Los consejos evangélicos: la obediencia

Santa Teresa de Jesús presenta en sus escritos un reflejo de la reflexión doctrinal de su época respecto a los consejos evangélicos. Por otra parte, en los escritos de la Santa solo una vez aparece en ellos la expresión “consejos evangélicos”. Una sola vez, porque no se utilizaba tampoco en el siglo XVI. Y esta única vez en que aparece la expresión “consejos evangélicos” aparece en un momento, en un pasaje clave de las obras de la Santa, cuando ella nos habla de la motivación en sus inicios fundacionales: por qué empieza la Reforma. Y cuando habla del porqué empieza la Reforma… es la única vez que ella cita expresamente esa expresión: “consejos evangélicos”.

Ella inicia la Reforma con una intención clara, con un fin claro: “ayudar a la Iglesia siguiendo los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo”. Esa es la intención y la idea de la Santa y nos lo dice en el Camino de Perfección capítulo 1, número 2. ¿Para qué nos hemos reunido aquí? Para ayudar a la Iglesia viviendo los consejos evangélicos con perfección.

Y los consejos evangélicos sabemos que son tres: obediencia, castidad y pobreza. Y que los religiosos y religiosas nos obligamos a ello con votos públicos. Si son religiosos son votos públicos; si son votos privados, es otro tipo de Vida Consagrada. Pero los religiosos y religiosas, las Hijas de Santa Teresa entre ellas, pues nos obligamos con voto público a vivir estos consejos evangélicos.          

1. Obediencia

La obediencia es el voto estrella de Santa Teresa hasta al punto de que ella dice que “la que no obedece, no es monja”. Así de clara y de… ¿No obedece? Pues será sabe Dios qué, pero monja no es.

-Si no obedeces, no eres monja.

-“Es que vivo muy bien la castidad y vivo muy bien la pobreza”.

-¡Sí, sí, pero todo lo que usted quiera… si no obedece no es monja!”

Eso ella lo tiene clarísimo y lo dice con la contundencia que la caracteriza.

En el centro del pensamiento teresiano, está la idea de que la santidad consiste en “estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios que nunca cosa entendamos que quiere que no la queramos con toda nuestra voluntad”. ¡Sólo eso! ¡Nada más!

-“¡Puuufff…! Entonces ¿tengo que querer todo lo que Dios quiere?”

-¡Pues sí! La santidad está en eso. Pero no quererlo de cualquier manera sino quererlo con todas las fuerzas, con…

-Pero es que no siento que lo quiera…

-¡No! es que no hay que sentir que lo quieres… ¡lo quieres con toda tu voluntad!

-Pero ¡el sentimiento no me acompaña!…

-Pero sé que Dios quiere una cosa y quiero eso mismo, me acompañe o no me acompañe el sentimiento, lo entienda o no lo entienda, me parezca bien, mal o regular…

Dios no me está pidiendo mi opinión. Me está pidiendo que secunde su Voluntad con mi voluntad. Y Santa Teresa entiende que eso es la santidad. De hecho -y ya os lo he dicho muchas veces- todos estamos llamados a llegar a las Moradas Quintas y a la unión de la voluntad: unos por gracia mística y otros por el atajo. Pero de ahí no puede “escaquearse” nadie, porque hay un mandato de Jesús: “Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto”.

Ser perfecto es ser santo y ser santo es tener mi voluntad unida a la de Dios. Y como esto sucede en las Moradas Quintas, quiero decir que todo el mundo tiene que llegar a las Moradas Quintas si queremos obedecer al Señor en el Evangelio. Si nos quedamos por el camino, es que algo hemos hecho mal y en algo hemos desobedecido, no estamos siendo perfectos. La perfección está ahí en las Moradas Quintas, en la unión de la voluntad. Lo que pasa en las Sextas y en las Séptimas, ya no depende de uno y no es mayor perfección o menor perfección: es Don de Dios, es Regalo de Dios, que da a quien quiere, cuando quiere, como quiere… y esas cosas. Pero hasta las Quintas no es don de Dios, lo puedo procurar yo; no es una cosa que me viene o no me viene, lo puedo procurar yo y debo, porque Jesús nos manda: “Sed perfectos”. Que mi voluntad esté unida a la de Dios.

