Madurez en el abandono

Si no tenemos aquí todavía, en este episodio que acabo de contar, el movimiento de abandono en su total perfección, Teresita parece haberlo comprendido con toda su complejidad desde 1890.IMG-20180706-WA0095.jpg

En 1890 Teresita tenía diecisiete años. ¿Por qué digo esto? Porque ella nos dice que fue a los diecisiete años cuando sufrió una de las pruebas más dolorosas de su vida, que pasa un poco desapercibida entre todas las cosas de Teresita, pero que para ella era una prueba tremenda.

Con diecisiete años le pasó una de las cosas más difíciles que le pueden pasar a una novicia sobre todo a una novicia convencida de su vocación: que le retrasen la profesión. Y a ella le pasó. A los diecisiete años le correspondía profesar, tenía la edad canónica para hacerlo, pero el superior del Carmelo, el encargado, decidió que era demasiado joven y que mejor esperaba.

No tenía ninguna razón de entidad para retrasarle la profesión salvo que era demasiado joven, que tenía solamente diecisiete años. Y además la prueba fue particularmente penosa, porque no fue iniciativa de la comunidad que se retrasara la profesión, sino del superior, que era un señor que vivía fuera del convento e iba de vez en cuando. No tenía motivo. Por parte de la priora, de la maestra, del capítulo conventual, no había inconveniente en que Teresita profesara, pero el buen abad este… decidió que no, que era muy joven y le retrasó la profesión ocho meses.

Ella nos dice lo siguiente, leemos textualmente: “Tengo que esperar aún ocho meses. En el primer momento me fue muy difícil aceptar este gran sacrificio, pero pronto se hizo la luz en mi alma -¡atención! diecisiete años-. Un día, durante la oración comprendí que mi vivo deseo de profesar estaba mezclado con un gran amor propio. Puesto que me había dado a Jesús para agradarle, para consolarle, yo no debía obligarle a Él hacer mi voluntad en lugar de la suya”.

Estas palabras describen el movimiento del abandono y su ritmo de una manera fuerte, muy clara y muy precisa: el alma adquiere conciencia de la prueba y la sufre, pero -en lugar de rebelarseIMG-20180701-WA0036.jpg– busca la causa de su pena.

El primer movimiento natural y lógico es: si a mí me dicen que no puedo profesar, y no hay ninguna razón que lo justifique, lo normal es ponerse muy triste, rebelarse, decir que qué barbaridad, que qué injusto… que no hay derecho… Estos son los argumentos que utilizamos en un caso así.

Pero en lugar de adoptar esa postura, ella, con la lucidez que la caracteriza, busca la causa de ese sentimiento de pena. ¿Por qué estoy triste de verdad? ¿Por no profesar, por no poder consagrarme a Dios pronunciando los votos, o es una cuestión de amor propio herido?

Hay que tener mucha valentía para hacerse esa pregunta. Cuando nos pasa algo en la vida, no la solemos hacer, solemos cargar contra quien sea en vez de ponernos delante de nosotros mismos y honestamente, honradamente, cuestionarnos.

Y Teresita, buscando la causa de su pena, la descubre en su orgullo. En su amor propio herido. Entonces lo que hace es volverse a Dios. Ante una realidad, la que es, que estoy así por mi orgullo herido, me vuelvo hacia Dios, para adherirme a su Voluntad. Prescindiendo del sentimiento, pues aunque me vuelva a Dios no dejo de sentir el amor propio herido. El sentimiento no se evapora.

Ante esta realidad lo que yo hago es volverme a Dios y aceptar este sentimiento que me molesta y que yo no querría tener, durante todo el tiempo que a Él le plazca que esté así, durante todo el tiempo que lo permita. No es: “¡Quítame esto ahora mismo!” Lo que debemos decir es: IMG-20180630-WA0011.jpg“Me siento así, es fruto de mi naturaleza humana sentirme herida, sentirme dolida, pero acepto lo que Tú has permitido y acepto las consecuencias de este sentimiento que me molesta. Y te lo ofrezco. Te entrego este sentimiento durante todo el tiempo que Tú quieras”.

Ese es el movimiento de abandono visto a los diecisiete años y planteado con una lucidez impresionante. Una lucidez fuera de lo común.

Los tres tiempos del movimiento de abandono

Entonces, resumiendo, quedan muy claros cuales son los tres tiempos del movimiento de abandono, que tenemos que aprender de memoria. Primer paso, este es el título del curso: Realismo, realismo espiritual. Primer paso: conciencia de la realidad. Cuál es la realidad. La realidad es que me ha retrasado la profesión y me siento herida, tengo el amor propio y mi orgullo heridos. Esa es la realidad.

La realidad no es que han sido injustos conmigo. Esa no es la realidad, sino que es la película que me monto yo en la cabeza.  Es una reacción muy a ras de tierra. La realidad es que, ante el retraso de mi profesión yo me siento herida. Esa es la verdad… porque si no somos sinceros y no somos veraces en la vida espiritual, no hay nada que hacer. En ningún ámbito de la vida, pero en la vida espiritual menos que en ningún otro. Conciencia de la realidad, primer paso.

Segundo: aceptación de esa realidad. Porque claro, cuando yo caigo en la cuenta de que lo que tengo es el amor propio muy inflado y cuando me lo han pinchado se me ha desinflado y estoy fatal… pues no me gusta.

De repente me encuentro con que tengo reacciones de amor propio, tengo reacciones de orgullo… y yo creía que eso estaba controlado hacía mucho tiempo… Pues no… parece que no y que la realidad es esta, pero encontrarme con esta realidad tampoco me gusta. Y ahora resulta que la realidad hay que aceptarla, hay que asumirla.

Primero reconocerla, y segundo aceptarla. Que hay gente que lo primero que hace es negarla. Aunque en el fondo la ve.

– No, no, no, no. A mí no me pasa eso. Es que lo que han hecho conmigo no tiene nombre

Y lo segundo, por supuesto, se niegan a aceptarlo.

– ¡Cómo me voy yo a resignar yo a esto! ¡Cómo me voy a…! Qué te crees, que voy a yo tener… Que no, que no. Que no es IMG-20180630-WA0014.jpgamor propio, es que me han hecho una injusticia tan grande… Yo no estoy herida, es que… estoy como estaría cualquiera en mi situación.

Y por último, el tercer paso del movimiento del abandono, después de conciencia y aceptación de la realidad, es ofrecer esa realidad a Dios. Conciencia de la realidad, aceptación de la realidad, ofrecimiento de esa realidad.

Porque a mí esa realidad me supera, me aplasta, me duele, me hace daño… aunque la conozco y la acepto. No puedo con ella… Señor, toma. Y se la das. Y se queda uno más a gusto… que un arbusto. Esto es así y descansas. En eso consiste el abandono: en que me hace daño y me hace sufrir, yo lo abandono en Dios. Me abandono a mí y lo abandono en Él.

Esos son los tres pasos del movimiento de abandono. En lugar de renegar, lo que hay que hacer es correr al servicio de Dios, avanzar al servicio de Dios. Eso es ofrecer: salir de ti misma. Porque claro, si yo tomo conciencia de la realidad y la acepto, corro el riesgo de que me quede centrada en mí y eso es bastante estéril, bastante absurdo. Entonces, el paso que tengo que dar es salir de mí, al Señor, a los hermanos, ofreciendo “eso” por los demás.

 

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