El diálogo fraterno en la comunidad teresiana

No es extraño que, desde el principio de la Reforma, desde el comienzo de la primera comunidad teresiana de San José de Ávila, la fundadora del nuevo estilo de vida tuviera presente la importancia del diálogo para que aquello funcionase. Pero –repito- del diálogo verdadero, no de un simulacro, de un sucedáneo, o de una falsificación, ¡del diálogo verdadero!

Ella nos habla del nuevo “estilo que pretende llevar” (C 13, 6), “del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas” (F 13, 5). Ese estilo nuevo de vida requiere también un estilo nuevo de conversar, de tratarse entre sí. Las que siguen a Santa Teresa en su renovada manera de entender IMG-20191215-WA0024.jpgla Vida Consagrada, la Vida Religiosa, van a comunicarse, a expresarse, a hablar entre sí en conformidad con la vida que hacen y con los objetivos que pretenden alcanzar.

Es consciente ella de que el nuevo enfoque de vida que ha ido plasmando en el pequeñísimo grupo del Carmelo de San José, exige el diálogo permanente con Dios y con las hermanas entre sí. Pero primero el diálogo permanente con Dios, para poder tener algo de que dialogar entre nosotras. Repito: que es dialogar entre nosotras y no la última cosa que me han contado porque vino no sé quién, me pasó no sé cual, mi madre me llamó, mi amiga me escribió… Eso no es dialogar: eso es hablar y perder el tiempo y -de alguna manera- romper el hilo de lo que estamos viviendo, diluirnos, dispersarnos…

Porque yo -muchas veces- cuando veo a dos hermanas hablar mi pregunta es: ¿de qué están hablando? ¿Están hablando de algo que de verdad tienen dentro y merece la pena y se lo ha dado el Señor en la oración? Porque si están hablando de eso, yo no me preocupo. ¡Bendito sea Dios! El problema es que del 99% de las veces que ves a dos hermanas hablar, están hablando “del tiempo que hace”, “del cubo que me han quitado”, de que “estoy harta de esta cosa”, de que “la otra me dijo no sé qué” y “a ver cuando se cuando se acaba esto” –por decir cosas vanas, ¿no?– y “mañana viene mi sobrina…” “y no te olvides de preguntarle a tu sobrina cuando venga si el rosa es apropiado para este faldón”… por poner un ejemplo.

¿Eso es malo? ¡No!, pero eso no es diálogo, eso es una conversación… -en el mejor de los casos- hueca, sin transcendencia, que no es mala, pero es una conversación que hay que hacerla breve y concisamente y si la puedes solucionar en dos minutos… no estoy hablando quince minutos del color del faldón. Es que esto nos pasa porque nos enrollamos. Eso en el mejor de los casos… cuando no acabas hablando de lo que no se debe… Y luego a mí a veces me vienen y me dicen:

-“Es que, sin querer, dije tal cosa”.

-Y digo: ¡No, perdona! ¡Sin querer no se dice tal cosa!

Tú has dicho tal cosa porque la conversación se ha ido conduciendo hasta un punto “x” y la pregunta es: ¿cuál ha sido el discurso de la conversación para que acabes diciendo lo que tú misma entiendes -y lo estás reconociendo- que no debías haber dicho? ¿Cómo se ataja eso? ¡Al principio!

Os lo he dicho muchas veces: a lo mejor hay que ser “borde” con la de al lado para no ser “borde” con el Señor.

-“Es que si digo que tal…”

-“Pues mira, hermana, esta conversación ahora no procede”

IMG-20190807-WA0205.jpgNo hace falta ser una energúmena ni echar una bronca sino decir: “Es que no es hora de que hablemos de esto”.

Porque probablemente la otra no lo está haciendo con mala voluntad sino por pura fragilidad se deja uno arrastrar, y la guarda del silencio va cayendo. Entonces nos llenamos de palabras vacías, de palabras vanas. ¿Solución? Con buenas maneras, muy suavemente: “Es que ahora no es hora de que hablemos eso. Ya me lo dirás en otro momento.”

