Obediencia al confesor

Lo mejor de las enseñanzas de Santa Teresa en materia de obediencia no está tanto en lo que dice, cuanto en lo que enseña desde la vivencia; muy en concreto a sujetarse a los superiores y a los confesores en los conflictos de todo tipo y a todos los niveles que fueron presentándose a través de su ajetreada vida. Sobre todo, a partir de las primeras gracias místicas que aquello ya fue con los confesores… ¡un jubileo! Porque no se enteraban de nada, no entendían nada y en vez de decir claramente “no entiendo nada”, le daban cada cual una receta peor que la anterior y ella, la pobre, obedecía con ese espíritu de fe: se fiaba y obedecía.

Hay una cosa que ella tenía clara: que “en obedecer estaba la mayor perfección” (Camino 39, 3) y que nunca –y esto es muy importante– sería engañada obedeciendo. ¡El que obedece no se equivoca nunca! Se puede equivocar el que le manda, pero el que obedece, obedeciendo, no se equivoca jamás (Fundaciones 4, 2 –ahí habla de esto).   

Su oración, incluso las luces que ella recibía, las hacía pasar siempre por el discernimiento de los confesores y los teólogos (Vida 33, 4) y ahí hemos visto cómo -aparte de quemar los “Cantares”- tuvo que volver a redactar el Camino, se lo cortaron. El Libro de la Vida ella se lo envía al Maestro Juan de Ávila para viese si era una doctrina fiable; se lo envía para que él lo lea y lo leyó… Siempre sometió y de hecho… ella lo dice: “si en algo me equivoco, es por ignorancia, pero yo lo que diga la Iglesia Católica siempre”. Ella ante todo eso. Ella siempre se sometió.

De la obediencia al confesor ¿qué podríamos decir? Las gracias que ella recibe en la oración, que el Señor se le hacía presente de una manera muy peculiar -en el Libro de la Vida se describen estas gracias– con mucha fuerza y la hacía crecer en el amor -lo podemos leer en Vida 29- las somete siempre al juicio del confesor.

Y el bendito del confesor, que estaba “cazando gamusinos por las Batuecas” y ni oía de lo que iba el tema, le da la siguiente receta. Primero dictamina: “esto no es de Dios, es cosa del demonio”. Bueno… primera alegría: “¿todo eso que me pasa no es de Dios, es del demonio? Entonces, la alegría que siento, el amor que siento, todo eso que siento en mi interior ¿es del demonio? Pues entonces no es tan mala gente el demonio porque esto es estupendo, ¿no? Claro…” “Pues es del demonio. ¡Cuidado, que es un engaño del demonio!” La pobre, imaginaos el susto: “Todo eso es del demonio. ¡Ay, Dios mío, qué soponcio! Y si es del demonio, ¿qué hacemos?” Primero dictamen y a continuación la receta que tiene tela, ¿eh? Le ordena que, para combatirlo, se santigüe cada vez que se le acerca y se le presenta el Señor y que le diese higas –las higas eran una especie de gestos despectivos estilo corte de manga del siglo XVI– y la pobre dice: “Pero si es Cristo, si es el Señor, ¿cómo voy a hacer eso?” “Pues lo haces” Y ¡claro! imaginaos la situación… ¡Y ella obedece! “Aunque que yo –lo dice en el Libro de la Vida, capítulo 29, en los números 5 y 6– aunque yo no pudiera dudar que era Dios.” Pero ella hace lo que dice el otro pobre, que no sabía si mataba o espantaba… pero ella obedece. Y se lo dice al Señor y el Señor le dice: “No te preocupes, hija, obedece. Haz lo que te ha dicho.”

O sea, la situación era… ¿¿¿??? Ella obedece. Hasta este punto lleva la Santa la obediencia. Y como trataba con el Señor así, de tú a Tú, pues se lo cuenta ella: “Mira, Señor, es que te tengo que hacer higas –como sean las higas- y santiguarme porque me ha mandado el confesor.” Y el Señor le dice: “Pues haz lo que te ha dicho”. Aquello debía de ser un poco surrealista, pero…

Luego nos dice que nunca hacía cosa que no fuese con parecer de letrados. Aun que los letrados decían cada cosa también, pues parecido al confesor. Pero ella nunca haría cosa sin parecer de letrados.

