Jesús en el pretorio

Después de haber contemplado ayer la escena de Getsemaní, decíamos que el Vía Crucis del Alma de Jesús, si lo podemos llamar así, el Vía Crucis de la Pasión interna de Jesús, tiene tres estaciones: Jesús en Getsemaní, Jesús en el pretorio y Jesús en el Calvario, Jesús ya en la Cruz.

Bien, pues pasamos ahora a contemplar a Jesús en el pretorio de Pilato. Es un espacio breve, intermedio entre la condena y la ejecución. Un intermedio que, como tal, pasa fácilmente inadvertido cuando leemos los relatos de la Pasión.

Después de que Pilato le condena a muerte, empezamos a pensar y a ver y a contemplar todo lo que es el camino de la Cruz, y omitimos esa escena de Jesús en el pretorio. Los mismos Evangelistas son parcos a la hora de decirnos, pero nos dicen lo suficiente para poder entrever lo que hay en el Alma de Jesús.

En el pretorio Jesús representa, cumple, de alguna manera ya, todas las profecías del Varón de Dolores. Todo lo que se ha ido diciendo de Él está ahí. Por eso, con las dos pinceladas que nos dicen los Evangelistas, podemos entrever el resto.

Los Evangelios dicen que una vez que Jesús fue entregado a los soldados para ser crucificado, estos Le llevaron al patio y llamaron a toda la tropa para que viera el espectáculo. Marcos nos lo narra así: “Lo vistieron con un manto de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron. Después comenzaron a saludarlo, diciendo: “¡Salve, Rey de los Judíos!”, y Le golpeaban la cabeza con una caña, Le escupían y poniéndose de rodillas, Le rendían homenaje. Una vez hecho eso, Le quitaron el manto de púrpura, lo vistieron con sus ropas y lo sacaron para crucificarlo” (Mc 15, 15-20; ver también Mt 27, 26-31).

Podemos detenernos a contemplar esa escena. Vamos a intentar contemplar el Alma de Cristo, el Corazón de Cristo, durante estos momentos. No sabemos cuánto tiempo duró, pero fuera lo que fuera, yo pienso siempre que en esos momentos el Sentimiento de Jesús tenía que ser de un desamparo y un desvalimiento impresionantes.

Ya hace doce horas que le han prendido. Ha ido de tribunal en tribunal, ha sido flagelado y por fin condenado a la muerte más ignominiosa que un judío podía pensar: ¡LA CRUZ! “¡MADITO TODO AQUEL QUE CUELGA DE UN MADERO!” (Gl 3, 13; Dt 21, 23).

Para los judíos, un maldito; para los romanos… “un reo más de que mofarse y en quien volcar su crueldad: alguien con quien matar su aburrimiento, alguien que puede pagar lo harto que estoy de estar en esta provincia del imperio con estos fanáticos religiosos, con esta historia de la Pascua: Jerusalén llena de gente, el Procurador nervioso y ahora encima… una ejecución. Y encima… uno que parece está pirado, que está loco, que le ha dado por decir que es el Mesías y el Rey de los Judíos…” Toda esa rabia contenida de ellos… ¡la vuelcan en Jesús! ¡¡¡Y esto sigue pasando hoy!!!

Cuantas veces las cosas nos desbordan, nos sobrepasan, no las comprendemos, nos cansan… ¡y cargamos contra Dios!: hace falta un culpable, pues Dios tiene la culpa; me enfado con Dios, Le increpo, Le pido cuentas de mala manera; descargo contra Él mi rabia, mi ira, mi frustración… Y, en todo ese tiempo, el Corazón del Señor está soportando el desconsuelo más absoluto.

Decíamos ayer que, en Getsemaní, Jesús cargó con la cruz más pesada que un ser humano haya llevado jamás: la de sentirse y ser pecado y maldito de Dios, la de vivir el infierno -¡que esa es la lejanía y el apartamiento del Padre!- y cargar ese leño pesadísimo sobre Su Corazón, sobre Su Alma. Y en el momento del pretorio lo tiene también. ¡Está solo! Solo cargando con una maldición que Le destroza el Corazón, que Le corta el aliento… ¡que no puede más!

Durante la flagelación, ese peso estaba sobre Él. Grande fue el sufrimiento físico, sin duda; pero muchos hombres padecieron la flagelación romana en aquella época. Solo un Hombre padeció la flagelación romana con el peso de todo el pecado del mundo sobre Sí mismo. Cada vez que aquel flagelo cayera sobre Él e hiriera Su Carne, retumbaría dentro del Corazón del Señor el dolor de… “¡te lo mereces, porque eres un maldito! ¡Porque has sido un mal hijo! ¡Porque ya estás lejos!”.

Y estoy segura –esto es algo que dentro de mi corazón sé y siento, pero no tengo ninguna fundamentación para decirlo, salvo que dentro del corazón lo intuyo así- con qué saña y con qué sutileza el demonio cercaría a Jesús en esa hora. Si se atrevió hacerlo en el desierto, ¿no se iba atrever ahora? De qué manera Le presentaría delante lo inútil, absurdo, ridículo y estéril de Su sacrificio. ¡Dé que manera lo haría…! Ese era sin duda el peor flagelo, EL DEL CORAZÓN, y el de sentir que ni tenía ni al Padre, ni tenía la Redención, ni tenía nada. ¡La desesperación!, aquel peso del pecado del mundo aplastándole.

