Luchando sin desfallecer por el don de Dios

El abandono -que no se nos olvide- es una lucha continua. El hecho de haber encontrado a Dios no nos dispensará nunca de perdernos. Nunca podremos cantar victoria. Hay que pelear hasta el último día. Por una razón muy sencilla: que el demonio nos va a acechar siempre y va a intentar hacernos descarrilar hasta el último momento. Esto es importante.

Dios es el único santo, y el único que santifica. Nosotros participamos en mayor o menor medida de su santidad. Hasta el final no puede cantar victoria nadie. Nadie. Cuando Dios obra en nosotros es siempre con sus medios y según sus pensamientos, que no son los nuestros. Abandonándonos a Él no escapamos a la condición de viajeros -estamos de paso- ni a las paradojas dolorosas de la vida del cristiano.

Si el amor crucificó al Señor IMG-20180814-WA0116.jpg¿nos vamos a extrañar de que nos crucifique a nosotros? No. El corazón teologal, la felicidad de ser de Dios, de vivir en su gracia, de estar con Él, lo único que hace es prepararnos para afrontar cualquier cosa. Pero todo esto -nunca se nos tiene que olvidar- que viene desde nuestra vivencia de cristianos, y nuestra vivencia de cristianos implica abrazar la cruz cada día. La cruz no desaparece, ni nos la ponen rosa y con lacitos. Es la cruz. Tal cual.

Lo único que, cuando tú tienes un corazón teologal arraigado en Dios, te abrazas a esa cruz de otra manera y la vives con esperanza, y con una confianza absoluta en el amor del Padre. No hay que extrañarse de que el dolor nos siga visitando y que Dios nos pueda seguir crucificando en las pequeñas cosas de cada día. Las cosas no cambian por vivir el abandono, somos nosotros los que cambiamos, frente a las circunstancias que se puedan dar en nuestra vida y las abordamos desde el interior, desde la mirada de Dios, y poco a poco vamos viendo las cosas como Dios las ve y, sobre todo, desde un amor apasionado a su Querer, a su Voluntad.

Lo más difícil, el mayor sufrimiento del abandono es consentir en el don de Dios… El don de Dios. Yo quiero conocerlo. Conocer en Dios es todo. Es absorber, es comprehender, abarcar… El conocimiento de Cristo es una sabiduría amorosa. De hecho, el don de sabiduría no tiene que ver con el saber, sino con el sabor, es saborear como Dios saborea y como Dios nos conoce.

“Si conocieras el don de Dios…” Y el don de Dios hay que consentirlo, no hay que conocerlo solamente. “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, le pedirías tú a Él y Él te daría el agua que sacie tu sed”. El problema es que entendemos que el agua que va a saciar nuestra sed así, asá o de la otra manera. Y nos cuesta aceptar que las cosas no sean como nosotros las pensamos ni las soñamos.

El don de Dios, el abandono, el vernos IMG-20180701-WA0036.jpgbañados y sumergidos en la fe, supone consentirlo tal y como Dios nos lo da, no como lo soñamos y esa es la mayor alegría que le podemos proporcionar a Dios: acoger su don. ¿Por qué? Porque Él nos está queriendo dar, nos está queriendo regalar, lo más grande que es su Don, que es Él mismo, su Gracia.

La Gracia es Dios, es la vida de Dios. La Gracia es ese ser impresionante que nos hace divinos, que nos hace hijos de Dios, que nos transforma en hijos de Dios… ese es el Don de Dios.

Y Dios, cuando da algo, se está dando a Sí mismo. No te da una cosa. No te da el don de sabiduría y ya… es que el don de Sabiduría… ¡es Dios mismo! Cualquier don de Dios es Dios mismo.

Total: que Dios se da, Dios se entrega, pero como es eterno y es infinito… no se acaba, sino que sigue entero, aunque se haga partes, porque Él se puede dividir y darse y entregarse, pero sigue siendo entero. Es un misterio de estos que no se abarcan. La cuestión es que Dios, cuando se da a Sí mismo, no está dando algo externo a Sí mismo, como yo cuando hago un regalo, que no me implico, sino que suelto el regalo y punto, aunque dé cosas muy mías, no me doy yo.

Digo que la mayor alegría que le podemos proporcionar a DiosIMG_20180908_223352_374.jpg es consentir en el don de Dios. El mayor alegrón de Dios consiste en tenderle la mano para que Él dé y se nos dé. Porque Él no da a quien no quiere recibir. Él entrega a quien le tiende la mano y le dice: “Dame”. En el punto y hora en que la mujer samaritana le dice: “Dame de beber”, Él le da. Pero hasta que ella no pide… no le da.

Dios da a quién quiere recibir. Por eso la mayor alegría que le podemos proporcionar, es decir: “yo quiero recibir, yo quiero que me des”. Y para esto es necesario consentir en el don. Consentir en tender la mano. Consentir en reconocernos indigentes, pobres y necesitados.

Un comentario en “Luchando sin desfallecer por el don de Dios

  1. Buenos dias madre Olga, un saludo cordial desde la ciudad de Mexico. Hoy doy gracias a Dios nuevamente por leer tus notas que con cariño nos compartes y le doy gracias a Dios por ponerme en mi camino a ti que con tus enseñanzas todos los dias aprendemos algo para ser mejores personas. Que Dios en su infinito amor me de la humildad pra aceptar y cambir las cosas que estan mal en mi.

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