Señor Jesús, aquí estamos, una vez más delante de ti.
Y esta noche queremos estar aquí contigo sin decir demasiadas palabras, sin necesidad de explicarte muchas cosas, porque tú ya las conoces. Tú sabes perfectamente lo que cada una traemos dentro de nuestro corazón, sabes todo.
Como le contestó Pedro: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo».
Tú sabes de nuestras alegrías, de nuestras preocupaciones, de nuestras luchas, de nuestras pequeñas victorias, de nuestras heridas, de nuestros cansancios.
Sabes también aquello que ni siquiera nosotras sabemos explicar.
Y esta noche, recordando a Teresita, quisiera pedirte una sola cosa:
Tú eres mi Maestro. Enséñame.
Enséñame, sobre todo, a dejarme amar por ti.
Porque sabemos mucho hablar del amor. Sabemos que tenemos que amar, servir, entregarnos, perdonar, tener paciencia, hacer el bien…
Pero nos cuesta muchísimo una cosa que parece sencilla, y es dejarnos amar.
Sí, Señor.
Dejarnos amar por ti, con el convencimiento íntimo y profundo de que no tenemos que demostrarte nada. Dejarnos amar por ti sabiendo que no tenemos necesidad de llegar a tu presencia con las manos llenas, sin pensar que vas a quererme más cuando hago las cosas bien y vas a quererme un poco menos cuando fallo.
Quiero venir aquí ante ti sin creer que tengo que ser estupenda ni extraordinaria para que tú puedas alegrarte conmigo.
Teresita descubrió algo precioso: que delante de ti podía ser pequeña, podía ser pobre, podía reconocer toda su debilidad, podía no tener grandes obras que presentarte.
Y precisamente ahí, en esa pobreza, descubrió que estaba su caminito.
Porque, a ver si me entero de una vez…
No se trata de subir hasta ti con mis propias fuerzas, que no tengo, que no puedo. Se trata de dejarme llevar por ti.
De confiar, de abandonarme y de permitir que tu amor haga en mí lo que yo no soy capaz de hacer.
Teresita lo entendió muy bien, Jesús. Entendió que tú no estabas esperando grandes hazañas de ella, que solamente querías su corazón, su confianza, que se abandonara en tus manos.
Por eso su caminito fue hacerse pequeña.
Pero no hacerse pequeña porque su vida no tuviera valor, sino todo lo contrario.
Pequeña porque descubrió que el amor de Dios, tu amor, es mucho más grande que nuestra propia capacidad de amar.
Y esto, Señor, ¡cuánto nos cuesta!
Qué difícil se nos hace, porque queremos tener el control, queremos saber, queremos comprender, queremos medir…
Sí, somos así.
Hasta nuestro amor lo medimos.
¿Cuánto he hecho? ¿Cuánto he rezado? ¿Cuánto me he entregado? ¿Cuánto he avanzado? ¿Cuánto he fallado? ¿Cuánto me falta?
Seguimos teniendo una especie de calculadora en el corazón.
Y vamos anotando todo, como si lleváramos una hoja de Excel, y estamos todo el día haciendo cálculos y cuentas.
Y eso no es.
Eso es lo más contrario a tu corazón y lo más contrario al Evangelio.


