Permaneciendo como niños

 

Y la otra cosa que nos dice Teresita -aviso para navegantes- es que no se llega desde el primer día a esta actitud. Y nos advierte: “No importa, las caídas no son nunca graves en este camino. Los niños se pueden caer muchísimas veces pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño, y nunca jamás un niño cuando se cae ofende a su padre”. El padre lo recoge y no pasa nada.

Pero un niño, cuando de verdad es un niño, un niño normal, es tan llano y tan simple, que no tiene capacidad de ofender a su padre. Vive, y hace las cosas propias de un niño, sin ninguna malicia, sin ningún deseo de hacer ningún mal, aunque haga cosas mal.

Eso es lo que nos salva. Los santos y los niños son muy parecidos. Por eso de los que son como ellos es el Reino. No hay un santo que sea viejo, aunque sea haya muerto a los cien años; si es santo, su santidad le ha hecho como un niño, si no… es imposible que sea santo. Los adultos no pueden ser santos.IMG-20180614-WA0054.jpg

Pero ¿quién es el tonto que dice eso de que hay que ser adultos en la fe? Pero vamos a ver: si dice el Señor en el Evangelio que de los que son como los niños es el Reino ¿qué rayos hacemos pretendiendo ser adultos en la fe? ¿Me queréis explicar? Es la tontería más grande que yo haya oído. “Hay que madurar y ser adulto en la fe”.

Hay que ser como niños y tener miedo -verdadero pánico- a perder la ilusión. ¿Cuál es el problema cuando nos hacemos viejos? Pues que perdemos la capacidad de asombro. Somos tan maduros, hemos visto ya tanto en la vida que…  ya no nos asustamos de nada, pero tampoco nos ilusionamos con nada.

A mí, gracias a Dios, Dios me sigue sorprendiendo cada día. Y el día que Dios deje de sorprendernos, el día que lo sepamos todo, que seamos muy adultos en la vida espiritual… ¡qué pena!

Los santos son santos porque son niños y los niños son los que mejor saben reparar, los niños son los que de verdad conocen la contrición perfecta.

¿Vosotros habéis visto cuando un niño ha hecho mal pedir perdón? El niño lo que tiene es que no conoce la doblez. Cuando llora, llora a voces y se entera todo el mundo de lo que le pasa. Cuando se ríe, se ríe a carcajadas y se entera todo el mundo de que está feliz. Es así de simple. No aparenta, porque no tiene conciencia de tener que guardar una imagen ni caer bien a nadie, ni agradar a nadie. El niño por eso es infinitamente libre. Dice lo que piensa, como lo piensa y… ¡agárrate porque no sabes lo que te puede tocar!

Y como tienen corazón de niño, y esto es lo más grande, nunca dicen lo que no sienten. El niño dice las cosas como de verdad las siente, pero lo hace con tal inocencia, que nunca hiere a nadie y mucho menos a Dios. El niño nunca ofende. Diga lo que diga, haga lo que haga… nunca ofende. Al contrario: su inocencia atrae la simpatía y el cariño de todos.

Ante las necesidades de un niño nadie se ríe. No. Todo el mundo sabe que es necesitado, y conmueve y enternece. Por eso Teresita lo dice: que es necesario hacerse niños para que Dios pueda actuar. Entre otras cosas un niño se cae y es tan pequeño que… ni siquiera puede hacerse mucho daño a sí mismo y mucho menos a los demás. Un niño ni hiere, ni molesta. Por muy fuerte que un niño te de un golpe nunca te puede hacer mucho daño. Por eso la meta es convertirnos, transformarnos en niños, en pequeños.

cereales-para-papilla-o-biberonTeresita nos dice: “Nos basta humillarnos reconociendo las propias imperfecciones y la gracia de Dios vuelve a nosotros con toda su fuerza, con todo su vigor. Con un acto de amor que hagamos, aunque no lo sintamos, todo, y mucho más quedará olvidado, quedará borrado”. Pero lo primero que hace el niño… -este ejemplo le he puesto muchas veces- ¿qué hace el niño cuando hace una cosa mal? No empieza a maquinar:

– He hecho esto mal, me van a reñir, lo voy a ocultar.

Un niño… lo viste su madre, lo pone de punta en blanco y le dice:

– Ten cuidado: no te me manches.

Craso error. Cuanto antes se le dice… antes se “reboza” por algún sitio. Yo, por ejemplo, mi especialidad era meterme en charcos. A mí los charcos me subyugaban, y cuando veía uno me metía, con botas o sin botas, daba igual. Y claro, mi madre a continuación me regañaba:

– Te he dicho que no te metas en los charcos.

Yo llegaba calada hasta las rodillas. Si tenía vestido, con vestido, si no… los pantalones. Entonces yo cuando ya me veía así, iba a mi madre y le decía:

– Mira, me he manchado.

Pero yo no iba a esconderme. La única que me podía lavar era ella: “Mira, límpiame, me he manchado”.

Si de verdad hiciéramos eso con Dios… Simplemente es reconocer nuestro error. Decir: “Me he manchado”, e inmediatamente todo queda limpio. Yo iba a mi madre con la fe inquebrantable de que me iba a limpiar. A lo mejor me echaba una filípica: “Te he dicho que no te metieras en charcos”, me soltaba el rollo, la pobre, pero no me afectaba. Yo no me sentía ni juzgada ni condenada. Yo estaba rebozada y ella me estaba limpiando.

Y ¿qué había que hacer para que me limpiara? Ir, si no, no… Me quedaba como estaba. Entonces… ir, con la confianza absoluta de que en un momento todo va a quedar limpio. Cualquier cosa que hagamos va a quedar limpia… si vamos. Sólo basta reconocerlo y pedir que lo limpie. Es así de simple. Y es en lo único que ella nos dice que es una condición indispensable para que el amor venga a nosotros: es preciso reconocer las cosas e ir a que nos limpien. Esa es la conversión, decir: “Estoy sucia, me he manchado, y límpiame”. Es así de simple.

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