En tus manos encomiendo mi espíritu

 

“¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”

 Es la última palabra de Jesús, la recoge San Lucas.

Jesús muere entregando su espíritu en las manos del Padre. La muerte de Jesús, como todo en su vida, es un acto de obediencia confiada al Padre. Y mantiene esta obediencia confiada en medio de la situación de oscuridad que atraviesa su alma.

Dejemos que esa palabra resuene dentro de nuestro corazón, para que aprendamos a poner nuestro espíritu en las manos del Padre.

“E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu”, dice San Juan. Jesús inclinó la cabeza libremente, en un acto de obediencia, con un SÍ al Padre. Antes de que la muerte le haga doblar la cabeza, Él la inclina. Es el gran SÍ de Cristo a la Voluntad del Padre. Jesús es el Amén al Padre, el SÍ al Padre. img-20160117-wa0108.jpgY entregó su espíritu porque Jesús no murió simplemente, sino que dio su vida, entregó su espíritu.

La escena de la lanzada en San Juan -tan importante en el día de hoy- hay que entenderla unida a ese “entregó el espíritu”: es el significado profundo de su Costado abierto, de donde brota el Espíritu Santo. Jesús inclina la cabeza, entrega el espíritu, y nos muestra su Corazón. Nos da los mejores dones inclinando la cabeza, obedeciendo al Padre. La Carne obediente de Cristo es el único camino de salvación. ¡No hay otro!

El Viernes Santo en la Liturgia, la Iglesia nos va a invitar, nos va a decir:
Mirad el árbol de la cruz”
. No se trata de mirar, de venerar y contemplar el dolor. La Iglesia pretende que veamos el amor, que miremos el amor, que contemplemos el amor que da la vida, la fuente de donde brota la Iglesia misma, la Sangre y el Agua, los Sacramentos de la Iglesia.

Pidamos al Señor que veamos, que de verdad veamos, porque no basta mirar para ver. Una cosa es mirar y otra es ver. Muchas veces miramos, pero no llegamos a ver. Tenemos que perseverar contemplando, esperando que Él nos mire también… ¡Contemplar!

Contemplar es el sentido último de la vida del hombre. Contemplar a Dios en el Hombre Cristo Jesús. Contemplar a Jesús que, aunque es el “Varón de dolores y el maldito, porque cuelga de un madero”, continúa siendo el “más hermoso de los hijos de los hombres” (Cf. Salmo 44). Tras el velo de la Carne triturada de Jesús en la Cruz, permanece y resplandece la hermosura y la belleza del árbol misericordioso de Dios, su excesivo amor. Jesús Crucificado es el acto de amor más grande, el SÍ más rotundo de Dios al hombre y el NO más contundente al pecado. Jesúcristo Crucificado es la respuesta de Dios al pecado del hombre y en concreto a MI PECADO, no al pecado del vecino, sino al mío propio.

Cuando hoy en algún momento del día besemos el Crucifijo,  pongamos en ese beso nuestra vida entera y todo lo que somos, pidiendo perdón y perdonando y adorando la Bondad y la Misericordia de Dios crucificadas -Jesús Crucificadi- por amor a mí.

 

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