había reconocido que Jesús la amaba.

Siendo una mujer que había descubierto que alguien la conocía completamente, de verdad, en profundidad… y aun así la amaba.

Y eso es lo que puede transformar una vida.

No que Dios ignore nuestra pobreza, sino descubrir que, por encima de todo, somos amados.

Descubrir que Dios conoce nuestra pobreza y no se marcha.

Conoce nuestras heridas y permanece.

Saber que Jesús conoce nuestros pecados y nos ofrece misericordia.

Saber que Jesús conoce mi fragilidad y escucharle decir:

«Mujer, tengo sed de ti. Dame de beber».

Por eso, Jesús, esta noche yo no quiero pedirte grandes cosas.

No quiero pedirte ser estupenda ni extraordinaria. No quiero pedirte que me conviertas en alguien que yo no soy.

Quiero pedirte, para mí y para todas, algo mucho más sencillo:

Enséñame.

A dejarme amar.

A dejarme mirar por ti, a dejarme encontrar, sanar, sorprender por ti.

Enséñame a dejarme tomar en brazos, a dejarme llevar por ti.

Enséñame a confiar en ti cuando no entiendo, a esperar cuando yo no veo, a permanecer cuando todo dentro de mí me dice que me rinda, que abandone, que esto no tiene futuro.

Enséñame a creer.

A confiar.

Aunque yo no vea nada.

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