La salvó estar a la escucha

Y en medio de este caos, ¿qué es lo que salvó a Santa Teresa? Porque ella describió perfectamente su caos interior y el caos que la rodeaba. Entonces, en medio de todo ese lío, ¿cómo ella sale a flote? ¿Qué hace para sobrevivir? Pues muy sencillo: la salvó estar receptiva y a la escucha. Ella escuchaba siempre a Dios. Otra cosa es que hiciera lo que le decían, pero escuchar, escuchar… escuchaba –es que algunos ni escuchamos y entonces las cosas son más difíciles todavía– ella escuchar, escuchaba.

La Vida Religiosa siempre es una respuesta a algo, a una llamada en principio a la santidad, al servicio del Señor y al amor al Señor desde la práctica de los consejos evangélicos -¡eso es la Vida Consagrada!– que se concretiza en la vida común, en la vida de oración, en la renuncia a uno mismo para vivir totalmente en el Señor y con el fin de que -lo dice la Iglesia en Vita Consecrata- “al final Cristo sea todo en todos”. Esos son rasgos comunes a cualquier forma de Vida consagrada.

Y esto, Santa Teresa -que no había leído Vita Consecrata, por supuesto- lo veía muy claro ya antes de determinarse a ser ella misma. Ella había entrado en el monasterio para ser una monja coherente y así no condenarse. Que no se nos olvide que la intención era esta.  Ella no era capaz de vivir de apariencias pero se encuentra en una disyuntiva que hace que se esté jugando el sentido de su vida, el sentido de su ser monja, ¿no? Y Dios se dirije a Teresa de Ahumada muy en concreto, y la llama, y la llamada de Dios no se la puede acallar ni esquivar; se la puede resistir, e incluso se la puede apagar, o desconectarse del hilo con el que Dios se comunica.IMG-20190917-WA0006.jpg

Pero a lo que Santa Teresa se resistía era más bien no a ser monja, sino a ser monja solo de nombre. Eso la repelía: ser una monja mediocre le repugnaba, quería ser una monja coherente. Pero claro, ella quería ser una monja coherente sin dar ni clavo; entonces la cosa era complicada, quería ser una monja estupendísima pero sin esfuerzo. “Sea usted un monja perfecta sin esfuerzo”, sería el slogan de hoy ¿no? y te apuntarías a un curso de esos a distancia que no aprendes nada. O sea: no se puede ser una monja coherente, ni una persona coherente, ni un cristiano coherente, sin un mínimo de esfuerzo.

Pero ella quería eso sin molestarse demasiado, en fácil… Y entonces se dedica -en vez de ponerse a trabajar-  a negociar… a negociar el ser monja con Dios: “¿y si hacemos esto así?”  Y Dios: “¡No, por aquí!”  “Y si hacemos porque…”

Argumentos tenía miles de millones, porque era una mujer muy inteligente y sabía lo que quería, pero también sabía lo que no quería hacer, que era esforzarse. Entonces en vez de… viene bien aquí recordar el dicho aquel: “¡hay que ver lo que discurre ese fraile con tal de no trabajar!”…

Pues eso: a veces, con tal de no hacer una cosa, estamos tres días inventando cómo subir aquello con una polea y dices: “¡Pero bueno! es que yo ya había subido y bajado tres veces y hubiera sido mucho más fácil, ¿no?” Pues así… ella tenía claro lo que había que hacer pero… ¡puffffff!… había que trabajar, suponía esfuerzo y entonces se dedicó a negociar con Dios en cómo hacer “aquello” pero sin esfuerzo. Y se pasó así solo… ¡¡veinte años!! en un tira y afloja tremendo.

Quiero decir que no hay que desanimarse, porque estamos a tiempo: no creo que llevemos así tantos años… Bueno, yo llevo unos cuantos, pero no en este grado de… yo ya no negocio, porque ya me ha convencido de que El vence siempre, entonces ¿para qué?

