El grito

 

Hay un momento de la Pasión de Jesús que es especialmente misterioso, al menos para mí siempre lo ha sido cuando he leído la Pasión. Y es ese grito que Jesús da en la Cruz.

Mateo y Marcos dicen en su Evangelio: “y Jesús, dando un fuerte grito, expiró” (cf. Mt 27, 50; Mc 15, 37). En este grito de Jesús moribundo sin duda hay un misterio y es el misterio en el que deberíamos intentar entrar, el misterio en el que deberíamos intentar penetrar.

Si Jesús dio ese fuerte grito, sin duda es para que se escuchara. Jesús dio ese grito para que lo oyéramos. Sabemos que nada de lo que se nos narra en el Evangelio es para rellenar espacio, ni por casualidad, ni a modo anecdótico… ¡Todo tiene un significado y un contenido teológico profundo!

Lo primero que hay que decir es que ese grito es un grito como todo lo que Jesús hace y dice en el Evangelio: ¡es un grito que es amor, es un grito de salvación!

Podemos decir que, en ese grito -que es el postrero grito de Jesús antes de morir- de alguna manera está encerrando todo lo que le quedó por decir, todo lo que no pudo decir, todo lo que no pudo expresar con palabras, todo lo que le quedaba dentro por darnos. Todo el amor que podía quedar dentro por entregar -si cabe la expresión- antes de morir, va contenido en ese grito de Jesús. cristo-cachorro-rostro-perfilCon ese grito, Jesús vació su Corazón de todo lo que lo había llenado durante su vida.

Es un grito que está ahí resonando, que atraviesa todos los siglos con mucha más fuerza que todos los demás gritos de los hombres: de guerra, de dolor, de alegría, de desesperación… Es el grito del Hijo de Dios que ya lo ha dado todo… que, no teniendo nada mayor que dar, se da a Sí mismo.

El P. Cantalamessa dice que no es arrogancia intentar penetrar en el misterio de ese grito y descubrir su contenido. Y hay una razón objetiva: puramente dogmática, teológica, que nos autoriza hacerlo. Y esa razón se llama inspiración bíblica. Toda la Escritura está inspirada por Dios. Dice la Segunda Epístola de Pedro (1, 21): “Hombres como eran, hablaron de parte de Dios movidos por el Espíritu Santo”.

Y si hay alguien que conoce el secreto de aquel grito, ese es el Espíritu Santo, que inspiró todas las Escrituras y también ese grito. Y el Espíritu Santo suele explicar en un lugar de la Escritura lo que dejó sin explicar en otro. El Espíritu Santo explica con palabras inteligibles lo que otras veces dice con gemidos inefables.

El Espíritu de Dios estaba dentro de Cristo y durante toda su vida fue su compañero inseparable para todo. Jesús todo lo que hizo y todo lo que vivió, lo hizo en el Espíritu Santo. Y también su grito en la Cruz fue un grito en el Espíritu Santo, no fue simplemente el grito de un moribundo.

San Pablo en la Carta a los Romanos dice que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (cf. Rm 5, 5). No sé si os habéis fijado en una cosa. Yo no me había fijado hasta que leí “La Fuerza de la Cruz”; y estos días, cuando lo he releído, me ha hecho bien recordarlo.

San Pablo, cuando habla del amor de Dios, en estas palabras no se refiere al amor de Dios en general, en abstracto, en globo; sino a un momento The shining, holy crossdeterminado de ese amor de Dios, a un hecho histórico que inmediatamente nos explica: “En efecto –prosigue el texto- cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por los impíos” (cf. Rm 5, 6).

Vamos a leer atentamente íntegro todo el texto. Y el P. Cantalamessa afirma que, al escucharlo atentamente, nos estamos asomando a ese abismo impresionante del que surge aquel grito de Cristo moribundo.

Dice San Pablo (Rm 5, 6-10): “Cuando nosotros todavía éramos pecadores, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos. En verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien, tal vez se atrevería uno a morir. Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”.

El grito de Jesús en la Cruz es un grito de parto. En aquel momento nacía un mundo nuevo. Fue un grito de sufrimiento y, al mismo tiempo, de amor. Dice Juan que “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (cf. Jn 13, 1). ¡Jesucristo nos amó hasta el final, hasta el último suspiro!

Podemos comprender –dice el P. Cantalamessa- cuán grávido estaría de fuerza divina ese grito de Cristo por el efecto inmediato que produjo en quien lo escuchó en vivo y en directo. Ahí estaba el centurión frente a Jesús Crucificado y, cuando vio a Jesús morir de aquella manera, dijo: “realmente este hombre era Hijo de Dios” (cf. Mc 15, 39).

Contemplando ahora mismo a Jesús, intentemos abrirnos a ese grito de amor. Desde la Eucaristía Jesús grita…, Jesús clama… Desde la Eucaristía, sigue teniendo lugar -es presente- el misterio de la Cruz, la Crucifixión. Desde el sagrario, Él sigue dándonos a luz a esa vida nueva. Y, aunque no lo oigamos físicamente, Él sigue gritando para darnos a luz. Si no lo hacemos así, nuestras adoraciones, nuestros Primeros Viernes, no van a servir de nada. Tenemos que ponernos ante Él y escuchar ese grito y dejar que nos conmueva hasta lo más hondo y nos estremezca las entrañas.

Dice Mateo que “cuando Jesús dio aquel fuerte grito, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron” (cf. Mt 27, 50-52). Esto es una imagen de lo que debería suceder en nuestros corazones. Estas rocas interiores que tenemos deberían rajarse. Los corazones de piedra de los hombres, que nunca se han conmovido, que nunca han llorado, que nunca han querido volverse al Señor, deberían romperse, resquebrajarse.

