La humildad

Y por último, la virtud “estrella”: “que aunque la digo a la postre es la principal y las abarca a todas: la humildad”. La dama, la que rinde al Rey, la que da jaque-mate al Rey.

Es la virtud llamada -¡ojo al dato!– a sobresalir en toda historia vocacional, la prueba definitiva de que mi vida consagrada es conforme a la vida de Cristo. Como veis, una cosa muy sencilla: cuando soy humilde, ya me he conformado a Cristo y ya pues… ¡claro, que soy santa! Si ya me he conformado a Cristo, ya he llegado a la santidad, por lo menos a la santidad teológica, ¿no?, entonces ya está todo hecho. Es simplemente cuestión de adquirir la humildad. ¡Fácil! Porque Dios nunca pide imposibles. IMG-20191005-WA0029.jpgÉse es el único consuelo en todo este lío: que Él nunca no pide cosas imposibles. “Imposibles no, Señor, pero dificilillas… ¡sí!” Yo lo digo cuando me dicen: “Dios no pide imposibles!” ¡Cierto! Pero dificilillas a veces sí.

La humildad es una de las virtudes más difíciles y más fáciles. La humildad no tiene nada que ver con el encogimiento, con la ñoñez, ni con decir “no valgo para nada”… Decir “no valgo para nada” es una perdida de tiempo idiota y ¡no es humildad! porque sí vales para cosas. No todos valemos para todo: ¡cierto!

-“¡Ay, no valgo para nada!”

-¡Mira… eso no es verdad! Eso es ser un quejica y estar mirándote a ti mismo  todo tiempo.

Cuando viene una diciendo: “¡Ay, no valgo par nada!” Me dan unas tentaciones de decir: ¡¡¡Noticia fresca!!!”  Sería una falta de caridad hacer eso, pero es la tentación primera que me viene. “Pero ¿tú te enteras hoy? Pues chica ¡ya vas tarde! Desde que lo sabemos todas de que no vales para nada…” Pero el chiste no está en que tú no vales para nada, sino en que Dios vale para todo y lo puede todo y en Dios, tú lo puedes todo: Dios y tú, mayoría absoluta. Entonces no vale lamentarse, ni quejarse, ni encogerse porque hay gente que, para ser humilde, no se atreve ni a reírse por si se le va la devoción. ¡No! ¡No! Hay que reírse, hay que ser natural, hay que ser normal. ¡Ser humilde no significa ser anormal ni raro, ni extraño, ni ñoño! ¡Eso es ser ñoño, raro y extraño!

Ser 20191005_091236.jpghumilde es tener la luz de Dios suficiente para ver donde está Dios y donde estoy yo, quien es Él y quien soy yo, y gozar de que Él sea quien es y de que yo soy quien soy y por encima de todo, soy amada, infinitamente deseada –que eso es más gordo todavía que ser amada– y encima tengo un destino eterno y glorioso.

¡Eso es ser humilde! ¡reconocer eso! Reconocer que yo no puedo nada, que todo eso que es verdad es designio gratuito de Dios. “¡Pero es que yo soy una birria!…” ¡¡No!! yo soy una hija de Dios, con todas las de la ley y un fruto de la Redención de Cristo, que no es ninguna tontería eso.

Otra cosa es que yo por mí misma no puedo nada, pero en la Gracia de Dios lo puedo todo y “fiada en mi Dios –como dice el Salmo– me meto en la refriega y asalto la muralla”. No en mí misma, ni en mis fuerzas, porque entonces la “torta” va a ser sonada; porque apoyarse uno en sus propias fuerzas es lo contrario de la humildad: se llama soberbia. Pero el que dice: “Yo no puedo nada, Señor, pero como no puedo nada, Tú lo vas a hacer…”, ese triunfa siempre, porque deja a Dios que actúe y ese es el humilde, el que ve quien es y lo que es.

Nuestra Santa Madre dice que “la humildad es andar en verdad”, aceptar y contemplar sin soponcios y sin convulsiones la realidad y la realidad es que Dios es el que es y yo soy la que no soy. Y esa es la verdad, y ser humilde es aceptar esa realidad con gozo, con alegría, celebrándolo… porque siendo Él quien es y yo la nada que soy, lo va a hacer todo Él. ¡Le tengo en el bote! no le queda otra… Pero como yo diga que yo voy a hacer algo… ¡Uy….! Porque si yo digo: “Señor, confía en mi; ya verás como lo hago…” El Señor dice: “Yo, tranquilísimo. ¡Hala! ¡Venga! Tú solita…” ¡Veréis la torta!

La humildad es la virtud sobresaliente en la historia de todo consagrado, porque en la Vida Consagrada tiene que resplandecer siempre su fuerza y su gloria. La Virgen, cuando canta el Magnificat, no se le ocurre atribuirse nada de lo que ha sucedido, nada de lo que es, nada de lo que tiene. Y cuando Isabel la alaba IMG-20191008-WA0060.jpgdice: “¡Dichosa tú porque has creído!” E inmediatamente María lo remite todo a Dios y dice: “Si no soy yo, ¡es el Señor!” y empieza a cantar: “Mi alma engrandece al Señor…”

Ella dice: “No, no, Isabel. ¡No soy yo, es el Señor!” ¿Todas esas maravillas? “Sí, pero no he sido yo; ha sido el Señor… ¡es el Señor!”

Y la vida de todo consagrado tiene que ser en la Iglesia ese testimonio: “No soy yo. Si ves algo estupendo en mí, que sepáis que es lo que Dios está haciendo en mí. Y ese testimonio que os puede hacer bien o que os puede ayudar, no soy yo, ¡es el Señor!” ¡Esa es la humildad!, que no tiene nada que ver ni con la ñoñez, ni con el encogimiento, ni con los lamentos tontos. Es reconocer a Dios que es Dios y reconocer la obra de Dios en uno. ¡Esa es la humildad!

Un comentario en “La humildad

  1. He leído, meditado y rezado largo y tendido para entender bien éste artículo del que quiero impregnarme hasta las comas y puntos porque no tiene desperdicio. Qué cura de humildad el leerlo detenidamente y pensar en lo que una llamaba humildad y qué alejada está una de la verdad. Un listón muy, pero que muy muy alto para mí, Madre Olga, será porque lo intento saltar sola, una vez más y para no perder la costumbre!!

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