Si acaso esquivo pero ¿negociar? No. ¿Parlamentar? No. ¿Para qué? Si Él ganará siempre, ¡es inútil! Entonces si acaso, alguna vez, intento “escaquearme”, pero… ¿convencerle yo de algo a El? ¡No! Lo he hecho a veces, caí en esa tentación, pero… ya hace mucho tiempo que he desistido. Lo más que hago es IMG-20190807-WA0131.jpghacerme la sorda, que funciona… hasta cierto punto, porque te quita el tapón y te habla dentro de la oreja y te lo vuelve a poner y sigue… O sea que tampoco, al final tampoco funciona. Pero intentar negociar con Dios, os aseguro es la pérdida más grande de tiempo que podéis imaginar.

Y Santa Teresa era muy consciente de que Dios la perseguía, de que Dios la quería para algo especial. Lo sabía perfectamente por más que intentaba desentenderse de la cuestión y hacerse la tonta. Pero era consciente de que Dios la llamaba a… ¡algo grande!, y no tenía ganas de complicarse la vida porque además… es que llegó a estar en la Encarnación muy bien en todos los órdenes: muy bien instalada, muy bien considerada, tenía buena fama, buena celda, muchas amigas, decían que era una monja virtuosa, que era santa porque leía, porque rezaba -porque muchas allí ni rezaban ni nada- entonces ella era considerada piadosa…

 ¡Sí, sí! En la Encarnación era muy normal vivir allí remediándose porque se habían ido todos los mozos a América y no había con quién casarse, pues se instalaban allí  y más o menos… se buscaban la vida como podían, ¡esto es una realidad objetiva! Y ella no, ella estaba allí porque quería ser monja, una monja auténtica, que quería ser de verdad monja: que rezaba, que leía, que tenía pláticas espirituales, en fin… era una monja estupenda, tenía una celda muy buena –porque no todas las celdas eran iguales ni todas las categorías eran iguales– estaba bien consideraba, sabía leer y escribir -que muchas no sabían- las Prioras descansaban en ella, se fiaban de ella… ¿Quién le mandaba meterse en más líos? ¿Quién le mandaba? ¡Dios Nuestro Señor! Y ella decía que ni hablar:

“Pero si ¡yo ya soy una monja estupenda, ya querrías que todas estas fueran como yo!”

-Y el Señor decía: “¡No! No quiero que sean como tú de mediocres y desobedientes. ¡Quiero que hagas esto!”

-Y ella decía: “¡Que no! ¡Tanto no! Esos excesos no pueden ser buenos. No pueden ser buenos ni para la salud ni para nada. Como estoy, estoy bien”.

Y así se pasó veinte años en ese tira y afloja. Ella sabía perfectamente que la Vida Religiosa –apuntad esto, que es importante– sin dinamismo interior –lo digo por si alguna está demasiado “apalominada”, para que se espabile– sin fuerza renovadora, sin respuesta a la llamada, era vivir a su antojo, a base de comodidades, de búsquedas personales y de caprichos.

Y Teresa de Ahumada ¡sabía que eso no era vida! Estaba tan bien instalada ahí… como San Pedro en el Tabor: “Si es está tan bien aquí, ¿vamos a irnos ahora a la Galilea y al mundo entero? ¡Quita, hombre, con el bien que estamos aquí instalados!” “Que no, que vayais al mundo entero y bauticéis en el Nombre…” “Uy, ¡al mundo entero! No sabe este lo que está diciendo como se va para Arriba…¡Claro! eso de ir al mundo entero… si aquí estamos tan bien… ¡¡Hombre por Dios!!”

Y así estaba Santa Teresa en la Encarnación: “¡Qué complicaciones, Señor! Es que ¡eres un extremoso! Si yo ya encima hago las cosas bien, ya me estoy santificando, rezo por todo el mundo… ¿qué más quieres? Si cuanto más te dan más quieres; te dan hasta aquí y te coges hasta aquí”. Y dijo Santa Teresa: “Mira, ¡no! No te pongas así. Esos excesos no pueden ser buenos. Yo ya estoy aquí, ya soy monja. Ya no es solo que no me condeno, sino que encima soy una monja bien, pues ya… ¡te quedas así como estamos y ya!” Todavía no sabía ella con Quién daba.