Y para abrir los corazones más cerrados, no hay más que una llave y Jesús lo sabe. Y esa llave no es el reproche, no es el juicio, no son las amenazas, no es la vergüenza…, por supuesto, no es la venganza. Solo hay una posibilidad: ¡¡es el amor!! Y esto es lo que Él ha hecho con nosotros, esa es su arma.

A mí me hace pensar mucho esto, porque nosotras también estamos llamadas a gritar, a gritar al mundo entero. También estamos llamadas a gritar dando a luz una humanidad nueva. A gritar para anunciar, pero también gritar para dar vida. ¡Nuestros gritos tienen que ser sólo de amor! ¡Nunca de condena, nunca de reproche, nunca de rabia… nunca con resentimiento! Esos gritos solamente servirían para que los gritos de amor de las personas que -con Jesús y como Jesús- crucificadas gritan se perdieran. Y tenemos que gritar, pero con Jesús y como Jesús. Tenemos que gritarle a Él y ser altas13757p1voces de lo que grita Él.

El amor es la única arma que Jesús utiliza contra nosotros. San Pablo dice: “Nos apremia el amor de Cristo, al pensar que uno murió por todos” (cf. 2 Co 5, 14).

Es bonito detenernos aquí en considerar la palabra griega que utiliza San Pablo: se trata de un vocablo que significa en sentido circular, algo que aprieta, que asedia, que envuelve… o, en sentido lineal, que nos acosa, que nos persigue, que no nos deja en paz… Ese es el amor de Cristo: nos asedia, nos envuelve, nos aprieta, nos acosa, nos persigue, no nos deja en paz.

La Vulgata traducía que “nos urge”“urget nos”-, pero en realidad es mucho más que esto: es un asedio. Jesús intenta rendir nuestra fortaleza asediándola. Asediándola y cercándola con amor; rinde nuestra resistencia, la vence, a fuerza de amor. Ese es el verdadero significado de las palabras de San Pablo cuando dice “nos apremia el amor de Cristo”. En realidad, nos asedia, nos acosa, hasta que nos vence.

Y esa es la única arma que podemos utilizar y el único sistema del que debemos servirnos para rendir y vencer las mayores resistencias, los corazones más duros. Ese amor es el único que puede hacernos creíbles: “amaos, para que el mundo crea”.

Cuando se trata de Dios, dice el P. Cantalamessa, dejarse apresar y acosar de esta manera, es mucho más importante que comprender. Estas cosas se les revelan a los pequeños y se les ocultan a los prudentes y a los sabios.

Os he dicho que el grito de Jesús en la Cruz es un grito de parto. Es un grito precioso que es también Evangelio, es también Buena Noticia. Es un grito de parto, pero es un parto especial.

Pensemos en un caso que se ha dado varias veces, de una mujer que está esperando un hijo y a la que le diagnostican una enfermedad mortal que urge tratar y cuyo tratamiento para intentar salvar la vida de esta mujer es incompatible con el buen término del embarazo y el nacimiento de su hijo. Y ella tiene que elegir. Y esta mujer elige dar a luz a su hijo a costa de no tratar su enfermedad y de ir encaminada a una muerte rápida, en breve. Se ha dado más de un caso de estos.

Imaginad por un momento ese niño que nace en estas circunstancias, que poco tiempo después de nacer él, o casi en el momento de nacer él, su madre muere. ¡Qué sentirá ese niño cuando de mayor pueda comprender que su madre ha muerto para que él pueda vivir, que tuvo que escoger y escogió que él viviera a costa de morir ella!

Para ese niño, oír hablar de su madre tiene que ser lo más grande. Incluso… para ese niño las personas se diferencian unas de otras por el modo en que hablan de su madre. La muerte de esa madre ese niño la lleva grabada en su ser, porque él ha nacido como fruto de esa muerte.

¡¡Nosotros somos ese niño!! ¡Yo soy ese niño que nací como consecuencia de la muerte de Alguien! ¡El grito de Jesús en la Cruz es el grito que Él lanza para que yo pueda nacer! ¡Es el grito de Quien me está dando a luz a una vida nueva!… ¡Jesús muriendo ha dado vida al mundo!

Y todavía hay una diferencia: el niño -que nace a costa del sacrificio de su madre de dar la propia vida para que su hijo pueda ser gestado y vivir después- jesuses absolutamente inocente y no ha hecho nada contra su madre. ¡¡Yo no era inocente!! ¡¡Yo he pecado!! Y habiendo pecado, habiendo ido contra Quien me ha dado a luz, ha antepuesto mi vida a la suya; ha querido morir para que yo pueda vivir. ¡El sacrifico de Jesús es mayor aún que el de una madre!

Y ante algo así, que es verdadero y real, ¿cuáles son mis sentimientos cuando contemplo a Jesús, y más cuando le contemplo en la cruz?… Creo que, ante algo así, solo cabe una cosa: llorar de gratitud y de amor, porque estaba muerta y Él ha entregado todo y se ha entregado a Sí mismo para darme a luz a una vida nueva, verdadera y eterna.

¡No tengo ningún derecho a no vivir feliz y agradecida a Dios! ¡No tengo ningún derecho a dudar de la Bondad de Dios! ¡No tengo ningún derecho a no confiar en la infinita misericordia de Dios!

Ojalá, ojalá que nosotras -que hablamos tanto de gritar- aprendamos a gritar como Él, a gritar muriendo para dar vida, a gritar amando hasta el extremo, a gritar para dar a luz a la vida verdadera a aquellos que nos han ofendido, como ha hecho Jesús conmigo, con cada una de nosotras.

 

 

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