Nos dice en Fundaciones 5, número 10: “Así olvidamos nuestro contento por contentar a Quien amamos”. Esta es una expresión preciosa. Nuestro contento es nuestro agrado, nuestro sentimiento, nuestras apetencias… con tal de contentar a Quien amamos. Lo que importa es que Dios esté contento, cueste lo que cueste, pase lo que pase, ¡no importa mi contento! Importa que Dios esté contento. En la búsqueda de la Voluntad de Dios para contentarle, dice la Santa, que es “la obediencia el verdadero camino” (Fundaciones 5, 11). Obedecer es contentar a Dios. La perfección de la obediencia es la perfección del amor y la santidad.

Dice la Santa que el verdadero amante de Dios “no se acuerda de su contento sino en cómo hacer más la Voluntad del Señor y así es la obediencia” (Fundaciones 5, 5). Todo el capítulo 5 de las Fundaciones es un tratado sobre la obediencia, sobre el concepto teresiano de obediencia, es una catequesis sobre la obediencia y es… pues para nosotras, yo creo que muy fundamental: para cualquier religioso, para cualquier cristiano, pero yo creo que, para las hijas de Santa Teresa y para los religiosos en general, es importantísimo el capítulo 5 de las Fundaciones.

La Santa ha tenido siempre muchas cosas que decir sobre el tema de la obediencia, el Señor le “dio luces para conocer el gran tesoro que está encerrado en esa preciosa virtud” (Fundaciones, prólogo 1). Conoce el gran tesoro encerrado en la obediencia.

Santa Teresa es una persona-testimonio, toda ella es una persona testimonio. Lo que os decía antes: se traslucía en su persona, en su porte a Dios. Iba predicando a Dios en su vida aunque no hablara de Él; se le veía, se veía a Dios en ella. Toda ella es una persona-testimonio, su vida es un testimonio.

Ella no teoriza, la teoría nunca fue… el hacer grandes tratados, muchas teorías, nunca fue con ella. Ella habla siempre de la experiencia propia. Y también pasa lo mismo cuando habla de la obediencia: no teoriza.

Ante la problemática que existe hoy día -hoy, siglo XXI- por la desacralización de todo lo religioso, por la pérdida de sentido de todo lo sagrado, con el peligro clarísimo -y muchas veces palpable- yo lo he palpado muchas veces, yo lo he encontrado en muchas personas -y me las sigo encontrando y me las seguiré encontrando- y me imagino que vosotras también, que contraponen la obediencia a los derechos de la persona, ¡esto es un absurdo impresionante! Pero se hace, ¿no? La obediencia se considera algo que va contra los derechos fundamentales de la persona, que destroza las personas, que es alienante… Así te lo presentan muchas veces. Yo me he encontrado también a gente que viene con ese argumento y me resulta aburridísimo rebatirlo, pero… ¡bueno! hay que hacerlo.

-Pues la obediencia va en contra de los derechos fundamentales de la persona

-¿La libertad no es un derecho fundamental de la persona?

-¡Sí, claro!

-Pues, ¡la obediencia es lo más liberador del mundo!

La mayor libertad la encuentra uno obedeciendo con lo cual es igual para garantizar los derechos de las personas porque… ¡es libre! ¿No vive esclavo el que está todo el santo día con la cabeza dando vueltas decidiendo qué hace y qué no hace? ¡Eso sí que es una esclavitud! mientras que el que obedece tiene un descanso, una tranquilidad… es lo más liberador que hay.

Por lo demás, la obediencia es un acto libre; o sea, es una actitud de vida que yo he adoptado libremente, nadie me ha obligado. Entonces la obediencia va totalmente a favor de los derechos de la persona, no en contra. Pero hoy día es muy común –repito- que te lo plantean así, como algo que va en contra de los derechos de la persona.

Y contra esto Santa Teresa va derecha al grano: que no le cuenten historias, ni rollos, ni milongas. Lo que importa es obedecer al estilo de Cristo y Cristo es el garante supremo de los derechos de las personas. Él es el que nos ha dado la vida, la libertad, la salud… todo lo bueno que tenemos nos lo ha dado Cristo. Entonces, hay que obedecer como Él obedece, al estilo de Cristo, que eso siempre es bueno y a favor de las personas, a favor de los derechos de las personas.

