Templos del Dios vivo (VII)

Vamos ahora con el tercer paso de la expiación: después de haber pedido perdón y haber reparado, el tercer paso es la súplica de la gracia y de la misericordia. Para eso estamos aquí y es la tarea fundamental de cualquier cristiano: implorar gracia y misericordia para el mundo entero, suplicar gracia y misericordia para el mundo entero.

Un templo expiatorio es tan importante en su función de expiar, que parece que el Reinado del Corazón del Señor estuviera ligado a esta función. Jesús reinará, el Corazón de Jesús reinará, cuando el mal sea expiado, cuando el pecado sea expiado.balancemagazine-01-2.3.001-bigpicture_01_2.jpg

En el templo, dice el profeta Ezequiel, hay un torrente que mana. Si la fuente de ese templo, si la fuente de cada cristiano, cumple con su función derramando gracia -torrentes de agua viva que inunden todo- el agua del torrente, que es la Gracia del Espíritu Santo, irá saneando todo, purificando todo, transformando todo. Y dice Ezequiel que la vida brotará hasta donde llegue el torrente, que seremos agentes de vida. Si vamos llenao de gracia, llenos de don, llenos de Espíritu Santo, por donde vayamos iremos dando vida, fecundándolo todo, llenándolo de vida.

Y esta es nuestra responsabilidad: el pecado es muerte y nosotros tenemos que dar vida, tenemos que ser fecundos. Y solamente podremos ser fecundos si expiamos el pecado del mundo como Jesús: de Su Costado manarán torrentes de agua viva. ¿Y del mío? ¿Qué va a manar de mi costado? El costado es en el lenguaje bíblico el corazón. De mi corazón, ¿qué mana? ¿Qué doy al mundo? ¿Qué derramo?

Tenemos que velar desde nuestro templo interior por ese saneamiento del mundo y de la humanidad; y sentirnos como si fuésemos la vía que, por vena, posibilita al mundo su sanación. Somos el canal de la fuerza sanadora de la gracia. Y para eso no podemos estar obstruidos, ni doblados sobre nosotros mismos.

Si en una vía se dobla el tubito de plástico, la medicina no llega, no sana, se interrumpe… Y nosotros muchas veces interrumpimos ese canal de gracia que debemos ser, porque vivimos replegados en nosotras mismas: “yo, mí, me, conmigo… lo que a mí me pasa, lo que yo siento, lo que no siento, lo que no me pasa, lo que me dijeron, lo que no me dijeron, lo que me parece, lo que no me parece…”

¿Qué importa todo eso? ¿Qué importa lo que tú sientes, lo que a ti te pasa, lo que a ti te parece, lo que deja de parecer? ¿Qué importas tú, en definitiva? ¡Importa la humanidad entera! ¡Importa el Corazón de Cristo! Tú… no eres más que un mero instrumento, ¡no te centres en ti!wp-1473942005727.jpg

¡Esa es la gran tentación! “Yo me siento bien, yo no sé si estoy haciendo esto  bien, yo y yo y yo…” ¿Y qué? ¿Se siente bien los demás? ¿Son felices los demás? ¿Qué opinan los demás? ¿Se encuentran bien? ¿Están preocupados, están tristes?… Todo eso que te aplicas a ti… ¡proyéctalo en los demás! ¿Se sienten amados los demás, se sienten comprendidos los demás? “Es que no me siento amado, es que no me siento comprendido, es que no me siento bien…” ¿Y ellos, tus hermanos? ¿El mundo entero?…

Tienes una responsabilidad, un deber que cumplir. ¿Lo cumples? ¿O eres un tubo doblado en sí mismo que no sirve para nada? Dios quiere servirse de nosotros, para inyectar la medicina que restablece la salud lo antes posible y aminora el dolor.

¿Y sabéis cuál es la enfermedad más grande de ese tempo? ¿Más grave incluso que el pecado? ¡¡La ausencia del amor!! ¡El hombre no sabe que está rodeado de amor! ¡El hombre no sabe que tiene un alma creada a imagen y semejanza de Dios! ¡No se ha enterado! Ni siquiera pecan, porque para pecar hay que querer pecar y saber que pecan. Si ni siquiera reconocen su dignidad de hijos de Dios, de seres inmortales, de seres portadores de un alma inmortal… ¡Eso es más grave todavía que el pecado!

¡No saben que tienen un destino eterno, no saben que hay un Dios que les ha pensado con amor desde toda la eternidad! ¿Cómo se van a parar a ofenderle si ni siquiera saben que Él es, que Él existe, que les está dando el ser? Esa es la enfermedad más grave: ¡la ausencia de Dios de la vida del ser humano hoy!

Y nosotras tenemos que aminorar ese dolor, llenar ese vacío, anunciar la Buena Noticia de que somos amados, inyectar en el mundo esa fuerza sanadora que se llama amor, que es la única medicina verdadera y que brota a chorro del Corazón de Cristo, wp-1474460196687.jpgpero necesita canales que lo inyecten. ¡Esos somos nosotros! ¡Ese es el anuncio que los hombres de hoy esperan! ¡No les importan saber si están salvados o no, ni siquiera saben qué es eso! Sólo les importa saber que son amados.

Y los cristianos no podemos replegarnos en nosotros mismos y dejar de ser esa vía sanadora que les lleve el amor, el amor del Corazón de Cristo, que es el único que sana, que restaura, que vivifica, que resucita muertos… que vuelve a hacer que los corazones que están acorchados, vacíos, fríos, endurecidos, secos… cobren vida, calor humano y vuelvan a latir. Tenemos que inyectar el amor en esos cadáveres para devolverlos a la vida. Eso nunca se puede hacer con un tubo doblado sobre sí mismo.

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