Muéstranos al Padre (XXVI)

El encargo del Padre a Jesús

Bueno: volvemos al Padre. ¿Cuándo y cómo le ha dado el Padre al Hijo el encargo de ofrecer libremente su vida?  Y subrayo lo de libremente. Santo Tomás responde diciendo que “el Padre ha entregado al Hijo a la muerte en cuando le ha inspirado la voluntad de sufrir por nosotros infundiéndole el amor.” marga.jpgEso dice Santo Tomás en la Suma Teológica; repito: “Ha entregado al hijo a la muerte en cuanto le ha inspirado la voluntad de sufrir por nosotros infundiéndole el amor”. El Padre no le ha forzado a nada, el Padre le ha hecho desear amarnos hasta morir, el Padre ha infundido en Jesús el amor por la humanidad hasta hacerle desear morir por nosotros para darnos la salvación, para darnos la vida. Pero no le ha obligado a nada, sino que le ha hecho enamorarse de nosotros hasta desear morir; esto es lo que ha hecho el Padre con Hijo.

¡Qué diferente es la imagen del Padre que emerge de esas palabras si se la compara con la imagen del principio, del tirano, que quería cobrar hasta el último céntimo!, ¿no? El encargo que el Hijo ha recibido del Padre es, sobre todo, el encargo de amarnos. Transmitiendo al Hijo Su propia naturaleza, que es amor, el Padre le ha transmitido Su Pasión de amor, le ha contagiado de alguna manera, le ha hecho desear morir por nosotros. No le ha obligado, le ha hecho desearlo y esa Pasión de amor ha conducido Jesús a la cruz, porque el Padre ha logrado que Jesús desee morir por nosotros, contagiándole su amor por nosotros.

En el Nuevo Testamento se dice unas veces que Jesús ha muerto porque nos amaba (Efesios 5, 2) y otras veces, en otras partes, dice que Jesús ha muerto por obedecer al Padre (Filipenses 2, 8). A nosotros, los hombres, ambas cosas, amor y obediencia –es lo que os decía hace un momento– nos parecen diferentes y preferiríamos creer que Él murió por amor antes que por obediencia. Sin embargo, la Palabra de Dios y la Teología de la Iglesia nos permiten entrever un punto de vista más profundo, porque ambas cosas se funden y se confunden en una sola. images-3.jpegEs lo que os acabo de decir: ofrecimiento y exigencia, amor y obediencia, se entrecruzan entre sí de una manera que no podemos comprender hasta el fondo, pues se pierden en el misterio mismo de la Trinidad, en el hecho de que Dios es, al mismo tiempo, Uno y Trino. De la Unidad procede el amor y de la Trinidad la obediencia. El amor, de hecho, es común a las Tres Personas Divinas, pero la obediencia es propia solo del Hijo. Las Tres Personas Divinas aman, pero el único que ama obedeciendo es Jesús; Jesús es el único que obedece.

San Bernardo descubre un aspecto verdadero del misterio aunque parcialmente cuando escribe que “Dios Padre no ha exigido la Sangre del Hijo, pero la ha aceptado al habérsela ofrecido Jesús.” El Padre acepta el sacrificio del Hijo, pero no le exige. El Padre infundiendo a Jesús el amor, le lleva -a Jesús- a desear este sacrificio, pero no le obliga. Y luego lo que hace, una vez que la voluntad humana de Jesús, adherida a la Voluntad de Dios, quiere ofrecer ese sacrificio, desea ofrecer ese sacrificio y lo hace, el Padre lo recibe; pero no es lo mismo recibir una cosa que exigirla. El acto del Padre en la Redención es recibir el sacrificio del Hijo, nunca obligarle a nada.

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