Ella nos presenta su vida hecha obediencia, que la maduró muchísimo en lo humano y la llevó a configurarse con Cristo obediente. Para ella no fue fácil la obediencia, ¿eh? Santa Teresa sufrió muchísimo obedeciendo muchas veces en cosas que ella veía que no… pero obedecía y le costaba obedecer. De hecho, la última obediencia de su vida la llevó a morirse en Alba de Tormes en vez de en Ávila, que es adonde iba. Pero obedeció hasta el último momento y le costó. Para ella no fue fácil la obediencia, porque a veces creemos que como era Santa y tal… pues todo facilísimo… ¡pues no!  ¡No, no, no!  Tuvo que negar muchas veces su propia voluntad y aquello que su inteligencia y sentido común -que tenía por arrobas de las dos cosas– le mostraban como obvio y evidente. Pero ella obedece, obedece, obedece…

El hecho de que la obediencia no le resultara fácil no le produjo ningún tipo de crisis, porque tuvo claro desde el principio los elementos de base de los que partía su obediencia y los objetivos que pretendía alcanzar obedeciendo. Con eso nos liberamos de cualquier crisis y de cualquier angustia a la hora de obedecer.

La primera afirmación básica que nos hace la Santa es: la obediencia está relacionada con la Voluntad de Dios y es un camino inequívoco de santidad (Cf. Camino de Perfección 18, 7). En Camino 39, 3 nos dice que en la obediencia está la mayor perfección, la mayor santidad, y si no hay obediencia, la Vida Consagrada es nula, absurda… Si estamos aquí, haciendo todo lo que se hace en el convento, con hábito, rezando, llevando un orden, una disciplina, una observancia, pero no obedecemos… estamos haciendo el indio, perdiendo el tiempo. ¡No sirve de nada todo lo que hagamos si no hay obediencia! Es muy tajante en esto, ya os lo he dicho antes: “digo que si no hay obediencia, es no ser monjas” (Camino 18, 7) ¡La que no obedece no es monja! “Quien estuviere por voto debajo de obediencia y faltare, no trayendo todo cuidado en cómo cumplirá con mayor perfección este voto, que no sé yo para qué está en el monasterio.” (Camino 18, 8) Ella va a lo suyo: ¿Qué está haciendo aquí? Y a continuación dice que aligere, que ¿para qué? Ella es así de clara, así de realista, así de contundente…

La afirmación abarca la amplia norma de prácticas ascéticas, piadosas y orantes que enumera en el Camino 39, 3 y también en Fundaciones 6, 12. En todas ellas, en todas las prácticas, cualquiera, siempre el elemento fundamental, el criterio de discernimiento es la obediencia… Ante la duda… ¿? Someterlo a la obediencia y hacer lo que la obediencia nos diga. Esto también se puede ver en Fundaciones 8, 5.

Teresa es una mujer obediente a Dios y a quienes están en su lugar. Porque obedecer a Dios – a Dios- es relativamente fácil, pero obedecer a los que están en lugar de Dios -que a veces se las traen con abalorios- que son humanos, limitaditos, metepatas… y todas estas cosas que nos pasan a veces y que vemos en los superiores y que son realidad… Una cosa es que esté en lugar de Dios y otra cosa es que sea un “mendrugo” de preocupar… todo puede ser.

Dios no elige para superiores a los mejores de los mejores, elige a los que elige y luego les va dando luces y capacidades ¿eh? Entonces… claro… a veces hay que hacer unos actos de fe heroicos para ver a Dios en el superior, pero Santa Teresa dice que hay que hacerlos, que no vale excusarse diciendo: “Que ese es un “tarugo”, si nos gobierna con el talón de Aquiles, discurre con el dedo gordo del pie… ¿cómo le vamos hacer caso a semejante insensato?” Pues se le hace caso porque es tu superior, está en lugar de Dios y, obedeciendo, estás haciendo lo que más agrada a Dios. No lo que de suyo sería más adecuado, sino que lo que ha discurrido éste con el dedo gordo del pie, como es tu superior, agrada más a Dios que lo que el sentido común dice.