La fundación de San José de Ávila fue épica y cuando os digo épica, es épica. O sea, digna de la Odisea, de una página de la Odisea. Humanamente… aquello no tenía camino, ni pies ni cabeza y -desde el punto de vista eclesiástico- era un “cacao” porque se fundó de una manera muy peculiar. Fue épica en todos lo órdenes, desde todos los puntos de vista. Fue una aventura.

Y en ese momento, Santa Teresa se encuentra en una encrucijada. En la encrucijada no entra ahí solo el confesor y su opinión -que había que tener en cuenta- sino que está también presente e interviene la Superiora del Monasterio de la Encarnación, la Comunidad de la Encarnación, el Padre Provincial de los Carmelitas y el Obispo de Ávila. El “pisto” era estupendo porque había que obedecer a todo el mundo, contentar a todo el mundo y hacer la fundación. Porque obedecer a uno ya es complicado, obedecer a cinco al mismo tiempo… ¡era una filigrana! Bueno, pues ella lo hace, ella lo logra.

Ella todo lo había hecho y lo había consultado con parecer de letrados para no ir un punto contra la obediencia; eso ella lo considera importantísimo. Lo dice en Vida 36, 5.  Por ahí en Vida 36 a 38 narra el inicio de la Reforma y cómo sucedió todo, ¿no? Sin embargo, no se libra de plantearse el problema: ¿está a salvo la obediencia? Eso es lo que a ella más le preocupa, “¿está salvo la obediencia? Porque mil monasterios dejaría sin hacer, y cuanto más uno, si su modo de proceder fuese en algo contra la obediencia.” Eso ella lo tiene clarísimo. Si no es en la obediencia, no hago nada, no me muevo, ¿está a salvo la obediencia?

En esos momentos, el 24 de agosto de 1562, cuando funda a San José de Ávila, la Santa Madre pasa uno de los momentos más difíciles de toda su vida -quizá la crisis más álgida de su vida- en el que se ve impulsada a un callejón negro de desaliento, de dudas, de… “habré hecho bien lo que he hecho… esto será una locura como todo el mundo dice” -pues todo el mundo decía que era un locura y un despropósito- “será de verdad lo que Dios quiere…” Ella se ve en medio de esa crisis tremenda. ¿Por qué? Porque nada menos que la obediencia, que es una de sus virtudes grandes, de las virtudes más grandes que ella defiende con más ardor, es la que está ahora mismo en juego, ¿no? Eso a ella le genera… Luego, también hay que ver que las tentaciones son tentaciones y el que le quite la paz es un signo de la intervención del demonio, el tentar llenar de dudas, de temores, de angustias, eso es algo como que muy propio.

En medio de esta situación, de esa profunda crisis interior, de este momento de lucha, de oscuridad, de turbación, de tentación y arrojándose en Dios y abandonándose en Dios, supera ese momento. Y cuando ya se ha quedado tranquila, llega la orden tajante: tiene que volver inmediatamente al Monasterio de la Encarnación para rendir cuentas a su prelada, que tiene derecho a pedirle cuentas porque le debe obediencia, ¿no? A ver que es lo que ha hecho sin su permiso. Obedece al instante: se va de San José, deja ahí a las cuatro pobres novicias con el hábito recién tomado, plantadas sin saber lo qué tienen que hacer, con el Consejo de la ciudad apremiándolas, tirando piedras a la puerta, empujando, los alguaciles… ¡bueno, un lío!, y ella se marcha a la Encarnación y las deja solas porque la Priora de la Encarnación la llama.

