Pregón de Semana Santa en Gijón

Rvdo. Sr. Cura Párroco de San Pedro;

Sra. Alcaldesa de Gijón y Excelentísimas Autoridades;

Hermanos mayores y cofrades de la Santa Vera Cruz, del Santo Sepulcro y de la Santa Misericordia, Hermanas y Hermanos todos:

Antes de nada siento la imperiosa necesidad de expresar mi agradecimiento por haberse acordado de esta pobre monja para pregonar esta Semana Santa en Gijón. Gracias de corazón por darme esta oportunidad de gritar a los cuatro vientos lo que yo más amo: Jesucristo bendito, su Evangelio y su Cruz. ¡Qué agradecida estoy por poder expresar hoy mi pasión por su Pasión!

Lo primero que deseo proclamar y que os ruego que tengáis presente en esta inminente Semana Santa, es que mucho más dolorosa que la pasión del Cuerpo, fue la pasión del alma de Jesús.

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La causa primera fue la soledad; los evangelios insisten en el progresivo abandono de Jesús en la Pasión: por parte de la multitud, de los discípulos y finalmente de sus más íntimos y queridos amigos. “Me dejareis solo” (Jn 16, 32); “entonces los discípulos le abandonaron todo y huyeron” (Mt 26, 56).

La soledad de Cristo es impresionante en Getsemaní, cuando El busca repetidamente y en vano a alguien que esté a su lado. Y esta soledad alcanza su culmen en la Cruz, cuando Jesús, en su Humanidad, se siente abandonado incluso del Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Aquello que San Pablo supone como suprema renuncia y sufrimiento posible en el mundo, “ser anatema, separado de Cristo, por el bien de sus hermanos de raza, según la carne” (Cfr. Rm 9, 1 ss.), Cristo en la Cruz lo ha experimentado respecto a Dios. Él se ha convertido en el “ateo”, el “sin Dios”, para que los hombres pudieran regresar a Dios.

Existe un ateísmo activo, culpable, que consiste en rechazar a Dios, y existe un ateísmo pasivo, de pena y de expiación, que consiste en sentirse rechazado por Dios.

Otro aspecto de la Pasión interior de Cristo es la humillación y el desprecio. “Despreciado, rechazado por los hombres, maltratado, Él se humilló” (Is 53, 3-7). Así lo había predicho Isaías y así sucedió.

Desde el momento del prendimiento hasta la crucifixión, hay un crescendo de desprecios, insultos y escarnios en torno a la persona de Jesús. Bajo la Cruz “los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de El diciendo: a otros salvó y a Sí mismo no puede salvarse” (Cfr. Mt 27, 41 ss.) Jesús es el vencido. Todos los innumerables “vencidos” de la vida tienen alguien que pueda entenderles y ayudarles.

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Pero la pasión del alma del Salvador tiene una causa aún más profunda que la soledad y la humillación. En Getsemaní ruega para que se aparte de El el cáliz (Mc 14, 36). La imagen del cáliz evoca casi siempre, en la Biblia, la idea de la ira de Dios contra el pecado (Is 51, 22; Sal 75, 9; Ap 14, 10)

San Pablo dice: “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad” (Rm 1, 18) La ira de Dios es la misma cosa que la santidad de Dios. Jesús en Getsemaní es la personificación de la impiedad, de toda la impiedad del mundo. Es el hombre “hecho pecado” (2Co 5, 21). Es contra El que en ese momento se revela la ira de Dios; experimenta el choque brutal de la santidad de Dios contra el pecado, que El personifica en ese momento. Por eso siente la lejanía infinita de Dios de su humanidad hecha puro pecado, absoluto pecado, y experimenta la ausencia de amor y de Dios a que nos deja reducidos el pecado; por eso clama con el salmo 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

La infinita atracción que existe desde la eternidad entre el Padre y el Hijo es atravesada ahora por una repulsión igualmente infinita entre la santidad de Dios y la malicia del pecado, y esto es “beber el cáliz”.IMG-20180324-WA0241.jpeg

El anuncio de la Pasión está formado siempre por dos elementos que lo forman: un hecho -padeció y murió- y la motivación del hecho -por nosotros, por nuestros pecados- Cristo fue entregado a la muerte “por nuestros pecados”.

La pasión nos es ajena mientras no se entra en ella por esa puertecita estrecha del “por nosotros”. Conoce verdaderamente la Pasión solamente aquel que reconoce que es obra suya. Sin esto… todo lo demás es divagación y palabrería vana.

