Corazón de Jesús nacido de María Virgen

TEXTO: Lc 2, 7-11

Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. En esa misma región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, turnándose para cuidar sus rebaños. Sucedió que un ángel del Señor se les apareció. La gloria del Señor los envolvió en su luz, y se llenaron de temor. Pero el ángel les dijo: «No tengáis miedo. Mirad que os traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. 

REFLEXION:

IMG-20190807-WA0091.jpgLa bondad de Dios y su amor al hombre se han hecho visibles, se han hecho tangibles, se han hecho evidentes en la Eucaristía y en la imagen del Niño Jesús. Ahí estamos contemplando la bondad de Dios y el exceso de su amor al hombre. Porque Dios, en cuanto Dios que es, es Bondad, es Amor; y esa Bondad y ese Amor no permanecen inactivos, sino que están en un continuo presente amándonos. Y esa Bondad y ese Amor, que son Dios mismo, son los que le han llevado a hacerse hombre y a querer tener un Corazón semejante en todo al nuestro menos en el pecado.

La imagen del Niño Jesús que tenemos ahí, junto al altar, es hermosa, es muy bella. Pero, cuando la contemplo, soy consciente de que dista mucho de la realidad de lo que sucedió en Belén. Para empezar, el Niño que nació en Belén era bastante más pequeño que ese Niño Jesús, bastante más frágil y bastante más indefenso. Y, por supuesto, no estaba colocado en un lecho blanco, suave, limpio.

No podemos olvidar nunca -esto lo hacen constar en el Evangelio y en el Evangelio no hay ninguna palabra de más, todas las palabras del Evangelio tienen un significado y un sentido en que hay que ahondar- que su Madre lo envolvió en pañales, nada más nacer, y lo depositó en un pesebre.

En ese gesto de la Virgen, hemos de contemplar a Jesús ya -desde el mismo momento de su nacimiento- como Pan que se parte, como Alimento que se entrega. Belén significa eso: “Tierra del pan”. Belén es la Tierra del Pan, la tierra donde nació el Pan de Vida, el Pan de Vida que estamos contemplando y adorando. Nació en una cueva donde se recogían animales, donde se cobijaban animales, una especie de establo, de cuadra. Recreemos esa escena, miremos esa escena… contemplad, contemplad a ese recién nacido ¡tan pequeño, tan sumamente frágil e indefenso…! envuelto en un pañal, en unas simples telas y colocado en un pesebre.

El pesebre de aquel establo tampoco sería como los lindos pesebres de los nacimientos, que tienen hasta su toque bucólico, idílico. ¡No! Era un lugar donde se depositaba el alimento de los animales y los animales comían ahí; y de lo que comían muchas veces se desprendía de su boca una vez masticado, rumiado y volvía a caer en el pesebre. Luego… no era aquello un lugar muy limpio, ni muy cuidado. Era algo muy lejano y diferente a lo que cualquiera de nosotros prepararía para un recién nacido; era un lugar bastante inhóspito, para bestias, para animales.

Y su madre lo envuelve en unos pañales -que tampoco serían precisamente delicados ni suaves, sino toscos y burdos, de gente humilde, de gente sencilla- aquel cuerpecito recién nacido, suave, delicado. Lo envuelve y… cualquier madre, en un momento así, lo hubiera retenido para sí; lo hubiera estrechado, le hubiera abrazado, le hubiera contemplado, mimado… Cualquier madre hubiera hecho eso y hubiera hecho lo normal, pero María no hace eso. María sabe que es su Hijo, porque ella le ha llevado en su seno y le ha dado su carne y su sangre y lo ha dado a luz, ha sido el medio para que ese Niño esté ahí. IMG-20190711-WA0203.jpgSabe muy bien que es su Hijo, pero que no es para ella, no es para ella sola; sabe que es el Hijo de Dios, no solo es el Hijo de ella sino que -principalmente- es el Hijo de Dios y sabe que no lo ha traído al mundo para quedárselo ella, sino para entregarlo. Y por eso lo deposita en el pesebre como el sacerdote deposita la Hostia Consagrada sobre el altar.

El cuerpo de Jesús recién nacido es depositado en aquel lugar donde comen los animales, prefigurando que va a ser Pan, que va a ser Alimento… y no alimento de gente selecta, sino alimento de pobres, porque Jesús en la Eucaristía principalmente busca a los que somos más pobres, más débiles, a los que más necesitamos de su fortaleza para poder caminar, para poder seguir adelante, para poder vivir… porque Él sabe que -sin el Alimento de su Cuerpo y su Sangre- morimos, morimos de inanición, no tenemos vida. Y María realiza ese gesto profético: por primera vez el Cuerpo de Cristo es entregado, es ofrecido en un altar de pobres y para pobres. Lo deposita ahí y a partir de ahí, el Evangelio no nos dice nada más de lo que ella hizo. Pero no es difícil adivinar lo que ella hizo.