Y, después de la flagelación, vestido con aquel manto de púrpura, coronado de espinas, el Rostro cubierto de sangre, de salivazos, y de lágrimas. Pero cabe preguntar en ese momento: ¿por qué llora Jesús? ¿Cuál es la causa de Sus lágrimas?

Jesús no lloraba por Sí mismo, sino POR MÍ. Llora por mí, porque aun no comprendo, porque aún no soy capaz de acoger el Don de Dios, de abrazar la Redención y de comprometerme hasta lo más íntimo de mi ser, hasta la última fibra de mi corazón en que la Obra de la Redención sea; que los hombres la acojan, la abracen, la amen.

Jesús llora porque, dos mil años después, los hombres, la inmensa mayoría, seguimos sin enterarnos de nada. Incluso… muchos cristianos llenos de buena voluntad, de buen corazón y de buenos deseos, no son capaces de ahondar en esto, se quedan en lo exterior, lo más o menos bonito y anecdótico, y no penetran en lo profundo de la Pasión de Jesús.

Podemos verle llorar, quizás sollozar… la respiración entrecortada, la congoja, el llanto, el dolor… la sed, que empieza a ser acuciante… Y Él sumergido en ese estado, en una angustia de muerte.

Le vemos en el pretorio con un manto sobre los hombros y Le vemos con las muñecas atadas. Lleva toda la noche con las muñecas atadas, desde el momento en que Le prendieron. Con las muñecas atadas ha sido prendido, conducido de tribunal en tribunal, abofeteado, insultado, dejado, flagelado, condenado a muerte… y, con las muñecas atadas, sigue en el pretorio. Los Evangelistas nos dicen que Le han puesto una caña, como un signo burlón de Su realeza.

Pero lo que más me estremece a mí es mirar esas Manos, las Manos de mi Redentor, las Manos de mi Dios y de mi Señor, que llevan doce horas atadas con una cuerda basta y que estarán en este momento ya doloridas, entumecidas, casi sin poderlas mover… ¡Jesús ya no puede literalmente mover un dedo! Es un hombre reducido a la impotencia, está como inmovilizado.

Si Le miramos despacio, todo nuestro corazón debería ruborizarse al ver la distancia entre Él y cada uno de nosotros. Yo, la que no soy, la que nada puedo, la sierva… soy libre de ir y venir, de hacer y de deshacer; y Él, el Señor, el Rey, el que es… está atado y preso. La Palabra está encadenada y sus mensajeros en libertad.

Jesús en el pretorio es la imagen del hombre que ha devuelto a Dios su poder. Jesús en el pretorio expía de manera especial todo el abuso que hemos hecho y seguimos haciendo de nuestra libertad, esa libertad que no queremos que nadie nos toque y que, en realidad, nos hace ser esclavos de nosotros mismos. Jesús en el pretorio nos enseña lo que es dejarse llevar y traer, sin resistirse, sin ponerse a la defensiva, sin devolver nunca un golpe, sin dar una mala contestación, sin poner jamás una mala cara.

Tenemos que aprender de Él y grabar bien en nuestra mente y en nuestro corazón esta escena, porque representa aquello a lo que nunca queremos llegar, a lo que nos resistimos siempre. Y Él… Él, de una manera o de otra, va a permitir que todos acabemos así. Bien por la edad, bien por las circunstancias, todos tenemos que llegar a un punto de nuestra vida, porque es necesario, en que nos veamos desposeídos de nuestra autonomía, de nuestra libertad, del poder hacer y deshacer.

Y entonces Jesús -¡y solamente Jesús!- podrá ayudarnos a entender y podrá meternos dentro del corazón, aunque sea entre lágrimas, la convicción de que estamos llamados a una libertad nueva, diferente, que está por encima de todo.

Existe una intimidad con Jesús, que el Padre Cantalamessa dice que solamente se consigue de una manera: estando junto a Él, pegando nuestra cara a la Suya en la HORA DE SU IGNOMINIA. Y disponiéndonos también para abrazar la nuestra, porque tiene que llegar antes o después todos tenemos que llegar a esa hora. Todos tenemos que llegar a cargar, dice la carta a los Hebreos, con el oprobio de Cristo.

Muchas veces ante la enfermedad, ante algo que nos limita, ante una minusvalía, ante una carencia intelectual o moral, nos vemos reducidos a una inmovilidad o a una incapacidad o a una inutilidad similar de alguna manera a la de Cristo en el pretorio.

Jesús nos revela en el pretorio la grandeza secreta de estas vidas, si se vive en unión con Él. La eficacia, la validez, no estriba en lo que se hace, no estriba en lo que se ve, sino solamente en unirnos a Jesús y en acercar mi rostro al Suyo, mi mejilla a Su Mejilla, mi corazón a Su Corazón en la Hora de la Ignominia.

2 comentarios en “Jesús en el pretorio

  1. Bendito seas SEÑOR Eternamente.perdón por lo q sufriste por mi! Misericordia SEÑOR se q soy pertenencia tuya. Gracias por tu Amor. Q esta plasmado en mi alma .

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  2. Madre Olga espero que se encuentre bien. Saludos desde ciudad de México. Reciba un saludo cordial. Espero seguir recibiendo sus articulos.
    El vie., 2 de abril de 2021 7:51 a. m., Grita al mundo escribió:
    > Madre Olga María posted: ” Después de haber contemplado ayer la escena de > Getsemaní, decíamos que el Vía Crucis del Alma de Jesús, si lo podemos > llamar así, el Vía Crucis de la Pasión interna de Jesús, tiene tres > estaciones: Jesús en Getsemaní, Jesús en el pretorio y Jesús en el” >

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