Poseídos por el Espíritu de Dios

Esta es la realidad: nuestra pobreza, nuestra incoherencia, nuestra naturaleza caída, porque somos así, y la fuerza impresionante de la gracia actuando sobre nosotros, si nosotros consentimos en ello. Esa es la realidad de la vida espiritual, y Teresita era tremendamente realista: la fuerza transformadora de la gracia actuando la pobreza propia de nuestra naturaleza.

Nos dice que el Espíritu Santo, presente en nuestra alma, no quiere permanecer inactivo. Ella nos dice que el Espíritu Santo desea infinitamente – es un deseo que no tiene límites- renovarnos y tomar posesión de nosotros y que nos dejemos guiar completamente por Él.

Ser dirigidos -ese es el fin de la ofrenda- ser dirigidos por el Espíritu Santo; lo cual significa, automáticamente, ipso facto, ser santos. En el punto y hora en que el Espíritu Santo toma posesión de mi alma y la guía totalmente, estoy siendo santificada.IMG-20180608-WA0189.jpg

¿Por qué la Virgen Santísima es santísima? Porque estaba llena de gracia, o sea: plena del Espíritu Santo, porque la gracia no es otra cosa sino la acción del Espíritu Santo. Ella es Llena de gracia porque es plena, desde que nació, del Espíritu Santo, y no hay pecado que obstaculice esa acción. Nosotros tenemos las consecuencias del pecado original y obstaculizan… Por eso ha sido necesaria la Redención, para desatar ese nudo, pero en la Virgen eso no existía.

Y la otra realidad a la que intenta llevarnos es a una acción continua del amor, que es el Espíritu Santo. Pretende una acción continua del Espíritu Santo en nuestra vida, de manera habitual, no consciente, pero real y habitual: que ese Amor Misericordioso sea como el aire que respiramos sin darnos cuenta, y que oxigena nuestro organismo, y lo está vivificando.

Pues de igual manera, lo que se pretende con la Ofrenda es que la atmosfera que respiramos sea ese Amor Misericordioso de Dios, que se derrama en nosotros y que inconscientemente, pero verdaderamente, está penetrando nuestra vida espiritual, nuestro corazón y lo está llenando de vida. Ese es el fin de la Ofrenda. Esto es impresionante.

Partiendo de aquí, podemos afirmar que la Ofrenda al Amor Misericordioso es el camino más corto y más efectivo hacia una santidad segura. Es así de simple.

Es que además, es teológicamente es demostrable, porque lo mismo que el demonio, cuando tiene poseída a un alma y la aleja del todo de Dios, el alma que está poseída por el Espíritu Santo, en Dios, está santificada, por la sola presencia del Espíritu de Dios. Y el Amor Misericordioso no es otra cosa sino el Espíritu Santo, el Amor que continuamente fluye y refluye entre el Padre y el Hijo. Bien: pues ese Amor misericordioso, con este matiz específico de la misericordia divina hacia nosotros, es el Espíritu Santo, al que -cuando hacemos la ofrenda- estamos entregándonos para ser poseídas plenamente.

El hombre que naturalmente se inclina a las cosas terrenas y sensibles tiende a reservar una celosa propensión a centrarse en sí mismo, a llevarlo todo a sí mismo. Es una inclinación propia de nuestra naturaleza que nos lleva siempre al deseo egoísta, un deseo natural de autonomía, de no querer depender de nadie.

Entendemos que la libertad es no depender de nadie, y es cierto. Para ser verdaderamente libres necesitamos depender de Dios. ¿Por qué? Porque la naturaleza humana, por su propia esencia, aunque busca esa autonomía es incapaz de permanecer sola, entonces, indefectiblemente se va a agarrar a algo o a alguien. Y Teresita esto lo sabe y lo que ella intenta es que -puesto que es inevitable que nos agarremos a algo o a alguien- al menos, al menos nos vayamos a aferrar al único Alguien. Ella quiere seamos solamente dependientes de Dios.

En cada uno de nosotros coexisten dos vidas, absolutamente diferentes y muchas veces opuestas entre sí. Teresita, qIMG_20171003_190256_364.jpgue vivía absolutamente sedienta, por instinto, hace ver a sus hermanas esta lucha, esta división, este dualismo, que nos frena y entorpece muchas veces la vida espiritual.

Ella comprendía perfectamente aquello que san Pablo formuló tan certeramente y de lo que todos tenemos experiencia de alguna manera: “No hago el bien que quiero y muchas veces hago el mal que no quiero” (Rm 7, 19). Pero ella, al mismo tiempo que constataba en sí misma esta realidad, este “hago lo que no quiero y no lo que quiero hacer”, ha comprendido también la infinita misericordia de Dios, que viene a tomar a su cargo, si le dejamos, toda la actividad de su criatura, toda nuestra actividad.

Y como quiere de verdad ser santa y amar hasta la locura, se fía de Dios y no hace sino dejar el timón de su vida en manos de Dios. Dejar que Dios sea el guía de nuestra vida. Estar poseídas por Dios, ser una pura pertenencia de Dios, ser una pura posesión de Dios. Yo estoy poseída por el amor, estoy poseída por Dios, y Dios es mi guía, Dios es el timón. A eso nos quiere llevar.

Ella decía: “Deseo ser santa pero siento mi impotencia. Y os pido Dios mío que seáis vos mismo mi santidad. Siento en mi corazón deseos inmensos y confiadamente os suplico que vengáis a tomar posesión de mi alma”.

Entregarse totalmente al amor exige por lo tanto una disposición constante del corazón que lo conserve vacío, receptivo y sediento ante la plenitud desbordante de Dios que se da a nosotros. IMG_20170902_171035_627.jpgEste es un movimiento del alma profundo y continuo que debe dar nacimiento -esto es lo que más nos cuesta- a un estado de dependencia absoluta en el alma. Nada de independencia, nada de yo, yo, yo, yo solito. No, no, no. Tenemos que entender y aceptar que para ser santos necesitamos ser absolutamente dependientes de Dios, dependientes del amor. Y como la misericordia es el amor en acción, entregarse a ella es poner en sus manos las riendas de nuestro timón interior, y hacer lugar a la iniciativa de Dios, siempre.

Con lo cual… es que así siempre y únicamente haremos la Voluntad de Dios. No hay miedo a equivocarse ni a salirse del carril. Es establecer a Dios en el lugar de nuestro yo como principio de toda nuestra felicidad. Eso hará que también llegue un momento en que, con san Pablo, digamos: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo que vive en mí”.

 

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