Juventud, divino tesoro…

Hace unos días pasé por un convento de monjas muy mayores, muy ancianas, que estaban en un estado tristísimo, totalmente derrotadas y rendidas, sin ninguna ilusión, sin ninguna perspectiva de futuro, llenas de miedos y muy anuladas, esperando únicamente la muerte con resignación, como quien no tiene nada más que hacer y se rinde ante lo inexorable.descarga

Me dio lástima verlas así y sentí tristeza al comprobar -según avanzaba la conversación- que habían llegado a esa situación de derrota porque las personas de su entorno las habían convencido de ello. Intenté levantarles un poquito el ánimo haciéndoles ver que, aunque el cuerpo esté averiado y ya no responda mucho, el corazón no envejece y cuando parece que ya no servimos para nada es mentira, porque siempre servimos para amar, para aconsejar, para compartir lo que uno lleva en el corazón e iluminar a los otros. Y -sobre todo- hay algo en la vida de una monja que nunca caduca y siempre es posible: rogar a Dios por todos.

¿Por qué hemos de considerar la ancianidad como algo malo, una especie de maldición, hasta el punto de ocultarla, negarla, despreciarla o disimularla? Pienso en esas personas que intentan ocultar la edad que tienen y se quitan años… ¿Qué sentido tiene eso? Parece como si cumplir años fuera algo malo o vergonzoso, cuando en realidad es el curso natural de la vida y yo, cuando veo a una persona anciana, lo primero que pienso es que tengo ante mí una vida ya vivida y entregada, de la que siempre podré aprender algo.

ancianidadAnte cada anciano yo contemplo y venero un montón de sabiduría de la auténtica, no de la académica, sino de la que da la vida, de la que curte el alma y el corazón. La sabiduría vital del que ha luchado ya mil batallas. La piel arrugada de sus rostros la veo así porque han llorado muchas lágrimas y ya tienen surcos, porque ya ha sido arada y roturada por la vida… por esas mejillas se han deslizado lágrimas de gozo, de emoción y también de dolor y de impotencia cuando han palpado el sufrimiento de cerca y la muerte de seres queridos les ha sacudido el alma… La piel tersa de un niño o un joven es una promesa de futuro, pero aún no ha vivido y tiene que luchar con y cargar con el riesgo de la inexperiencia, la inconstancia, la ignorancia… Cada etapa tiene su belleza y sus dificultades y nuestro paso por la vida van modelando nuestro rostro y nuestra fisonomía interior y exterior.

Veo la ancianidad como un camino recorrido y cuajado de mil experiencias enriquecedoras, y entiendo los achaques propios de esta etapa de la vida como el tributo que se paga cuando uno vive intensamente y lo entrega todo y se gasta y se desgasta. Para nada es algo negativo y despreciable, sino venerable y digno de sumo respeto y todo cariño.

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¿Por qué cuando hablamos de juventud se nos enciende la ilusión y hablamos de futuro, de alegría, de esperanza… y cuando pensamos en la ancianidad nuestro corazón se llena de tristeza y sentimientos negativos? La juventud es promesa, pero la ancianidad ya no es promesa, sino realidad, vida vivida y plenitud y -para quienes tenemos fe- es promesa de eternidad.

 

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