El Aleluya de María

Llevo varios días de esta Octava de Pascua dándole vueltas a todo lo de la Virgen y la Resurrección y recreándome en contemplar cómo tuvo que ser ese primer encuentro del Resucitado con su Madre. Os comparto un poco lo que siento en mi corazón, aunque sé que las palabras van a servir de muy poco y apenas voy a poder balbucir algo…

Imaginad por un momento la belleza indescriptible e inenarrable de Jesús Resucitado: la Gloria, la Luz, la Belleza que ha vencido… y images-8.jpegEl se presenta así a su madre. Santa Teresa lo describe muy bien: dice que estaba la Virgen tan dolorida por los sufrimientos de la Pasión, que Jesús necesitó bastante tiempo para consolarla. Y Ella, que sufrió como nadie el dolor de la Cruz, disfruta ahora como nadie el gozo de la Resurrección. Y se ve… ¡desbordada de gozo! un gozo indescriptible sólo por contemplarle, sólo por contemplar esa Belleza del Resucitado y participar de su gozo, de su alegría, de su vida, de su plenitud.

Todos los que vieron a Jesús Resucitado gozaron el verle, pero nadie como Ella; porque Ella… al estar libre de pecado por su Concepción Inmaculada, tiene capacidad infniita de gozar de la Gloria del Resucitado. Los demás que le veían, aún estaban sujetos a su pobreza y a su condición pecadora, a los límites del pecado original, aunque la Redención ya fuera un hecho. Pero Ella, inmaculada, limpia, pura… puede gozarle y contemplarle como nadie. Los ojos de la Virgen tienen una pureza única que le confieren la posibilidad de gozar de la Resurrección de su Hijo como nadie. Ella es el primer fruto de la Redención. jacinthe.jpgElla es el fruto bellísimo e inmejorable de la Resurrección, la primera, y le goza como nadie solamente con contemplarle y mirarle…

Y ya… ¿qué tuvo que ser abrazarle, tocarle, estrecharle? Ese abrazo e Ella a El. Ella que recogió el Cuerpo muerto de Jesús cuando le bajaron de la Cruz; Ella que se sintió morir de dolor cuando se lo entregaron muerto y lo abrazó yerto, frío, destrozado, sin aspecto humano… ahora lo recibe bellisimo, glorificado, resucitado… y lo acaricia, y lo abraza, y lo besa y… ¡¡lo goza como nadie!! Y Jesús… ¡qué alegría para El poderle proporcionar a su Madre esta gozada! porque El sabe que nadie como Ella goza con su Resurrección. Sólo el Padre la supera en eso… pero entre los humanos nadie goza como Ella y nadie merece este gozo como Ella, porque Ella ha estado siempre con El.

Imaginaos ese abrazo largo, cálido, tierno, prolongado… esas caricias, ese mirarle… ese sonreirse mutuamente, ese poder decirle: ¡¡Hijo mío y Dios mío!!

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