Yo soy Judas que traiciona, Pedro que niega, la multitud que escoge a Barrabás… Cada vez que he preferido mi satisfacción, mi comodidad, mi honor, mi reputación, a Cristo, ha sucedido esto. Si Cristo murió “por mí” y por “mis pecados”, quiere decir -simplemente poniendo la frase de forma pasiva a forma activa y respetando las normas básicas de la gramática tradicional- que “yo” y “mis pecados” somos el sujeto agente, que yo he matado a Jesús de Nazaret, que mis pecados le han aplastado. Es lo que Pedro proclama con fuerza a los tres mil que le escuchan el día de Pentecostés: “¡Vosotros matasteis a Jesús de Nazaret!” (Hch 2, 37)

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A propósito de esta afirmación terrible de San Pedro, en este momento viene a mi mente una preciosa canción de Jesús Adrián Romero, que he cantado muchas veces y cuya letra dice así: Si hubiera estado allí, entre la multitud que tu muerte pidió, que te crucificó…Lo tengo que admitir, hubiera yo también, clavado en esa cruz tus manos mi Jesús, si hubiera estado allí…  Pensándolo más bien, también yo estaba allí: yo fui el que te escupió, y tu costado hirió. Pensándolo más bien, yo fui el que coronó de espinas y dolor tu frente buen Señor. También yo estaba allí…

Si hubiera estado allí, al pie de aquella cruz, oyéndote clamar al Padre en soledad… lo tengo que admitir, te hubiera yo también dejado así morir, mirándote sufrir. Pensándolo más bien, también yo estaba allí: yo fui el que te golpeó, y de ti se burló… Pensándolo más bien yo fui el que te azotó, yo fui quien laceró tu espalda mi Señor. También yo estaba allí…”

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En el momento de la muerte de Cristo “el velo se rompió en dos, de arriba a abajo; tembló la tierra, las rocas se resquebrajaron, se abrieron los sepulcros y muchos santos que habían muerto resucitaron” (Mt 27, 51 ss.) A todos estos sucesos se les da, normalmente un significado apocalíptico, y sin duda lo tienen, pero requieren también una lectura mística: nos amonestan y corrigen de nuestras actitudes equivocadas ante la Pasión del Señor. Nos indican lo que debe ocurrir en el corazón de quien lee, medita y contempla la Pasión de Cristo.

Escribe San León Magno: “Que tiemble la naturaleza humana ante el suplicio del Redentor, que se rompan las piedras de los corazones infieles y quienes estaban encerrados en los sepulcros de su mortalidad que salgan fuera, levantando la piedra que pesaba sobre ellos.”

La Biblia ha explicado el significado profundo de la palabra metanoia, conversión, como un cambio de corazón: “crea en mi un corazón puro”. “Desgarrad vuestro corazón, no vuestros vestidos”. También la conversión de la multitud que escuchó el discurso de Pedro se expresa con la imagen del corazón: “Se sintieron traspasar el corazón” (Hch 2, 37)

Toda conversión supone un movimiento, el paso de un estado a otro, de un punto de partida a un punto de llegada. El punto de partida, el estado del que se debe salir, es para la Escritura el de la dureza de corazón: “Yo les abandoné a la dureza de su corazón, para que caminaran según sus designios” (Sal. 80, 13) “Apenado por la dureza de sus corazones” (Mc 3, 5) “Les reprochó su incredulidad y su dureza de corazón” (Mc 16, 14)

El corazón indica la sede de la vida interior en contraste con la apariencia exterior: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1S 16, 7) El corazón es el yo profundo del hombre, su esencia, lo que lo constituye en cuanto persona, el “estuche” que contiene lo más valioso de un ser humano: su inteligencia y su voluntad, que le permiten distinguir el bien del mal y amar el bien aborreciendo y renunciando al mal. ES lo más íntimo y personal del ser humano, el punto de encuentro en el que Dios se dirige al hombre y entabla relación con él; el punto en el que Dios de dirige al hombre y en el que el hombre decide su respuesta.IMG-20180324-WA0233.jpg

Se comprende, entonces, lo que en la Biblia significa la dureza de corazón: el rechazo a aceptar a Dios como Señor, a amarle con todo el corazón, a obedecer su ley. El corazón duro es el corazón esclerotizado, atrofiado, insensibilizado, impermeable a toda forma de amor que no sea el amor a sí mismo. “Corazón de piedra” (Ez 36, 26) “corazón incircunciso” (Jr 9, 26) “dura cerviz” (Dt 31, 27) El punto de llegada de la conversión, está descrito con las imágenes del corazón contrito, herido, lacerado, el corazón de carne, el corazón nuevo.

Intentemos comprender cómo se obre este cambio de corazón. Hay que distinguir dos situaciones, que dan lugar a dos tipos de conversiones diferentes. Cuando se trata de la primera conversión, de la incredulidad a la fe, o del pecado a la gracia, Cristo está fuera y llama a las paredes del corazón para entrar. Y también cuando se trata de sucesivas conversiones, de un estado de gracia a otro más elevado, de la tibieza al fervor, ocurre justamente lo contrario: ¡Cristo está dentro y quiere salir!

