Un corazón virgen

 

“En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y uno a los pies donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: – Mujer, ¿por qué lloras?

Ella les contesta: – Porque se han llevado a mí Señor y no sé donde se lo han puesto.

Dicho esto da media vuelta y ve a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice: – Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?

Ella, tomándole por el hortelano, le contesta: – Señor, si tú le has llevado, dime donde lo has puesto y yo lo recogeré.

Jesús le dice: -¡María!

Ella se vuelve y le dice: – ¡Rabboni! (que significa Maestro).

Jesús le dice: – Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: ‘Subo al Padre mío y Padre vuestro; al Dios mío y Dios vuestro’.

María Magdalena fue y anunció a los discípulos: -He visto al Señor y ha dicho esto.”

 

¡Qué bonito caminar por el huerto de nuestra vida buscando a Jesús! ¡Y qué bonito que, en un momento dado, nos lo encontremos, aunque a veces nos cueste reconocerlo! ¡Y qué bonito que nos llame a cada uno por nuestro nombre y nos de las primicias de la Resurrección! ¡Qué bonito que se nos muestre a cada uno resucitado y se nos revele llamándonos por nuestro nombre! Es hermoso y, al mismo tiempo, conmovedor.

“Suéltame, porque todavía no he subido al Padre.” ¡Suéltame! ¡No me retengas para ti sola! Yo he resucitado para todos y tienes que ir y decírselo a mis hermanos. Diles que vuelvan a Galilea, que allí me verán.12940895_1689501464600517_158801256_n.jpg

Para encontrarnos con Jesús Resucitado tenemos que volver a Galilea. Galilea son nuestros orígenes, la primera ilusión, el amor primero, la intimidad, el hogar, la infancia… Galilea es para Jesús y para sus discípulos el lugar y el momento de la vocación, del amor primero.

Volver a Galilea para encontrarse con el Resucitado es volver al principio de mi historia de amor con Él, cuando aquel día llegó a mi vida, como en una anunciación, y me dijo: “¡Alégrate! ¡Yo tengo para ti el amor más grande y el camino precioso!”. Mi anunciación, mi vocación, como la de la Virgen, fue en Galilea; y la Pascua, el encuentro con el Resucitado, tiene que ser en Galilea, en aquel amor primero.

¡El Resucitado hace nuevas todas las cosas! El Resucitado ha redimido a María Magdalena, ha restaurado su alma, su cuerpo, su humanidad… ¡la ha resucitado con Él! Ella ya ha sido sanada, restaurada, redimida; por eso no necesita tocar a Jesús. Y Jesús le dice que le suelte, que tiene que ir al Padre y a los hermanos, que ella no le puede retener para sí misma.

Jesús Resucitado vuelve todo a su origen. Jesús Resucitado nos devuelve al amor primero, a la inocencia original, a la inocencia primera. Jesús Resucitado me restaura de todo, como restauró a María Magdalena. Jesús Resucitado vuelve a su origen todas las cosas, también mi corazón. Jesús Resucitado vuelve al origen a un corazón humano, de mujer, el mío, que Él ha creado sólo para amar. Colma y plenifica todos los abismos de un corazón de mujer que Él ha creado para amar. Y… no solamente lo llena, no solamente invade y acaricia cada repliegue de ese corazón, sino que también lo restaura a su inocencia original, a su principio, cuando todavía ese corazón permanecía íntegro, permanecía virgen, solo para Dios, antes de que se distrajera y se prodigara buscando otros amantes. Jesús Resucitado restaura mi corazón, lo virginiza, como hizo con María Magdalena.

Porque virgen es el que ama a la manera de Dios. Virgen es el que tiene el corazón semejante al de Dios y ama como ama Dios, abnegándose y donándose. Un corazón virgen no es el que nunca se ha ausentado de su Dios, de su amor; sino que es corazón virgen aquel que ama a la manera de Dios y vuelve al amor primero, al amor original, al del principio.

Puede haber corazones puros, pero llenos de soberbia. El puro no es necesariamente el virgen. El virgen es el que ama a la manera de Dios, con un corazón tierno, sencillo, maternal… sin ninguna brizna de propia búsqueda, de propia satisfacción, sin una sola brizna de egoísmo.

¡Jesús Resucitado nos hace así! Jesús Resucitado con su Redención, restaura el amor primero en el corazón, el amor original, como cuando el corazón empezó a amar, con toda su inocencia, con toda sencillez. ¡María Magdalena ha sido restaurada así! wp-1461690974642.jpegHa sido devuelta al primer amor. Por eso no necesita tocar, porque ella ya ha sido redimida.

¡Tomás sí! Tomás necesita tocar, porque aún no ha vuelto al amor primero, aún no ha creído… aún no ha sido virginizado en su corazón, por eso no ve al Resucitado, por eso no le reconoce. Por eso tiene necesidad de tocar y Jesús le deja tocar sus Manos y su Corazón, a través de la llaga del Costado. Toca el Corazón de Jesús Resucitado, percibe su fuerza, su vida, esa vida nueva, resucitada, ese palpitar para él. Y al contacto con el Corazón de Cristo Resucitado, Tomas cree, confiesa a Jesús como Señor y como Dios, y es restaurado también, es vuelto a su amor primero también. Solamente un corazón virgen puede proclamar a Jesús como “Señor mío y Dios mío”.

¡Qué bonito que nos llame a cada uno por nuestro nombre! Y qué precioso que a cada uno nos entregue esa primicia de su Resurrección que es un corazón virgen, redimido, restaurado, sanado, intacto… devuelto a su inocencia primera, a su inocencia original, a la virginidad, a amar como ama Dios.

Pero para eso, para volver al amor primero, al corazón primero, hay que volver a Galilea. A aquella Galilea preciosa, verde, florecida, de mi primer amor, de mi primera llamada, a aquella ilusión, a aquel deseo. Todo era virgen entonces: el deseo, la ilusión, las ganas, la fuerza, el amor…

¡Él nos llama, el Resucitado nos llama! Nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos entrega esas primicias de la Resurrección. Nos llama a volver al origen, a restaurar lo que se haya podido estropear de nuestra historia de amor con Él. Nos llama a Galilea para encontrarnos con el Resucitado y restaurar, regenerar y reconstruir nuestro amor primero.

 

 

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