Generalmente, las personas reaccionan bien porque en el fondo todas queremos hacer las cosas bien y si no las hacemos bien es por fragilidad, porque se te olvida o porque pierdes la perspectiva… Y ¿qué queréis que os diga? Si la otra reacciona mal, pues… ¡ya se le pasará! Tal día hará un año, no hay mal que cien años dure. Pero es preferible ponerse una vez colorado que veinte amarillo. O sea: hay que decir las cosas.

Ahora que tampoco hay que decir las cosas como el gendarme de… porque tampoco es eso. Las cosas se pueden decir con claridad, pero con tanta delicadeza, que no tienes porque hacer con que la otra persona se sienta mal. Y, en última instancia, si la otra persona se siente mal… lo primero es la fidelidad a Dios, a lo que Dios nos pide.

Y luego, que se va creando un clima y un hábito comunitario y si tú haces eso unas cuantas veces… dejarán de venir a contarte tonterías porque todo mundo entenderá que esta hermana no admite tonterías. Pero la charlatana, parlanchina, sabe a quién va y quién le admite las tonterías. En eso tenemos que hablar con mucha rectitud porque es que “¿cómo nos vamos a comunicar si no nos conocemos?” Si es que ya nos conocemos todas, y el conocimiento no viene de ahí y la comunicación tampoco.

Y para compartir ciertas cosas no con una, sino con toda la comunidad, hay un tiempo en el recreo, en el que es el momento de decir: “Hermanas, esto…” pero para todas, ¿no? Y eso hay que cuidarlo mucho porque es del común denominador y es una de las cosas que más daño ha hecho a la Vida Consagrada: que no tenemos nada profundo ni importante que compartir y que comunicarnos y -sin embargo- nos pasamos el día hablando de cuatrocientas mil tonterías que no dicen nada, que no conducen a nada, que no sirven de nada… eso en el mejor de los casos: si no acabamos desahogando lo que no se debe con quien no se debe, y acabamos, a lo mejor,  faltando a la caridad, murmurando…

Por eso hay dos actitudes de una hija de Santa Teresa: o el diálogo profundo en Cristo o el silencio profundo en Cristo. ¡Todo lo demás, no está bien!

-“¡Jo…., pues qué agobio! Pues entonces…”

IMG-20191215-WA0030.jpgNo, yo no digo eso para agobiarnos sino porque tenemos que ser conscientes de lo que hay: o un diálogo profundo en Cristo o un silencio profundo en Cristo. Las dos cosas son buenas, santas y fecundas. Y todo lo que se sale de ahí… es bastante vano: es pérdida de tiempo, pérdida de energía y, al final, restarle a Dios de lo que es suyo, de lo que se le entrega previamente.

Porque si de verdad tienes algo que comunicar, comunícalo, pero que sea en Jesucristo, que sea algo profundo, que sea algo que edifique, que sea algo que construye, que sea algo que bendice y alaba a Dios, que sea algo que le glorifica… Quejarse de que esta mañana las patatas estaban duras y sosas, ni glorifica a Dios ni construye nada… ¡no! Y no deja de ser una queja, un refunfuñe, pone mal ambiente y estás criticando lo que habrán hecho con la mejor voluntad. No te estás comportando como una verdadera pobre que vive agradecida de tener patatas, aunque estén duras y mal hechas…  Al final, dices:

-“¿Es una cosa gravísima?”

-¡No! Estamos en lo de siempre: pero es imperfecto, no glorifica a Dios, ni hace bien a nadie estar protestando, refunfuñando o quejándose, o simplemente comentando…

-“¿Es que siempre tenemos que hablar de cosas… elevadísimas?”

-¡No! El sentido de humor, la sencillez, la alegría, pero en el momento que es, ¿no? O sea, “hay un tiempo para cada cosa” y una cosa para cada tiempo.

2 comentarios en “El diálogo fraterno en la comunidad teresiana

  1. Esta explicación también ayuda mucho para cualquier estado de vida, nos hace pensar de qué cosas merecen la pena hablar y qué no.
    Muy buena!!

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