La unidad

Hace unos días alguien me hizo una pregunta que me ha hecho pensar mucho: “¿Crees que es posible una auténtica comunión entre los hombres?” Reconozco que tocó un tema delicado y hacia el que soy muy sensible.

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Y siguió hablando estas o parecidas palabras: “No seas ilusa. Es preciso ser realista. Simplemente mir lo que pasa en las mejores familias: qué de tiranteces, piques e incomprensiones… Y ya no te cuento lo que estamos viviendo ahora mismo en España para formar gobierno, que es incabable: rivalidades de intereses, de prestigio, arrojase unos contra otros, conflictos, discusiones sin fin… Cada uno va a su bola y sólo se buscan alianzas para satisfacer intereses y ambiciones personales. La unidad es falsa y hueca, tan limitada y pasajera como esos mismos intereses que persigue…  Los hombres -convéncete, me decía- no se unen verdaderamente más que para hacer frente a un enemigo común…”

A eso respondo desde mi pobre experiencia vital: la unidad verdadera de los hombres no se puede realizar contra otros hombres ni contra nada, no podrá lograrse levantando barreras. La unidad verdadera no se hace “contra”, sino “con”, y trabajando cada uno por abrirse a la unidad. Unirse para ir contra algo o contra alguien es un contrasentido, porque ya estamos excluyendo de la unidad a ese algo o alguien a quien deseamos embestir. ¡¡Vamos a unirnos todos en contra de los que defienden tal idea!! Eso mismo ya… es sembrar división, porque quedaremos a un lado los que defendemos una idea y dl otro los que luchan por la contraria.

Sé que parezco una ilusa, pero necesito deciros algo: para lograr la unidad necesitamos aprender a distinguir las ideologías de las personas que hay detrás de ellas. Ninguna ideología de ningún tipo nos va a conducir a la unidad, que es un ideal que está muy por encima de todas ellas. Sólo el amor mutuo nos va a llevar a la unidad y por eso es preciso luchar sin tregua contra el egoísmo en cualquiera de sus manifestaciones.

IMG-20190511-WA0011.jpgLa unidad requiere declinar cualquier invitación del egoísmo a ponerme yo la primera y empieza porque cada uno renuncie a sí mismo y la perspectiva egoísta de la realidad desde mi yo como único punto de mira posible. Es preciso abrir el corazón para acoger y tratar de comprender, de lo contrario… caminamos hacia el individualismo y la soledad.

Y entonces -me diréis- ¿no hay que combatir el mal? ¿no hay que luchar por cambiar lo que está mal? ¡¡Sí!! Pero esa lucha no es contra nadie concreto, sino a favor del bien y la unidad.

Sobre todo… quedémonos con esta idea: no hay que unirse “contra”, sino siempre “a favor” de algo o de alguien. Por poner un ejemplo: yo no voy contra las personas que no tienen discapacidades, sino a favor de las que tienen algún tipo de capacidad. Parece una tontería, pero este planteamiento da mucha más paz y además evita que veamos adversarios por todas partes, sino personas equivocadas o que piensan de manera diferente. Mirando así a los seres humanos abrimos de verdad las puertas a la unidad y a la paz. Esto no significa en modo alguno que renunciemos o relativicemos nuestras convicciones más profundas e innegociables, al contrario: como cristiana procurar la unidad también es un compromiso.

 

 

 

 

 

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