Torrentes de Agua Viva… junto a la Cruz

“El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba.” “¡Venid a Mí!” ¡Cuántas veces lo repite Jesús! “¡Venid! -nos llama a gritos- Venid a Mí si estáis cansados, si estáis agobiados, si tenéis sed… ¡Venid a Mí! Yo seré vuestro alivio, vuestro descanso, el que sacie vuestra sed: “El que tenga sed, que venga a Mí; y el que cree en Mí que beba”. Y dice el Evangelio que lo decía gritando. ¡Nos está llamando a gritos! ¿Todavía no nos hemos enterado?

La primera vez que yo leí “Si tú le dejas”, cuando le preguntaron a Santa Maravillas por la fundación del Cerro, ella, sin dar mayores explicaciones,  esquivó el cotilleo generaldiciendo que la fundación del Cerro se hizo “porque el Corazón de Jesús se lo pedía a gritos”. La primera vez que yo lo leí dije: “¡mira qué bien ha salido ella por la tangente, contestando sin contestar!” Pero después esa respuesta que muchas veces he recordado y he dicho, os puedo decir por experiencia que yo también he escuchado los gritos.

Y ahora leo el Evangelio y Jesús dice que llama a gritos: “El que tenga sed, que venga a mí; y el que crea en Mí que beba”. ¡Tu amor me está gritando! ¡Tu Amor me está llamando a gritos! Su Amor me está llamando, porque de sus Entrañas manarán torrentes –no gotitas- ¡torrentes de Agua Viva!

Si me está llamando y me está invitando a beber, y me está llamando a gritos hacia su Corazón, del que no caen gotitas y sino torrentes, entonces… ¿por qué no estoy ya empapada, anegada, llena de vida? Si está gritando… ¿por qué no me entero? Si están manando de sus Entrañas torrentes… ¿por qué no estoy empapada? ¿Por qué sigo teniendo sed? ¿Por qué sigo buscando donde no es?…

Y al final de este párrafo evangélico, que acabo de leer, hay una cosa importante: “Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado”.

Debemos recordar que la glorificación de Jesús fue la Cruz. La gran exaltación de Jesús, cuando El fue elevado sobre la tierra y atrajo a todos hacia Sí, fue en el Calvario; y ahí, cuando Él es glorificado, es cuando se da el Espíritu. Ese es nuestro Pentecostés: junto a Jesús elevado, glorificado en la cruz.

“Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre y el discípulo que Él tanto quería.” Junto a  la cruz tiene que estar su Madre y este discípulo que Él tanto ha querido, que soy yo. Este discípulo en el que tantos dones y regalos ha volcado, tantos dones de predilección… ¡ese discípulo soy yo! Junto a la Cruz estamos los discípulo a los que El tanto quiere… La Cruz es el regalo precioso que otorga a los que ama de manera especial. La Cruz y María -tan ligados entre sí en este mes de septiembre que apenas está comenzando- son los regalos má bellos que Jesús entrega a esos “discículos que El tanto quiere”.

Ese discípulo que, en más de una ocasión se ha recostado en su Pecho. Ese discípulo que en la celebración de la Eucaristía está junto a Jesús. Ese discípulo que va a Getsemaní, porque Jesús lo lleva a Getsemaní. Ese discípulo que va al Tabor, porque Jesús lo ha distinguido siendo uno de sus íntimos, y se lo lleva al Tabor. Ese discípulo amado con predilección por Jesús… ¡¡soy yo!!

Ese discípulo que llega al Calvario con la Virgen y ve a Jesús en la Cruz agonizando, que escucha sus palabras, que es confiado a su Madre y a quien se le insta que la acoja en su casa y la tome entre sus cosas… ¡ese discípulo soy yo!

Y se me concede el privilegio, permaneciendo en el Calvario, de ser el primero en contemplar el Costado abierto de Jesús, el Corazón traspasado de Jesús, el Sancta Sanctorum… ¡Ese discípulo soy yo! Yo soy también ese discípulo amado que he visto el Agua y la Sangre y he creído y doy testimonio… ¡Ese discípulo soy yo!

Por eso, me toca agradecer al Espíritu de Dios el haber sido llamada para ser discípula amada, discípula predilecta de Jesús, phqdefault.jpgorque es don del Espíritu… como es don del Espíritu comprender los movimientos y sentimientos del Corazón de Cristo. ¡¡Qué privilegio y qué alegría tan grande!!

Es el discípulo amado el que refiere también el encuentro de Jesús con la mujer Samaritana junto al pozo de Sicar (capítulo 4 de su Evangelio). Y es el discípulo amado que comienza su Evangelio diciendo que el Verbo de Dios se hizo Carne, que el Verbo de Dios se ha hecho verdadero Hombre. Y es el discípulo amado el que nos transmite la herencia de Jesús, su deseo supremo, su plegaria al Padre por nosotros: “Padre, que sean completamente uno para que el mundo crea”.

 

 

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