Muéstranos al Padre (XXX)

Confianza inquebrantable en el Poder del Padre

Yo esa confianza inquebrantable, os lo confieso, de niña la he tenido en mi padre. Yo, pasara lo que pasara, le decía a mi madre: “¡No te preocupes! ¡Papá, lo arregla!” Mi madre decía: “¡Anda, niña…!” ¡Claro! Yo era una niña… Yo no pensaba que mi madre era una inútil, pero el que podía todo era mi padre.  Eso es que lo he vivido y yo lo he tenido y lo he experimentado, y eso entiendo que es un don de Dios que no todo el mundo lo ha tenido: la seguridad de sentirme absolutamente protegida y segura en los brazos de mi padre. Yo recuerdo -de los recuerdos más tempranos de mi vida- estar sentada en el regazo de mi padre y experimentar ese sentimiento de seguridad de decir: “Aquí no me puede pasar nada malo”.

Cuando me veía allí sentada y abrazada por los brazos de mi padre -yo era un mico y me perdía allí dentro– la sensación de seguridad era absoluta. Y estaba convencida de que, estandowp-1460844134434.jpeg mi padre, todo tenía arreglo: si se iba la luz, “ya vendrá mi padre y volverá la luz”; si se rompía una cosa, “ya vendrá mi padre y ya lo arreglará”; y sí –yo no sé como– pero “mi padre lo arregla”… Era una niña muy pequeña, pero tenía una confianza inquebrantable en él… Mi pobre padre haría “mangas y capirotes” para no dejarme chafada –eso yo ya… no sé como lo haría– pero yo iba con confianza absoluta de que aquello me lo arreglaba él.

Esa confianza es la que tenemos que vivir con Dios Padre. Ahora que soy mayor, mi razón, mis ideas, mis juicios… me han jugado muchas malas pasadas y añoro para con Dios esa confianza absoluta que yo tenía cuando era pequeña en mi padre. Te haces mayor y empiezas a discurrir, empiezas a pensar más de la cuenta… empiezas a ser “civilizada”, responsable y no sé cuantas otras cosas más… y se estropea todo. “De los que son como los niños es el Reino” y yo estoy convencida de que Jesús no lo dijo porque se le ocurrió, sino porque el Espíritu Santo se lo inspiró así.

Porque yo me acuerdo mucho de eso: cuando yo era pequeña tenía una confianza y una fe inquebrantable en mi padre. A mi madre la quería también, pero mi madre si tenía “problemas”… que se los arreglara también mi padre. Y yo decía: “¡No te preocupes! Viene luego papá.” Y como iba a venir, tampoco se me ocurría pensar que algún día pudiera no venir: ¿¡cómo no iba a venir si estábamos allí y tenía que venir!? Pues… esa misma fe inquebrantable deberíamos pedir la gracia de que nos sea dada con respecto a Dios.

Hay que fiarse del Padre y darle crédito contra todo, contra todos e incluso contra nosotros mismos. Pensemos en un hombre a quien todo el mundo acusa. Toda evidencia está contra él, tanto que ni siquiera los de su casa creen ya en él. Y por lo demás sería casi una locura querer defenderlo. Pero he aquí que el hijo de ese hombre se levanta contra todos, proclamando que lo que han dicho, que lo que dicen no puede ser, pues… él sabe bien quién es su padre y que no se rendirá jamás. images-6.jpegLa alegría y el anhelo que a su propio padre da ese hijo con su inquebrantable confianza ¿no le compensará de la incomprensión de todo el resto del mundo?

Pues bien: nosotros podemos ser para nuestro Padre celestial ese hijo y es un reto. Sabemos que la inmensa mayoría de los hombres ignoran al Padre, pasan del Padre, les da igual… Y a muchos de los que creen, no confían plenamente en el Padre, dudan de Él, de su capacidad de cuidarles y de “arreglar” todo. Son necesarios hijos que se levanten en medio de esa incredulidad general y digan “¡No, no, no! ¡Mi Padre lo puede todo!” ¡Y eso consuela, conforta y alegra el Corazón del Padre! Nosotras podemos ser esos hijos que le produzcamos al Padre esa alegría, ese consuelo. Que Él pueda decir “al menos tengo un grupo de hijos que se fían de Mí, que se fían inquebrantablemente de Mí”. Y para eso nuestra vida tiene que ser un acto continuo de confianza en Dios, que es Padre Providente, es el Padre más bueno que pueda existir, y lo puede todo y todo lo hace bien aunque yo no lo entienda. Y si alguien replica, yo sigo diciendo hasta el último instante de mi vida que mi Padre es bueno aunque no entienda muchas cosas que suceden en mi vida, muchos acontecimientos de dolor que se dan… Sigo haciendo ese acto de confianza. La confianza no es sino la fe revestida del amor, porque la fe a secas es algo muy frío. La confianza es la fe inquebrantable, con ese matiz de amor y de ternura.

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Por eso cuando nos encontramos en la oscuridad, en la angustia, cuando todo a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos parece acusar a Dios, cuando ya no vemos nada más que el absurdo de los absurdos ante nosotros y estamos al punto de rendirnos, hay que rehacerse inmediatamente y gritar: “Padre mío, yo no te comprendo pero me fío de Ti.” En ese momento de oscuridad que todos tenemos -unos más otros menos, unos más fuertes, otros menos fuertes- hay que volverse a Dios y decir: “¡Confío en Ti! ¡No entiendo nada! Pero eres mi Padre y ¡me fío de Ti!” Es la oración más grande y la más valiosa que se puede elevar a Dios es hacer estos actos de confianza. Eso es justamente lo que Jesús hizo en Getsemaní.

 

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