Una visita especial

En estos días de Navidad hemos recibido una visita muy especial que me está haciendo pensar mucho y ha llegado hondamente a mi corazón. Nos visitó el Delegado Episcopal de Pastoral Penitenciaria y lógicamente le preguntamos por su trabajo en la cárcel. Muy amablemente fue contestando a nuestras preguntas y yo entendí que Dios nos lo había enviado para recordarnos una realidad que con frecuencia se nos olvida: la de tantos seres humanos que están cumpliendo una condena por algún delito, pero que no por eso dejan de ser humanos.f100006813

Para mí ha sido el mejor regalo de Reyes: un chorro de humanidad y una sacudida en mi “organizada” y “correcta” vida. Se ha encendido en mi corazón el deseo de acercarme a esas personas que no tienen nada y que muchas veces son ignorados por completo. Acercarme al menos espiritualmente, pues es cierto que físicamente no es tan sencillo hacerlo por la propia realidad de lo que es una cárcel ¡Qué importante es caer en la cuenta de la vida que me circunda, salir de los estrechos horizontes de mi micromundo y advertir que hay otras realidades, más mundo y más horizonte un palmo por delante de la punta de mi nariz!

Cuando pensamos en los reclusos y personas que están en presidio pueden pasar dos cosas: que pasemos por encima evitando detenernos a considerar su situación porque les despreciamos y no les dedicamos ni siquiera nuestra atención, o que nos dejemos arrastrar por la indignación y lancemos al aire perlas de este tipo: “¡Esas personas merecen pudrirse en la cárcel!” Creo que ni una postura ni otra son buenas: ni ignorarles ni odiarles. ¿Quién soy yo para permitirme hacer eso? Cometer errores, por graves que sean, no nos transforma en monstruos ni hace que dejemos de ser humanos. Cometer errores es propio d la condición humana y todos en esta vida hemos metido wp-1482879053530.jpgla pata más de una vez y la seguiremos metiendo. Todos tenemos cosas de las que nos arrepentimos y que desearíamos cambiar, pero ya no es posible.

Siendo realistas hay que decir que no se puede dar marcha atrás y retroceder en el tiempo y cambiar aquella actitud, borrar aquellas palabras… No podemos cambiar el pasado; sólo podemos vivir el presente y hacer una lectura de ese pasado que nos duele, de modo que nos sirva de aprendizaje para no reincidir y -sobre todo- arrepentirnos sinceramente y pedir perdón. Para recuperar la paz necesitamos reconciliarnos con Dios, con las personas que nos rodean y con nosotros mismos.

Los hermanos que están en las cárceles tienen esa misma necesidad y debemos brindarles la oportunidad de esa reconciliación. Todo mal puede ser perdonado y redimido y debemos tener esa capacidad de perdonarnos unos a otros, porque todos necesitamos del perdón de los demás en determinados momentos de la vida. Creo que ser generoso en el perdón es una de las cosas más difíciles que se nos pide para ser verdaderas personas, y una de las imprescindibles para crecer. La persona que no perdona es la que aún no se ha visto necesitada de la misericordia, la paciencia y la compasión de los otros y en ese caso… me atrevo a afirmar que aún no es persona en plenitud.

Volviendo a los hermanos de las cárceles… al plantear esto así me podeis argüir que -si han delinquido- de una manera una otra deben pagar por su delito ante la sociedad y que para eso están las prisiones y que cada cual tiene que asumir las consecuencias de sus actos. De acuerdo: cierto. Pero quiero dejar dos ideas para vuestra reflexión, queridos lectores; primero: que hay males que están considerados delitos por la ley civil y que pueden suponer una condena y cárcel para quien los comete, pero recordemos que la ley natural (principios morales elementales) y la ley de Dios también existen y que hay cosas que legalmente son admisibles y no condenables, pero moralmente son inaceptables. Estas situaciones, moralmente malas y contrarias a la ley natural, wp-1481353115440.jpgno nos van a conducir a la cárcel porque son “legales” y en muchas ocasiones estarán socialmente aceptadas, con lo cual no nos estigmatizan como los antecedentes penales, pero no dejan de ser malas en sí mismas y también necesitan ser corregidas y perdonadas.

Segundo: que aquel que está en presidio cumpliendo una pena, no es un monstruo, sino una persona, un ser humano y merece ser tratado como tal. Es el único modo de que recupere la paz y la confianza en sí mismo y su derecho a ser feliz. Necesita recibir cariño y alguna alegría de vez en cuando, paciencia, comprensión y saber que está perdonado. Lo necesita para perdonarse a sí mismo y que pueda retomar el camino del bien y de una vida digna. Si no se sabe amado, perdonado y aceptado nunca encontrará la fuerza para retomar el buen camino del que en un momento dado se desvió… La cárcel le habrá servido para pagar a la sociedad por su delito, pero nada más. Solamente los miembros de esa sociedad podemos devolverle la paz acogiéndole y perdonándole. Tengamos presente que, aunque no hayamos sufrido pena de cárcel, no somos absolutamente inocentes: todos somos culpables de algo y todos necesitamos paz interior, perdón, ayuda y comprensión.

 

 

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