Esperarlo todo de Dios

 

Ya hemos explicado largamente que la consecuencia inmediata del ofrecimiento de nosotros mismos, lo primero que produce es una vida totalmente nueva, diferente a la anterior.

Y lo que es cierto es que, aunque todo exteriormente pueda ser igual, nada de lo que esa persona hace es igual. Y esto tiene una redundancia enorme, en la propia persona, y en toda la comunidad eclesial. Porque creemos en el dogma de la comunión de los santos, y por ese dogma sabemos que lo que uno vive nos afecta a todos, para bien o para mal. Hemos visto que las dificultades no desaparecen sino que simplemente se viven de otra manera.

Somos hijos de este siglo, en que lo que importa es hacer. IMG-20180513-WA0167.jpgNo hacer bien, sino hacer, hacer, hacer… cuanto más hagas mejor y lo que se quiere es ver resultados inmediatamente y con el menor esfuerzo posible. Cuanto más rápido veas el resultado, mejor, y cuanto menos esfuerzo te cueste, también mejor.

Teresita nos dice que no hay que apoyarse en cosas que no son nuestras, ni siquiera para hacer el bien. Ni siquiera de las cosas espirituales. Y en su última enfermedad, un día, que las que estaban a su alrededor se admiraban de la paciencia con que sobrellevaba el grandísimo sufrimiento y se lo dijeron:

– Qué paciencia tienes.

Y ella protestó. Dijo:

– ¡No! No he vivido aún ni un minuto de paciencia, no es eso… La paciencia no es mía. En esto se engaña una siempre.

Entonces cuando le preguntan que cómo era aquello, contestó:

– Sufro minuto a minuto. Si pensara en lo que sufriré dentro de una hora, no podría. Sufro esto ahora. Y Dios me da en este momento lo que necesito para sobrellevar esto ahora. Pero Dios me lo da, yo no puedo. Yo no tengo paciencia, ni mansedumbre, ni fortaleza, ni todo eso que me atribuís, no es mío. Dios me lo da a cada instante. Y confía en que hasta el último instante de mi vida me lo dará. Para conseguir sobrellevarlo.

Cualquier obra buena, cualquier atisbo de bien, es de Dios… nuestro nunca.

Las almas entregadas lo reciben todo a cada instante del amor misericordioso, viviendo muy ocupadas en Él y totalmente desposeídas de sí mismas. Entonces no hay miedo a que se ensoberbezcan.

Ni las faltas ni los defectos son obstáculos para la obra de Dios. Sólo suspende la obra de Dios el gesto de un alma que se atribuye algo a sí misma, o se apoya en sus propias obras. Y esto es tan fácil… Apoyarnos en nuestras fuerzas o atribuirnos algo a nosotros mismos, es tan fácil… Lo peor es que eso es el freno de mano a la obra de Dios; con eso no hay quien pueda.

Se para todo porque no deja de ser pecado. Pecado de soberbia, evidentemente. Basta esperarlo de Dios todo para recibirlo y recibir lo que debe asegurar nuestra fidelidad profunda. Si yo tengo el convencimiento profundo, y es una actitud en mí, el esperarlo todo de Dios… se vuelve una actitud, no un acto, un modo de vivir…

Yo vivo de manera habitual esperando todo de Dios y convencida de que, por mí misma, no puedo nada. Si yo vivo de esa manera… eso asegura en mí la fidelidad. Dios va a ser siempre fiel. Pero tengo que vivir en esa actitud.

Nunca seré infiel -cometeré errores, meteré la pata- pero la infidelidad es apartar mi voluntad de Él. La infidelidad no es una cosa puntual que yo hago mal. La infidelidad es apartarme de El, no es dar un tropezón, sino apartarme de Él. Esa es la infidelidad.

Apartar mi voluntad de la de Dios, no por un acto, aislado. Todos cometemos errores aislados, hacemos cosas que no están bien, y eso no es infidelidad. Eso es un fallo, un error, una metedura de pata… La infidelidad no es un acto. La infidelidad es una actitud, una sucesión de actos que se convierten en una manera de vivir.

Y si yo vivo, como os he dicho, esperando todo de Dios, segura de que de Él lo voy a recibir todo, no es posible ser infiel, no es posible apartarme de Él. IMG-20180608-WA0125.jpgEl problema es cuando empiezo a pensar que yo por mi misma puedo algo. Ahí empieza la infidelidad. Porque se empieza y luego se sigue; la soberbia es cada vez mayor, el abismo entre Dios y yo es cada vez más grande, ya no espero nada de Él, lo quiero conseguir todo por mí misma… y esa actitud es la infidelidad. La confianza y la humildad son las disposiciones fundamentales de las almas verdaderamente entregadas al amor.

Pero esto parece demasiado fácil; tiene que tener truco. Alguna dificultad habrá, algo tiene que pasar, que complique las cosas. En este camino que dilata tanto el corazón, que da la paz… ¿no hay angustias, no hay sufrimientos exteriores, o tentaciones interiores?

Teresita le responde a una novicia tímida e indecisa, que no quería ofrecerse al amor misericordioso por si acaso le pasaba algo: “¿Por qué temes ofrecerte como víctima al amor misericordioso? Si te ofrecieras a la justicia divina entiendo que tuvieras miedo. Pero el amor misericordioso tendrá siempre compasión de tu flaqueza, te atraerá con dulzura y con misericordia”.

A Sor María del Sagrado Corazón, su hermana mayor y su madrina de bautismo, que expresaba los mismos temores, a esta Teresita le aseguró: “No sufrirás más, ofrecerse al amor no es para sufrir más, es para poder amar mejor a Dios por los que no quieren amarle”, ese es el fin de la ofrenda. Una no se ofrece a sufrir, se ofrece a recibir amor.

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