Santa Teresa, Maestra en el arte de dialogar con Dios

Santa Teresa es maestra en el dificilísimo arte del diálogo. Quien a ella le enseña propiamente el arte de dialogar es Dios mismo en la medida que fue adentrándose en la oración. Dios es el Maestro de Santa Teresa -y eso lo dice así ella en el Camino en el capítulo 29 número 7- y ella es una discípula aventajada de este Maestro.

El Señor le sale al encuentro para iniciar con ella un “trato de amistad”. Le dirige una palabra que siempre espera una respuesta, escucha y responde hasta llegar a un diálogo personal, íntimo… de Tú a tú con el Señor, cara a cara con Él. Dios le habla y Teresa escucha, ella le habla a Dios y Dios la escucha. Y ha comprendido, viviendo de esa manera, en esta dinámica, que la oración no es otra cosa sino un diálogo, un trato -para ella tratar y dialogar es lo mismo- es un diálogo con Jesucristo en la amistad.IMG-20191103-WA0034.jpg

Ella es consciente de que Dios la llama en un determinado momento a hacer con Él una historia de gracia, pero en el diálogo. Y a esa misma llamada, a esa misma vocación, hemos sido convocados todos los que, de alguna manera, según las posibilidades -unos mejor y otros peor- estamos llamados al itinerario de la oración.

El itinerario de la oración no es otro que entablar un diálogo con Dios y vivir -en medio de ese diálogo- una historia de gracia, de regalo, porque siempre en la oración la iniciativa parte de Dios y los grandes pasos los da Dios. Nosotros damos pasos muy pequeñitos, apoyados en los grandes pasos que da Él. Y todo esto es un clima de diálogo, porque el diálogo -lo vamos a ver- no es hablar, no es simplemente parlar.

El diálogo es un intercambio de pareceres, de ideas, de opiniones, de sentimientos… así concibe la Santa el diálogo y el “tratar de amistad”, que es lo mismo. El “tratar de amistad” y el diálogo en este momento se podrían calificar de lo mismo. Es un diálogo amistoso, confiado, íntimo… porque yo puedo tener un diálogo cordial con una persona, amable, agradable pero no íntimo; puedo hablar con mucha amabilidad y con muy buenas maneras y con mucho cariño con cualquiera, de muchas cosas, pero no descender a mi intimidad, ¿no?

¡No, no! Cuando Teresa habla de “tratar de amistad” es que para ella la amistad ya no es una buena relación. Es que a veces confundimos términos “¡Son muy amigas!” Pero… ¡¿amigas?!… ¿qué es un amigo? Una cosa es que tengas compañerismo con una persona, buena relación, te lleves bien con ella y otra cosa es que sea tu amiga o tu amigo.

La amistad es algo mucho más profundo y Santa Teresa así lo entiende y así lo vive; para ella la amistad es algo muy valioso y muy hondo. E implica que tú abras en ese diálogo tu propia intimidad, tus cosas más íntimas. Yo puedo tener un montón de “amigas” para pasar de un rato bueno, para hablar de cosas interesantes –no hace falta que sea de cosas triviales- pero que no sean íntimas mías. Yo puedo hablar… -¡yo que sé!- de temas muy espirituales y de temas muy interesantes con muchas personas, pero no entablo un diálogo íntimo con ellas, no es lo mismo. Mientras que la oración es ese diálogo íntimo porque es en amistad.

Y yo puedo –repito- hablar con muchas personas de muchas cosas y cosas interesantes: cosas más o menos profundas, pero las puedo hablar desde fuera… tengo una relación profunda, una relación espiritual, pero no íntima. Es que el tratar de amistad implica esa intimidad. Y la oración es tratar de amistad, es un diálogo íntimo con Dios en la gracia y en la entrega mutua.

Santa Teresa descubre en sí misma una21314602_1394690190629974_5775441227273932222_n necesidad fuerte de dialogar, una fuerza interior que la empuja a comunicarse, a expresarse. Pero, de entrada, ella misma tiene que aprender: no comprende, no capta, toda la profundidad y todo el alcance de ese diálogo al que se siente empujada, de esa llamada a que se siente empujada. En el trato con el Señor es donde ella aprende que el origen del diálogo siempre hay que buscarlo en Dios.

