Cruce de miradas

Santa Teresa nos lo dice en el Camino de Perfección: “Mira que te mira”. ¡Mirad cómo Jesús nos mira! Todos tenemos ojos para mirar y todos tenemos capacidad de mirar desde dentro, de mirar desde el corazón. Jesús vivo y resucitado nos mira, nos mira con amor, nos mira con esperanza, nos mira con confianza… nos mira y espera todo de nosotros, a pesar de nuestra fragilidad. Nos mira y su pregunta es clara, directa: “¿También vosotros queréis iros?”

Y en nombre de todos, yo te contesto, Señor: “¿A quién vamos a acudir, si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?” ¡Sólo Tú tienes un amor capaz de llenar nuestra vida, de llevarnos a la felicidad completa! “¿A quién vamos a ir?” ¡Sólo Tú mereces la pena! ¡La vida sin Ti no tiene sabor, no tiene color, no tiene sonido, está vacía, hueca… y es un desperdicio!wp-1472974751007.jpg

Miremos que nos mira, miremos que nos busca. Miremos que nos mira, sobre todo, desde su Corazón. Y miremos que nos mira como miró a aquella mujer de la que nos habla Marcos en su Evangelio. Dice así Marcos:

 “Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del Templo, observaba a la gente que iba echando dinero… -nos observa a nosotros que vamos dando poco a poco lo que tenemos, la limosna de nuestra vida.

… muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, una pequeñez…” -una limosna muy pequeña.

“Llamando a sus discípulos, les dijo: “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.” (Cf. Mc 12, 41ss)

¡Es un pasaje bellísimo! Podemos contemplarlo.

Una pobre viuda que está en la explanada del Templo, como nosotros en la inmensa explanada del mundo. Hay ahí miles de personas, un trasiego tremendo, un ir y venir continuo, un ajetreo, muchas personas. Pero ella está allí y es única, está sola allí. Es única en su pequeñez, es única en su pobreza.

No tiene apenas nada: un corazón grande, deseos de amar y su fe… ¡No tiene nada más! Bueno, sí… ¡generosidad!, ella es generosa. Pero salvo eso… es una mujercilla pequeña, insignificante, frágil, quizá encorvada. Rebusca en el bolsillo y encuentra alguna moneda, apenas nada. Pero esa nada es lo que tiene para vivir: no tiene nada más. Y con esa nada está en medio de la multitud. Lo que lleva es tan poco que no merece la atención de su mirada, ni siquiera lo mira… Mete la mano en el bolsillo y, sin detenerse a mirarlo, entrega la moneda, porque su mirada no es para esa moneda que lleva en el bolsillo. Su mirada es para Alguien infinitamente más importante, para Alguien superior. Ella es pobre. Y lo que lleva en su bolsillo, aunque sea todo lo que tiene para vivir, no merece su atención.wp-1473150557572.jpg

Y ella no lo sabe en ese momento, pero está siendo mirada. Está siendo contemplada con un amor infinito, con un cariño sin límites, con admiración… Hay unos Ojos fijos en ella, fascinados por ella, por su gesto de entrega. Hay Alguien que la mira con una ternura infinita, con una admiración inmensa, con una gratitud sin fin… Hay Alguien que penetra dentro de ella y mira su corazón.

Jesús está ahí mirándola, en silencio, emocionado ante la generosidad de aquella mujer. En medio de aquel trasiego de miles de personas en la explanada del templo, el Corazón y los Ojos de Jesús están prendados de aquella mujercilla. No tiene Ojos en ese momento que para darle más que para ella… y la mira. Se ha colocado algún lugar estratégico desde donde pueda contemplarla a sus anchas, divisarla bien, deleitarse en ella. No olvidemos que “los deleites de Jesús son estar con los hijos de los hombres”. Sus deleites, en ese momento, están en esa pobre viuda cuya alma le fascina, cuyo corazón le ha cautivado.

Jesús podía haber escogido muchos lugares en la explanada del Templo, pero ha escogido ponerse ahí… ¡para mirarla!, para gozar mirándola, para deleitarse en ella, para mirar esa pequeñez que le fascina. Jesús la mira, se emociona, se conmueve… se le llena el Corazón de gozo al contemplar las huellas de su Padre en la entrega de los más pequeños.

Podemos imaginar -aunque el Evangelio no lo dice propiamente- que, en un momento dado, la mirada de aquella mujer y la mirada de Jesús se cruzan… que aquella mujer mira a Jesús que la está mirando, que le devuelve la mirada tímidamente. Pero al percibir el cariño en aquellos Ojos, que son Ojos de Dios, descansa, reposa… ¡le devuelve la mirada! Eso es orar: cruzar nuestra mirada con la de Él.

Tenemos que mirarle como a esa pobre viuda y dejarnos mirar por Él. Y no prestar atención a lo que miramos, que no es nada. Yo me siento muchas veces como a esa pobre viuda, que no tengo nada que dar, no tengo nada que entregar… que quiero darle algo y solo tengo una pequeñez que entregar, pero la entrego y es cuanto tengo para vivir.wp-1472390006573.jpg

Y la pequeñez que puedo entregar es mi vida misma, esa es la limosna que puedo entregar al templo. Lo que tengo para vivir: mi vida, yo misma. Y que su mirada y su amor me sostengan para que una vez que he entregado mi limosna, la nada que tengo que no merece atención, porque nada es mío y es muy pobre, aunque sea todo lo que tengo para vivir, nunca vuelva a recogerla, ya la he entregado. Nadie, cuando entrega una ofrenda en el limosnero de un templo, vuelve después a recuperarla.

Que cada uno de nosotros sea esa pobre viuda que cautiva a Jesús, que le conmueve, que le toca lo más hondo del Corazón, porque entrega todo lo que tiene para vivir: su propia vida. Pero que lo entrega metiendo la mano en el bolsillo sin mirar, sin prestar atención a lo que entrega, porque es tan nada que no merece la pena que lo tengamos en cuenta. Lo único que interesa es entregar esa nada, esa pequeñez, mirando que Él me mira y que en ese acto mío de entrega de mi pobrecita nada, de lo poquito que tengo, su Corazón brinca de gozo, de gratitud, de alegría, se complace en verme entregar lo poco que tengo. Su alegría, su gozo es verme entregar lo poco que tengo.

Si entregamos lo poco que tenemos para vivir, si entregamos a nosotros mismos, la mirada de Jesús… ¡nunca se apartará de nosotros!

 

 

 

 

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