Si leemos en Vida 36, 7-12 que es cuando describe esta situación, ella nos dice que vuelve a la Encarnación segura de no haber obrado contra la obediencia. Es cuando pasa ese asunto divertido que está allí con la Priora y el Provincial y le sueltan una bronca de kilo, de campeonato, por todo lo que ha hecho y tal y cual… porque no lo hizo en obediencia a la Orden. Porque como el Provincial no le daba permiso y aquello no iba, pues se fue al Obispo y entonces erigió el Monasterio en la obediencia el Obispo de Ávila, D. Álvaro de Mendoza, con un Breve que había llegado de Roma y prescinde de la Orden. Montó un Monasterio de la Orden pero bajo la obediencia del Obispo, del Obispo de Ávila. Entonces el Provincial no se había enterado de nada, porque en el punto y hora que lo ponen bajo la obediencia del Obispo ya no le cuenta nada más al Provincial, que por lo pronto la mandó a Toledo, a la casa de Doña Luisa, para que aquello no prosperara. Entonces ella se calla, también obedece y se va a Toledo, a la casa de Doña Luisa de la Cerda. Deja a su hermana haciendo el Monasterio en Ávila, ella se va a Toledo obedeciendo al Provincial, pero diciendo muy claro que las obras no se paren y que el Monasterio tiene que seguir porque va con la obediencia al Obispo, pero ella se va a Toledo obedeciendo al Provincial… ¡Un lío! Pero ella obedeció siempre.

En Toledo la Providencia le sale al encuentro cuando recibe la luz aquella y la carta de San Pedro de Alcántara de fundar en pobreza. Primer fruto de la obediencia es la luz, la claridad de ideas, la intervención de Dios.

Bueno, pues, cuando vuelve a la Encarnación se encuentra con el Provincial que le echa una bronca de campeonato y ella dice que estaba tan contenta, tan tranquila, tan a gusto, tan en paz… porque no había obrado contra la obediencia y tan contenta porque ya estaba el Monasterio hecho, que se lo había pedido el Señor. Y dice que lo que le decía el Provincial, que debía ser una bronca de kilo, le resbalaba… como que no iba con ella, como que le estaban echando la bronca a la monja de detrás, le daba igual. Pero dice que, para que no se enfadara el Provincial, ella mostraba mucha pena, que lo estaba pasando fatal con la bronca y, en el fondo, estaba más fresca que una lechuga. Esa es Santa Teresa total y absoluta.

Y luego hay dos hechos de relevancia que os quiero citar como ejemplos de cómo ella no hacía cosas sino con el parecer de letrados que dice. Uno ya se lo he dicho, que fue quemar el libro de los “Conceptos del Amor de Dios” y fue también otra luz de estas preclaras que tuvo el confesor con ella, ¿no? No sé si era el mismo de las higas o no, no lo he investigado, pero fue una luz preclara que tuvo el confesor que le mandó quemarlo y ella lo quemó inmediatamente. Y María de San José es la que nos lo cuenta en el Proceso de Beatificación de la Santa.

Era un librillo que había compuesto la Santa para dar riendas sueltas a sus sentimientos frente al texto del Cantar de los Cantares, ¿no? Las “Meditaciones de los Cantares” están llenas de lirismo, llenas del corazón de Santa Teresa volcado ahí y dice María de San José que “el Padre Fray Diego de Yánguas, dijo esta testigo, que la dicha Madre había escrito un libro sobre los Cantares y él, pareciéndolo que no era justo que mujer escribiese sobre la Escritura, se lo dijo y ella fue tan pronta a la obediencia y al parecer de su confesor, que lo quemó al punto” y se debió de quedar tan ancha. Por obediencia lo quema. Por suerte este escrito, nacido de la contemplación de la Palabra de Dios, se salva porque alguna de las más cercanas a ella, había ido copiando cuadernillos. Lo copiado -se cree que a retazos- se salvó. El original se convirtió en ceniza y humo como canto de alabanza a la obediencia. Entre eso y los “escrúpulos” de San Juan de la Cruz que quemó las cartas de la Santa… ¿para qué inventaría Dios al fuego?