Parto de la base de que cuando yo estoy utilizando aquí la palabra “diálogo”, hablo de un diálogo verdadero, no de las muchas falsificaciones que hoy se hacen del diálogo. Porque una conversación es una conversación, pero no es diálogo. Una conversación puede ser profundamente tonta, vana… vacía y absurda. ¡No, no! Una conversación es una cosa y en un diálogo, en el que se sopesan las propias ideas desde la intimidad, desde la confianza, se trata de comprender lo que el otro te está queriendo expresar. Y después respetarlo, por supuesto; luego hay que intentar comprenderlo y hacerlo propio para de alguna manera los dos miren en la misma dirección –eso es un diálogo- y eso no es frecuente.

¿Conversaciones? Muchísimas. ¿Cotorreos? Muchísimos. ¿Palabrería? Facilísima. Pero llegar a un diálogo profundo –porque el diálogo profundo lleva a la comunión– pues… eso es muy difícil. Por eso digo que a cualquier cosa se le llaman diálogo. Cuando yo ahora estoy aquí hablando del diálogo, no me estoy refiriendo nunca a ninguna de esas falsificaciones del diálogo sino al diálogo auténtico, al diálogo de verdad.

Por eso digo que el origen del diálogo hay que buscarlo en Dios y tiene siempre un origen transcendente, nace del mismo Dios, que ha querido relacionarse con el hombre desde su Palabra. Dios es el primero que dialoga con nosotros a través de su Palabra. Toda la Biblia es la Palabra de Dios en diálogo con el hombre porque Dios no ha puesto su Palabra para que sea una pieza de museo… sino para que, desde esa Palabra, basándonos en esa Palabra, entablemos un diálogo con Él. Y -desde esa profundidad de diálogo con Él- podremos dialogar con nuestros semejantes. Y no nos vayamos a creer que podemos tener un diálogo con nadie sino dialogamos con Dios. ¡No voy a tener nada que decir! Pero ¡nada! Bueno… al menos nada que valga la pena. Puedo estar hablando sin parar pero no decir nada, no comunicar nada que merezca la pena.

Santa Teresa nos dice que tanto más capacitado está uno para dialogar con un semejante cuanto más ha dialogado con el Señor; que es una cuestión de relación. Si yo tengo una buena relación con Dios, podré tener una buena relación con mis semejantes; si no… ¡no lo soñéis! tendremos una relación… una relación sí, pero de baratija, sin hondura, sin profundidad, sin nada que dar, porque si yo no estoy con Dios, unida a Él, no voy a tener nada que aportar, nada que dar, porque yo, por mí misma, es que no tengo nada, ¿no?

Y la forma de expresar esa relación está en el diálogo quIMG_20170719_165319_397.jpge surge en la oración, como nos dice Pablo VI. Dice:

“La Historia de la Salvación narra precisamente este largo y variado diálogo que parte de Dios y entabla con el hombre múltiple y admirable conversación. Es en esta conversación de Cristo entre los hombres donde Dios deja a entender algo de Sí mismo: el misterio de Su Vida y dice finalmente como quiere ser conocido. Amor es Él y como quiere ser honrado y sentido por nosotros. Amor es nuestro mandamiento supremo. El diálogo se hace pleno y confiado. El niño es invitado a él y el místico en él se sacia” -en el diálogo con Dios se sacia.

De todo esto que nos dice Pablo VI, que es un texto precioso, Santa Teresa sabía mucho ¡muchísimo! De hecho, ella presenta la oración como un diálogo entre dos que se buscan -así nos lo dice en el Libro de la Vida en el capítulo 8 número 5- la famosa cita que nos dice que la oración es tratar de amistad. Tratar con Dios es tener primeramente conocimiento de Él y conversación: “es tratar con Él como con padre, como con hermano, como con Señor, como con Esposo, a veces de una manera, a veces de otra…” (Vida 7, 12). Ese tratarse en la amistad que impone la presencia total de ella misma. La total abertura de su persona a la otra persona que tiene delante con todo lo que esa persona pueda llevar a cuestas.

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