Las tentaciones contra la fe: el triunfo del abandono

De idéntica manera -vamos a poner otro ejemplo- afronta ella las tentaciones que tuvo contra la fe. Ella padeció una serie de tentaciones que fueron tremendas, en las que el sentimiento dominante era: Dios no existe, después de esta vida no hay nada, todo se acaba con la tumba, y mi vida aquí, en el monasterio, es absurda, y todo aquello que yo vivo y por lo que vivo, pues… no existe, es mentira. No hay Dios.

Esas tentaciones la purificaron intensamente durante más de dos años. Sin duda es un misterio por qué Dios permitió eso en ella porque era una persona que había llegado a la unión transformante -se puede demostrar- y estaba confirmada en gracia. El porqué de esa purificación final, cuando ya IMG-20180630-WA0011.jpgestaba más que purificada, es un misterio. Yo pienso que la gloria de Dios que se derivó de esa prueba y cómo la vivió ella es inconmensurable, no lo podemos imaginar ni calibrar.

También, quizá, porque iba a ser un modelo para las almas, porque ella afrontó eso con veintidós años, hasta los veinticuatro que murió, en plena juventud, en plena vitalidad, y en el contexto tremendo de una muerte inminente. Ella sabía que estaba herida de muerte, que su tuberculosis, en el siglo XIX, no era curable y que le quedaba muy poquito de vida y al final de la vida… tú llegas a la conclusión “feliz” de que después de la muerte no hay nada. Si lo pensamos despacio… es muy duro.

No obstante ella, a pesar de las tentaciones que sentía contra la fe, seguía siendo una persona tremendamente alegre, que jamás se quejó ni amargó a nadie, a pesar de la enfermedad física y del agobio interior que tenía que estar viviendo. Y ¿por qué consiguió, vivir de esa manera su enfermedad y su prueba? Por el abandono. Porque ella vivía totalmente abandonada en Dios. Una de sus frases más bonitas, muy poco conocida, pero que a mí me parece preciosa, es: “Sólo me guía el abandono”.

Y ella plantea y afronta de la siguiente manera sus tentaciones contra la fe: “A cada ocasión de combate, cuando mi enemigo vienen a provocarme -la duda, la tentación, la angustia- me conduzco valientemente. Sabiendo que es una cobardía batirse en duelo, vuelvo la espalda a mi adversario, sin dignarme mirarle a la cara. Pero corro hacia Jesús, le digo que estoy dispuesta a entregar hasta la última gota de mi sangre por confesar que hay un Cielo. Le digo que soy feliz con no gozar de este hermoso Cielo en la tierra”.

Teresita nos ofrece aquí la descripción de conjunto, con un nuevo matiz cuyo alcance hay que comprender bien para conocer el secreto de sus victorias. Importantísimo: no hay que atacar al adversario de frente. Nunca, nunca, nunca. Jamás, jamás, jamás. No sé qué adverbio sinónimo poner. Nunca jamás atacar al adversario de frente.

Somos demasiado pequeños para batirnos en duelo con un adversario tan poderoso. No hay que atacar al adversario de frente como si pudiéramos echarle a tierra con nuestras propias armas. Nunca hay que hacer eso porque la derrota es segura. Nos va a aplastar pero fijo.

Es más fácil huir, correr, volverle la espalda… y dejarle con las ganas. Como se dice vulgarmente: no entrar al trapo. Nunca, porque perdemos siempre. Ante la tentación tenemos siempre todas las de perder. Al demonio, que es el que tienta, no hay que mirarle de frente. Hay que salir corriendo. Pero rapidito. Y dejarle plantado. Porque intentar enfrentarnos a Él, nos va a llevar a caer de cabeza en la tentación. Somos muy pobres, muy débiles, muy pequeños, y no podemos eIMG-20180628-WA0002.jpgnfrentarnos a Él.

Al fín es un ángel y es bastante más poderoso que nosotros. Nuestro poder está en Dios. Nosotros, por nosotros mismos, no tenemos ningún poder. Él sí. Es una criatura angélica. Entonces, lo mejor que podemos hacer es correr, pero salir chutando como los niños. Un niño, a algo que le da miedo no se enfrenta, corre a esconderse detrás de las faldas de su madre en cuestión de segundos. No se le ocurre enfrentarse a lo que le da miedo, porque sabe que es pequeño. Va a Quien puede salvarle de lo que le asusta, librarle de lo que le da miedo.

Eso tenemos que hacer nosotros. Nunca plantar cara al contrario. Medir las fuerzas con el enemigo es asegurarle el éxito. Y Teresita, por el contrario, rompe el combate, se arroja en los brazos de Jesús, y por el mismo hecho se coloca del lado del que siempre vence. Se coloca del lado del Vencedor. “En todas estas pruebas somos vencedores -dice la carta de san Pablo a los Romanos- por aquel que nos ha amado.”

Esto que acabo de decir, que creo que se entiende bastante bien, es bastante sencillo de comprender, el acto anagógico de san Juan de la Cruz puesto al alcance de todo el mundo.

El problema es que tú buscas en las obras de san Juan de la Cruz el acto anagógico, te pones a leer y no entiendes ni torta, por los términos que utiliza. Pero es exactamente esto.

Y eso también lo dice san Juan de la Cruz, que nunca miremos de frente a la tentación. Siempre vamos a perder. Entonces, lo que tenemos que hacer cuando las cosas se ponen mal es correr, por patas, y cuanto más lejos mejor. Pero decir: “Yo puedo, yo puedo con esto”, te estrellas con toda tranquilidad.

Un comentario en “Las tentaciones contra la fe: el triunfo del abandono

  1. Gracias madre Olga.
    El lun., 9 de julio de 2018 10:04 AM, Grita al mundo escribió:
    > Madre Olga María posted: “De idéntica manera -vamos a poner otro ejemplo- > afronta ella las tentaciones que tuvo contra la fe. Ella padeció una serie > de tentaciones que fueron tremendas, en las que el sentimiento dominante > era: Dios no existe, después de esta vida no hay nada, todo” >

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