Lo deposita ahí pero no se desentiende de Él, es su Hijo, se queda junto a Él, lo contempla, lo acaricia, lo besa… lo adora porque sabe que es Dios, se admira, se deja sorprender y anonadar por el Misterio porque ella sabe quién es ese Niño y sabe lo que el Ángel ha prometido: “…será grande, será llamado Hijo del Altísimo, heredará el trono de David, su padre…”. Ella tiene presente en su corazón todo eso, ella conoce como ha sido concebido ese Niño, sabe que no es un Niño cualquiera, sabe quién es su Hijo. Y adora el Misterio mientras contempla la realidad de un Niño frágil, pequeñito, indefenso, un recién nacido igual que todos los recién nacidos: un recién nacido que tiene frío, que tiene hambre, que llora, recién nacido que depende de ella para todo como cualquier otro recién nacido. Y ella adora el Misterio, contempla el Misterio.

En ningún momento duda, en ningún momento se queja, en ningún momento murmura interiormente contra aquellos que no les han acogido, que no les han recibido, que viendo su estado y la inminencia del nacimiento de su Hijo no se han compadecido de la situación, no han tenido un mínimo de sensibilidad… Ella no murmura, no se queja, no se cuestiona, no protesta… tiene una única ocupación, una única obsesión: su Hijo. Y teniéndole a Él, contemplándole a Él… todo lo demás desaparece, no le interesa. Ella vive sólo para Jesús. Esa es, esa debe ser nuestra Navidad y toda nuestra vida: que todo lo que vivimos exteriormente no nos distraiga de Jesús, no nos haga perder la perspectiva de quién es Jesús y de que en ese Recién Nacido late ya un Corazón enamorado de mí.

Y hablando de ese Corazón que late enamorado de mí… os invito a hacer algo que yo he hecho -y sigo haciendo- muchas veces y me encanta: trasladaos en espíritu a ese momento en que el Corazón de Jesús, impulsado por el Corazón de su Madre, late por primera vez. ¡¡Es un momento único en la historia!! Y os invito a contemplar ese instante y a adorar a Dios.

No olvidemos IMG-20190807-WA0174.jpgque El es verdadero hombre y fue igual a nosotros en todo, menos en el pecado. Su concepción fue “por obra del Espíritu Santo”, pero su gestación fue igual que la de todos nosotros. Cuando un ser humano es concebido, en los primeros días no hay corazón ni latido cardíaco; como a los veintiún días de la concepción, impulsado y sostenido por el corazón materno, el corazón de ese embrión comienza a latir para no detenerse ya nunca más hasta la muerte de ese ser humano. Pensemos en ese momento precioso y único en la historia en que el Corazón de Jesús, que apenas está empezando a formarse en el seno de su Madre, empieza a latir,  impulsado por el Corazón de María… ¡¡Es precioso!! El Corazón de Jesús no existía. Existía el Verbo increado, pero no era hombre y no tenía corazón… Empezó a tener Corazón cuando éste empezó a existir y a latir en el seno de su Madre. ¡La Virgen nos lo ha dado! ¡Ella lo ha modelado y le ha dado forma! A Ella le tenemos que agradecer que “lo pusiera en marcha” con su amor, con su carne y su sangre, a impulsos de sus propios latidos. Durante los meses siguientes, hasta su nacimiento, el Corazón de la Virgen fue como el motor que sostuvo el Corazón de Jesús, quien lo mantuvo latiendo y con vida para que después El nos devolviera la Vida verdadera a todos… Ella nos lo ha regalado… Ella lo ha cuidado, protegido, formado, custodiado… y nos lo ha regalado. Contemplemos ese momento único y gocemos y agradezcamos a la Virgen su Sí, su amor a Jesús y el que nos lo haya dado…

Jesús está ahí en la Hostia igual que estuvo en el pesebre: silencioso, callado, a merced de lo que queramos hacer con Él, indefenso, bajo la apariencia fragilísima de un pedazo de oblea. Cada sagrario es un belén, cada sagrario es la Tierra del Pan. El amor, y nada más que el amor, le llevo a Él a “despojarse de su rango y tomar la condición de esclavo”, nos dice San Pablo. El amor le llevó a hacerse Niño, a nacer en Belén, el amor le llevó al abajamiento y al anonadamiento más grande y sorprendente en la Eucaristía.

ORACION:

Madre del Señor y Madre mía: enséñame a llevar a Jesús dentro de mí como le llevabas tú;  a vivir “atenta a mi interior” como tú, a amar a Jesús como tú, a existir sólo para El, como tú… Enséñame a quererle, a adorarle, a acariciarle, a besarle… Enséñame, Madre. Amén

 

 

Un comentario en “Corazón de Jesús nacido de María Virgen

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