¿Enemigos de la Cruz?

La humanidad de hoy, como la de siempre, vive en un inmenso Calvario. Vive crucificada. Aunque muchos vivan como enemigos de la Cruz de Cristo, la odien, la rechacen, protesten contra ella… lo wp-1463248251445.jpgcierto es que todos tenemos nuestra cruz, vivimos con ella y en ella permanecemos crucificados. ¡No nos engañemos! No hay nadie sin cruz… ¡Nadie! Hasta aquellos que nos parecen que todo les sonríe, que todo les va bien… ¡qué “suerte” tienen!… Esos también tienen su cruz y quizás más pesada que la nuestra, por llevarla oculta y por empeñarse en ocultarla.

Ante esta realidad de vivir crucificados, se puede amar la cruz o se la puede odiar. La única esperanza, la única fuerza, la única alegría en ese Calvario inmenso que es el mundo, es saber que Jesucristo está crucificado como nosotros y ha vencido a la muerte. ¡Él es el Señor de la vida, el Rey del Universo, el Redentor de la humanidad!

Por eso es triste, muy triste, que muchas personas desde su cruz le vuelvan la espalda, le increpen, le insulten, le maldigan… Porque con eso no van a librarse de la cruz, no va a desaparecer la cruz y la están haciendo estéril, vana e inútil.

Ojalá que seamos como Dimas y, desde nuestra cruz, seamos capaces de mirar a Jesús, reconociendo nuestro pecado, reconociendo nuestro mal y amparándonos en su Misericordia. Que nuestra cruz sirva para bendecir a Dios, para agradecer, que Él llevó mi cruz primero, y que Él permanece crucificado conmigo y no me deja solo.

Y que, desde mi cruz, sea capaz de mirarle y de decirle: “Acuérdate de mí, cuando estés en Tu reino. Porque Tú eres mi Rey, Tú eres mi Dos, Tú eres mi Señor. Y te doy las gracias por esa cruz que me asemeja a Ti, me purifica y me salva. Te doy las gracias por mi cruz, por todas mis cruces. No te pido que me la quites, ni que me la cambies por otra mejor, porque no hay otra mejor que la que Tú me has dado. CRUZTe pido que me enseñes a amar desde la cruz, como Tú lo haces; me enseñes a servirme de mi cruz como un instrumento de amor y de salvación. Sobre todo, te confieso mi Dios, mi Señor, mi Rey y te pido que te acuerdes de mí, que me lleves a tu reino.”

Si somos capaces de mirar así a Jesús y de suplicarle eso “acuérdate de mí”, escucharemos la misma respuesta: “¡Hoy mismo!… Hoy mismo sin dilación, sin condiciones, sin reproches, sin exigir nada a cambio… “¡Hoy mismo estarás Conmigo en el paraíso!”

¡Hoy mismo con Jesús en el paraíso! ¿Para qué queremos más? ¿Qué mayor riqueza, qué mejor promesa? ¿Qué mayor ilusión, qué mayor alegría? ¿Qué mayor anhelo? “¡Hoy mismo!” Pero desde nuestra cruz, tenemos que mirarle con amor y suplicarle “acuérdate de mí”. Y la respuesta será indefectiblemente, eso: “¡Hoy mismo estarás Conmigo en el paraíso!” porque esta cruz de hoy es ya mi paraíso.

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