Muéstranos al Padre (XXIX)

Dios vence amando

“Creo en Dios Padre Omnipotente” es el primer artículo de nuestra fe. Padre pero Omnipotente y Omnipotente pero Padre. Un padre que fuese solo bueno y a la vez no fuera fuerte, libre, capaz de dar seguridad… no sería un verdadero padre y el hombre no podría confiar en Él, no podría tener confianza, no podría descansar. Esto es lo que el enemigo trata de insinuar a veces en el corazón del hombre: que Dios mismo es incapaz de frenar el mal; pero ¡esto es mentira! Es una de las tentaciones grandes y es uno de los baluartes, de las murallas, detrás de las que se esconden y se parapetan las personas que están rebotadas con Dios, que no quieren aceptar la fe, que no quieren dejar a Dios entrar en su vida.wp-1460834696316.jpeg “¿Para qué quiero a Dios si total no es capaz de frenar el mal, no es capaz de remediar el mal?” Eso es mentira, pero es uno de los argumentos de los que el demonio se sirve para alejarnos de Dios con mucha frecuencia.

La respuesta a ese argumento es que, precisamente en el sufrimiento, Dios manifiesta en grado máximo su Poder pues, como dice una oración de la Liturgia, Él manifiesta su Omnipotencia sobre todo cuando perdona y tiene misericordia. Hay una oración -es durante la cuaresma, ahora no recuerdo que día– que dice: “Oh Dios, que muestras tu Omnipotencia sobre todo en perdonar…” Dios es Omnipotente siempre pero -sobre todo- es Omnipotente perdonando. Frente a nuestra miseria es donde de verdad resplandece su poder, porque perdona lo imperdonable; para Dios todo es perdonable: nada hay imperdonable si yo pido perdón.

Dios manifiesta la propia Omnipotencia en la impotencia: su potencia infinita es también sufrimiento infinito. En su infinita sabiduría, Dios ha establecido vencer al mal sufriéndolo. Tomándolo de alguna manera sobre Sí, ha querido vencer -no con la fuerza, sino con el amor- y así nos ha enseñado cómo se vence al mal a fuerza de bien. Esto nos lo dice San Pablo en Romanos 12, 21. La Omnipotencia de Dios, la fuerza de Dios, se realiza sobre todo en el amor. Él ha vencido amando.

En cualquier caso, la compasión del Padre por el Hijo no termina con la cruz sino con la Resurrección. Él ha dado al Hijo el encargo de ofrecer su vida para después volver a tomarla. En ningún momento ha pensado en la muerte del Hijo sin pensar en la Resurrección. Somos nosotros, con nuestro cortito y estrecho entendimiento, quienes no conseguimos pensar ambas cosas al mismo tiempo, ambas cosas simultáneamente. Y como nosotros no podemos, hacemos a Dios a nuestra medida y eso es un error. En nuestra mezquina y cortita mente quebosque04remos meter la Mente de Dios, la Sabiduría de Dios, el Plan de Dios, el Amor de Dios; y evidentemente, no nos cabe, no nos concuerda y entonces decimos: “Dios lo hace mal”. ¡No!  No es que Dios haga mal las cosas, es que tú no eres capaz de comprender. Somos nosotros quienes no conseguimos pensar ambas cosas juntas.

Resucitando a Jesús de entre los muertos –dice San Pablo– Dios ha demostrado qué extraordinaria es su potencia y la eficacia de su poderosa fuerza. La Resurrección de Jesús es la máxima expresión de la Omnipotencia de Dios, luego podemos fiarnos de ese Padre, esta la certeza que perseguimos y necesitamos. La Resurrección de Jesús nos demuestra, entre otras muchas cosas, que tenemos un Padre que lo puede todo, de quién nos podemos fiar. Y es un Padre que, aunque permita que estemos tres días sepultados bajo tierra, nos va a resucitar porque puede y, si puede y lo quiere, lo hace… Si yo me fío y me dejo, claro –hace falta esa pequeña premisa– pero poder, puede. Ahora tengo que tener fe inquebrantable en que puede. Y si yo tengo esa fe inquebrantable en que puede -Jesús me lo ha dicho- moveré montañas. Pero hay que tener esa fe absoluta e inquebrantable en que el Padre puede. ¡Que no tengo un Padre cualquiera, es que el que yo tengo lo puede todo!

2 comentarios en “Muéstranos al Padre (XXIX)

  1. Gracias madre por sus reflexiones. “Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón” (XXVI domingo del Tiempo Ordinario. Esta colecta se encuentra ya en el siglo VIII, entre los textos eucológicos del Sacramentario Gelasiano (1198).

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