Cuando leemos las palabras de Cristo en el Apocalipsis: “mira que estoy a la puerta y llamo” (Ap 3, 20) deberíamos entender que El no llama desde fuera, sino desde el interior; no quiere entrar, sino salir.

San Pablo dice que Cristo debe ser “formado” en nosotros (Ga 4, 19), es decir: desarrollarse de manera plena; esto impedirá que se forme en nosotros el corazón de piedra. A veces se ven, a los lados de las calles, grandes árboles, cuyas raíces, aprisionadas por el asfalto, luchan por extenderse, levantando tramos del mismo cemento. Así es el Reino de Dios en nosotros: una semilla destinada a transformarse en un árbol majestuoso, pero que se desarrolla con dificultad a causa de nuestro egoísmo y nuestra dureza de corazón.

Hay grados diferentes en esta situación. En la mayoría de las almas comprometidas en un camino espiritual, en una comunidad parroquial, en una hermandad penitencial… Cristo no está aprisionado en una coraza, sino -por así decirlo- en libertad vigilada. Es libre de moverse, peroIMG-20180324-WA0222-1.jpg dentro de unos límites bien precisos. Esto sucede cuando tácitamente se le da a entender qué puede pedirnos y qué no puede pedirnos. Oración sí: pero no como para comprometer el sueño, el descanso, la sana información… Obediencia sí: pero que no se abuse de nuestra disponibilidad… Todo sí, pero dentro de unos límites, y nos volvemos especialistas en el uso de las medias tintas.

En la historia de la santidad el ejemplo más famoso de la conversión del pecado a la gracia es, sin duda, San Agustín; y el ejemplo más instructivo de la segundo conversión, la de la tibieza al fervor, es Santa Teresa de Jesús. En ella me voy a detener por dos motivos: porque es el caso que refleja mejor la situación personal de la inmensa mayoría de los aquí presentes, que vivimos en la gracia de Dios, pero nos falta dar el salto a la santidad, y porque como hija que soy de Santa Teresa me toca totalmente y siempre es un orgullo para mí presumir de madre y hablar de ella, y con más motivo aún en este Año Jubilar Teresiano.

Para ilustrar esta conversión de la Santa que todos necesitamos recurrimos a sus misma palabras en el Libro de la Vida, en los capítulos 7 y 8: “Pues así comencé, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión ene ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades… Dábanme gran contento todas las cosas de Dios; teníanme atada las del mundo. Parece que quería concertar estas dos contrarios -tan enemigo uno de otro- como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos sensuales.”

El resultado de esta situación era una profunda infelicidad, en la que tal vez podamos reconocer la nuestra: “pasé por este mar tempestuoso casi veinte años, con estas caídas y con levantarme y mal -pues tornaba a caer- y en vida tan baja de perfección, que ningún caso casi hacía de pecados veniales, y los mortales, aunque los temía, no como había de ser, pues no me apartaba de los peligros. Sé decir que es una de las vidas penosas que me parece se puede imaginar; porque ni yo gozaba de Dios ni traía contento en el mundo. Cuando estaba en los contentos del mundo, en acordarme lo que debía a Dios era con pena; cuando estaba con Dios, las aficiones del mundo me desasosegaban.”

IMG-20180324-WA0167-1.jpgY fue precisamente la contemplación de la Pasión lo que le dio a Teresa el impulso decisivo para cambiar. He aquí cómo describe ella el momento de su conversión: “Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, ví una imagen que habían traído allí para guardar (…) Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle. Le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces” (Vida 9, 1-3)

Así es: una vez que hemos pasado nuestro pequeño “terremoto” espiritual, vemos la cruz y la muerte de Cristo cambiar totalmente de signo y de capítulo de acusación y motivo de temor y de tristeza, transformarse en causa de gozo y seguridad.

El PROPTER NOS, por causa nuestra, se transforma en PRO NOBIS, a nuestro favor. Se resquebrajan las rocas de nuestra dureza de corazón y se rasga el velo de nuestra incredulidad. Nos vemos inundados por una luz nueva que hace que la Cruz aparezca ahora como el honor y la gloria, como una jubilosa y agradecida seguridad en la que descansamos y que se expresa en la alabanza y la acción de gracias.IMG-20180324-WA0300.jpg

Es la hora de abrirnos a la acción transformante del Espíritu santo, que hace que la Cruz no aparezca ya como “necedad y escándalo”, sino como “fuerza de Dios y sabiduría de Dios”. Podemos hacer de ella nuestro motivo de inquebrantable seguridad, prueba suprema del amor de Dios con nosotros, tema inagotable del anuncio y, sin arrogancia alguna, sino con profunda humildad, decir con el Apóstol: “En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo!” (Gal 6, 14)

 

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