Él la persiguió, la acosó hasta que la derribó. Lo que pasa es que con San Pablo lo hizo de una vez, en un momento, y con Santa Teresa fue más difícil, no sé porqué. Pues a San Pablo de un… ¡¡pummm!!…  le tiró “del burro” y ya se aclaró. Ésta… ¡no! -¡es que las mujeres no bajamos del burro así como así!– seguía cabalgando contra todo pronóstico pero no se apeó de su burro… ¡veinte años!

Ella sabía que había entrado en la Encarnación para caminar y no para vivir parada, en una indecisión permanente y esquivando todo el tiempo los riesgos y las dificultades. ¡Ella sabía que no había entrado en la Encarnación para eso y no iba con su modo de ser!  Por eso estaba rota, porque en el fondo sabía que era una mediocre y una egoísta, pero prefería seguir siéndolo. Y un día se encontró ante la necesidad imperiosa e ineludible de tener que tomar una decisión. Menos mal que Dios venció, porque si no… hubiera existido una monja muy buena que se llamaba Teresa de Ahumada pero nunca hubiera existido Santa Teresa de Jesús, una de las santas más grandes de la Iglesia.

Así que, hermanas, en las disyuntivas de la vida que antes o después nos van a llegar a todas, hay que estar preparadas para que no nos pille el toro. ¡Atentas! Y en estos momentos, lo que nos va a salvar es mantener la conexión con Dios, permanecer a la escucha de su Palabra.IMG-20190807-WA0059.jpg

El Padre Tomas Álvarez, al cual cada día quiero más y admiro más porque estoy aprendiendo cantidad de cosas de él –por poco me entero cuando ya no está porque yo siempre voy tarde también– en Estudios Teresianos en el volumen tercero, afirma que “a Teresa la salvó el hecho de que en derrota o en plena lucha jamás dejó de escuchar, jamás se hizo insensible a la Palabra y por ahí fue conducida a la escucha y respuesta definitivas que introducirán su vida en una especie de plano inclinado a favor de Dios, a favor de la llamada divina hasta dar el paso sin reservas. Esta respuesta comenzó con un hecho de conversión. Extrañamente, en el colmo de la lucha por ser fiel, Teresa llega a tocar el techo de la propia impotencia: ¡no se basta a sí misma!”

Y entonces, como siempre, ya Dios nos vence. Cuando ya nos enteramos, porque tardamos, de que no podemos nada –tardó veinte años en enterarse– pues entonces ya, por fin, Dios puede hacer algo. Y cuidado que nos lo ha dicho, ¿eh?  “Es que yo no lo sabía…”  Pues ¿por qué no lees el Evangelio?: “¡Sin Mí nada podéis!”   Lo pone allí. Con leerlo, se entera uno. Los demás es que no sé qué pasa que no se enteramos, lo leemos y pensamos que sí, pero para ésta de aquí al lado: “Yo… ¿Yo? ¿No voy a poder yo? Esto lo dice por esta que es una blanducha.” Entonces, de repente, un día decimos: “¡Ah, pues no! Mira, ¡que lo decía también por mí!” Y entonces ya, por fin, el Señor dice: “¡Hombre, ya es tiempo, ya puedo hacer algo contigo!”

Pues eso le pasó a Santa Teresa y eso nos pasa a nosotras muchas veces: que no nos determinamos –la palabra mágica teresiana– y como no nos determinamos, pues el Señor está a la espera. A ver quien vence.

3 comentarios en “La salvó estar a la escucha

  1. pues que ahora me entero de que Teresa de Jesús fuese también rebelde, desobediente, perezosa, dejada……a los deseos de Dios sobre ella y menos todavía durante 20 años consecutivos. Lo de que las demás monjas no supiera ni leer me extraña menos pero la verdad es que nunca me había parado a pensarlo, ni esto ni menos todavía lo otro.

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  2. “¡Sin Mí, nada podéis!”… Y es que la reacción instintiva suele ser empeñarnos andar según nuestro criterio, en “nuestra” dirección ¿Porqué nos cuesta creerle? ¿Porqué nos cuesta confiar?… No pensamos con Dios, pensamos como los hombres.

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