HIPOCONDRÍACOS DEL ESPIRITU

 

“¡¡Ufff!! ¡No sé lo que me pasa…! Estoy preocupado porque no me siento realizado… No soy feliz y parece que a nadie le importa… ¡Tengo derecho a ser feliz! Primero tengo que preocuparme de mí mismo, que si no…” Expresiones de este tipo llegan continuamente a mis oídos y reconozco que -a base de oírlas una y otra vez- ya dejan de cuestionarme, me pasan desapercibidas… y por eso hoy quiero detenerme e invitaros a reflexionar un poco.

No podemos ceder ni acostumbrarnos a un planteamiento de la vida tan desde el “yo, mi, me, conmigo…” IMG-20171128-WA0217.jpgEs de un egoísmo de base que no nos va a conducir nunca a nada bueno.

Es cierto que todos buscamos la felicidad y que es justo y bueno que la busquemos, pero esa búsqueda nunca debe conducirnos al egoísmo y a la autorreferencialidad. Yo no soy el centro del planeta y tratar de serlo no es sano ni sensato. No lo es porque dejamos de ser realistas -yo no soy lo más importante del mundo y de la vida- y nos convertimos en egoístas crónicos e hipocondríacos del espíritu.

Que nadie se enfade cuando digo que yo no soy lo más importante del mundo y de la vida; no estoy menospreciando a nadie, pero tampoco es sano que nadie se sobrevalore: todos somos importantes -igualmente importantes y necesarios- y todos tenemos la misma dignidad humana. Nadie es más que nadie, ni la felicidad de nadie es más importante que la del resto. ¿Por qué tengo que anteponer mi felicidad y mis deseos a los de la persona que va a mi lado en el autobús? Aunque no la conozca de nada, ese señor que está a mi lado en el autobús, no sólo comparte conmigo este pequeño trayecto de bus, sino la ruta de la vida y nuestro paso por el planeta tierra. Entonces… ¿por qué empeñarme en que mi viaje por la vida es más importante y tiene que ser más feliz que el suyo? ¿por qué me creo que mi felicidad es más importante que la suya?

El planteamiento es equivocado desde su base: la felicidad propia nunca depende de uno mismo y de estar todo el santo día tomándose el pulso del ánima y del ánimo y ver qué nos duele hoy, qué agobio tenemos y qué es lo que no nos apetece hacer y nos va a tocar en breve: me apetece o no, me siento así o asá…  Si hacemos esto siempre encontraremos algo que nos duela, algo que nos pase. No podemos vivir anclados en el “yo, mi, me, conmigo…” que os decía más arriba.IMG_20171105_173007_470-1.jpg

La felicidad es una plantita que hay que cuidar y brotará y se robustecerá si variamos el planteamiento: mi máxima preocupación no ha de ser mi propia felicidad, sino la felicidad y el bienestar de los demás. ¡Ojo! Esto no es un planteamiento monjil y excesivamente religioso, sino un planteamiento inteligente. Buscar la felicidad de los demás para que eso revierta en la propia alegría y plenitud interior no tiene nada que ver con la religión ni las monjas, sino con la calidad personal y humana de cada uno.

Es absolutamente incompatible ser feliz y vivir anclados en nosotros mismos. Nuestro ego tiene un recorrido muy cortito y -una vez conocido y explorado ese raquítico camino- el vacío y la insatisfacción son inmensos, por eso es recomendable cambiar de rumbo: olvidarnos de nosotros, posponer nuestras “sensaciones” e impresiones y darles la importancia justa (bastante poca) para empeñarnos a fondo en lograr la felicidad de los que nos rodean. Os garantizo que serán el esfuerzo y el tiempo mejor invertidos de toda vuestra vida y -a partir de ahí- cosechareis la verdadera felicidad.

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