Y hay otro caso de obediencia: al Padre Gracián como sabéis… Por petición expresa del Señor -porque es de esas cosas que el Señor le decía porque, como tenía hilo directo y conversaba con Él tranquilamente- pues va el Señor y le dice que haga un voto de obediencia al bendito Padre Gracián y ella lo hace.

Y este, el Padre Gracián, pues… se dedica a poner a prueba en más de una ocasión la obediencia de Santa Teresa, la obediencia de la Madre Fundadora -es que daba mucho caché mandar a la Fundadora-. Entonces él se dedica a probar continuamente esa obediencia, incluso procura mortificarla desde su condición de Superior de ella cuando era Comisario Apostólico para los descalzos y descalzas al principio. Hasta que aquello se clarificó, le nombraron Comisario Apostólico, que era una especie de Provincial, aunque todavía no había Provincia, ni Provincial, ni Superior aparte para los descalzos y las descalzas.

Y el suceso tiene lugar en Beas de Segura. La Santa estaba ya… acababa de cumplir 60 años. A los 60 años se ata al Padre Gracián con un voto. Hasta los 60 años no hizo ese voto, ella le conoció cuando tenía 60 años y en ese momento se ata a él. Daos cuenta de la madurez humana y espiritual de Santa Teresa en ese momento: ya estaba en las Moradas Séptimas desde hacía un tiempito y Dios le pide que se ate al Padre Jerónimo Gracián que era un “pipiolo” que todavía no tenía treinta.

Y Gracián le dice a la Santa que encomiende al Señor qué fundación hay que hacer primero: si la de Madrid o la de Sevilla. Y efectivamente, la Santa lo encomienda al Señor y el Señor le dice que no vaya a Sevilla, porque aquello va a ser un follón, que vaya a Madrid y ella se lo dice al Padre Gracián: “Me ha dicho Nuestro Señor que vayamos a Madrid y que no vayamos a Sevilla porque aquello va a ser un conflicto, y conflicto serio” como efectivamente fue. Y Gracián dijo que no, que eso no era de Dios, que eso era de ella, que era de su cabeza y que iban a Sevilla y que a Madrid ya se iría… si se iba, que luego nunca se fue. Y la Santa no replicó. Preparó todo para ir a fundar a Sevilla y en el punto y hora -esto también es histórico- en que salían de Beas para fundar en Sevilla, llega una carta de las monjas de Valladolid, de la Madre María Bautista, diciéndole que el Libro de la Vida ha caído en manos de la Inquisición y que en Sevilla la irán a buscar, que no vaya a Sevilla, ni a Valladolid, ni a Toledo, ni a ninguna ciudad importante donde la Inquisición tuviera un tribunal. Y dice que Gracián, pues como era… le entró un “canguelo” pensando en la Inquisición que a poco le da un “chungo” y le dice la Santa: “No, no. Que me busquen en Sevilla. No pasa nada”.

Y en Sevilla, efectivamente, la Inquisición le salió al encuentro. Fue sometida a un proceso, tuvo que defenderse, sufrió muchísimo por muchas cosas, fueron veinticuatro mil dificultades y alguna más… pero ella obedeció.

Hasta este punto llevó ella la obediencia. El Señor le había dicho: “Ve a fundar a Madrid y no vayas a Sevilla.” Pero Gracián la dice “¡No, vamos a Sevilla!” y obedece, porque ella sabe que aunque el Señor haya manifestado una cosa, la obediencia le agrada más. Hasta este punto vive ella la obediencia, con ese radicalismo y con esa entrega. ¿Es alienante? ¡No! Porque ella no ha dejado de utilizar el sentido común y no deja de saber las cosas, otra cosa es que abandona su criterio, abandona lo que el sentido común le dice, porque sabe que obedecer es mejor, aunque la evidencia pueda ser contraria. Estos son dos ejemplos de cómo ella vivía la obediencia, con qué radicalismo y con qué entrega.

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