Es el acto oblativo más difícil, el del propio sentido común y la propia voluntad, pero la Santa nos dice que hay que hacerlo si queremos ser perfectas, si queremos ser santas. Ella lo vivió así y sufrió muchísimo porque le pasó cada cosa “de bombero” por obedecer, pero obedeció siempre.

Más que ninguna otra práctica, Dios valora la obediencia. Es la penitencia más grande, la más profunda, porque va a la raíz misma de la persona -que es la propia voluntad- y la más valiosa, la que a Dios más le agrada.

No es necesario conocer mucho a Santa Teresa para poderla definir como una cristiana obediente y como una monja que vive el voto de obediencia hasta sus últimas consecuencias. El tema de la obediencia aparece repetidamente en sus escritos y en ellos va desgranando lo que piensa de esta virtud y de este consejo evangélico. Se trata de algo que ella siempre tuvo delante: como cristiana, obedece a la Iglesia; como monja, a sus superiores; y como persona llamada a hacer un determinado camino de vida espiritual, a sus confesores.

En los tres casos sufrió mucho y tuvo situaciones difíciles con sus superiores, con los confesores –ni os cuento– y con la Iglesia también tuvo sus momentos difíciles. Cuando fue procesada por la Inquisición, por ejemplo, que fue absuelta, pero ella estaba dispuesta a obedecer.

Siendo Santa Teresa fundadora de una nueva forma de seguimiento de Cristo para servicio de la Iglesia desde la oración y desde la vida de soledad, enseña como Maestra lo que es una obediencia y lo enseña doblemente, desde dos vertientes: desde la propia experiencia, como persona que no solo la ama sino quien ha tenido que poner en práctica la enseñanza de Cristo, que vino hacer la Voluntad del Padre y no la suya. Y segundo, como quien se siente obligada a decir una palabra, porque si se olvida o descuida, “cosa tan sabida e importante, dice ella, es no ser monjas”. Es que le va en ello el negocio, porque si no obedecen las que están ahí con Él, no son monjas y si no son monjas ¿qué están haciendo?

Ella dice que quien se consagra al Señor, si no obedece, no sé para que está en el Monasterio: “Yo le aseguro, que mientras aquí faltare, nunca llegará a ser contemplativa ni aún buena activa y eso lo tengo por muy cierto” (Camino de Perfección 18, 9). Y en las Terceras Moradas, capítulo 2, número 12, dice: “Lo que me parece nos haría mucho provecho a las que por la bondad del Señor están en ese estado, es estudiar mucho en la prontitud de la obediencia”.

4 comentarios en “Los consejos evangélicos: la obediencia

  1. Hola madre Olga. Muy ilustrativa y estimulante esta reflexión de la obediencia. Hay un punto que que me ha parecido complicado de entender y es que la obediencia sea una virtud que esta al alcance de todos y que por decirlo de algún modo, no es algo que Dios regala a manera de don, si no que hay que trabajarlo personalmente como un camino de ascesis, al que todos los cristianos estamos obligados. ¿Pero eso es así? ¿podemos deducir entonces, que el que no obedece es simplemente porque no quiere? Por otro lado, siento que es es verdad lo que nos cuentas, que si no se obedece no se puede ser monja, que la obediencia amolda nuestra voluntad a la de Dios y que obedecer Dios es mas fácil que obedecer a los hombres. En la serie de TVE de la vida de teresa hubo un momento, que me llamo mucho la atención, tanto que se me quedo gravada esa escena, como si Dios escondiera un tesoro para mi. Se ve a la santa rezando en su celda creo y de repente cae en la cuenta que ahora si tiene conformada su voluntad a la de Dios y se lo repite así misma en voz alta y dice AHORA SI, AHORA SI.. hago la voluntad de DIOS, es como que lo descubre de repente y entra en descanso, parece como que Dios se lo regala , se lo premia, se lo hace entender y como que cae en la cuenta que hasta entonces no había hecho la voluntad de Dios todavía. ¿ha visto esa escena? ¿Habla de ese momento en sus escritos? ¿puedes decirme donde? me gustaría mucho leer sobre ese momento. Un saludo y feliz día.

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  2. Voy obedecer también es una manera de ser dócil dejarse conducir por el Espíritu del SEÑOR.que todo lo hace bien.SEÑOR Permite me ser Monja.Permite me pertenecerte solo a ti.Amen.

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