Muéstanos al Padre (XVIII)

Primero lo que hay que entender es el sentido de la palabra compasión. La palabra compasión no tiene nada que ver con la pena ni con la lástima. “¡Ay, me da compasión!” Se utiliza así, pero no es el significado verdadero de la palabra compasión.

La palabra compasión es una palabra compuesta: compasión, compadecer, es “con-padecer”, o sea: padecer-con. Cuando yo estoy compadeciendo a alguien en el sentido bíblico de la palabra compadecer, en el sentido que vamos a utilizar aquí, es que estoy padeciendo con esa persona lo mismo que está padeciendo ella. No es que me de pena: “¡pobrecito, qué mal lo está pasando! ¡Qué lástima me da! ¡Ay, qué compasión me da!” Esto está mal dicho. Lo decimos todos, pero no es el sentido verdadero de la palabra compasión. Decir que yo compadezco, es decir que estoy sufriendo lo mismo que está sufriendo la otra persona, y ese es Dios cuando se compadece de nosotros.

Hay que considerar el otro aspecto del problema, el que nace con el cristianismo como consecuencia de la Revelación de la Trinidad de la nueva paternidad de Dios: la actitud del Padre ante la Pasión de Su Hijo. El Padre compadece con el Hijo: no le da pena del Hijo, padece con el Hijo al mismo tiempo, exactamente lo mismo.

Es verdad que sólo Dios Padre es el que hace sufrir al Hijo. del-parson-10Si está escrito que, contra su propio deseo, Dios permite la aflicción de los hombres, ¿qué se dirá de este Hijo, de este Hijo predilecto, todo amor y obediencia al Padre?

San Pablo afirma –lo decíamos el otro día– que no escatimaba a su propio Hijo, sino que nos lo ha dado a todos nosotros. Si leemos este pasaje en la Biblia de Jerusalén, nos remite –por lo menos la mía – en nota al margen (es que la Biblia de Jerusalén tiene un montón de notitas al margen) a Génesis 22, 16. ¿De quién se habla este punto? ¡De Abraham! Cuando San Pablo dice “Dios no perdonó a Su unigénito Hijo sino que lo entregó por todos nosotros y, se ha hecho esto, ¿qué nos negará? ¿No nos dará todo con Él?”, es como decir: “¡Eureka! Ya sé porque Dios nos da todo: si no ha escatimado lo más… pues nos va a dar todo lo demás, que es menos que su propio Hijo”.

Pues en mi Biblia de Jerusalén, en el margen, remite a Génesis 22, 16 que es el sacrificio de Abraham, cuando lleva a Isaac al Monte Moria. Es, yo creo, uno de los pasajes más conmovedores de toda la Escritura, donde de verdad uno se descubre ante Abraham porque… ¡pobrecito! Yo lo pienso del Padre pero… al leerlo… métete un rato en el pellejo de Abrahán y dices: ¡Pobrecito! Porque no solamente es entregar a su hijo y el dolor que eso supone, sino que se le caen todos los palos del sombrajo. O sea: todo lo que ha hecho en su vida se va, desaparece, deja de existir… porque este hijo es el signo de lo que Dios ha hecho con Él y de que el pobre no estaba “rallado” toda la vida, sino que de verdad ha vivido de la fe y de repente… Dios mismo le dice sin ton ni son… porque no venía a cuento, que esa es otra

¿Es que había hecho algo mal el pobre Abraham? ¡Qué va! Nada… lo de todos los días. Se levantó ese día y se encontró con esa historia, sin comerlo ni beberlo: “Vete y ofréceme a tu hijo, a tu único hijo -le dice Dios- el que tu amas” y el pobre no dice ni Pamplona, ni pregunta nada, ni exige ninguna explicación… O sea: igual que nosotros…

Dios dice a Abraham –¡ojala nos lo pudiera decir a cada uno!–: “Por haber obrado así, por no haberte reservado a tu hijo, a tu único hijo, te bendeciré con toda clase de bendiciones”. Y yo os confieso que es donde se me entra aquí la crisis: yo tengo tantas cosas que me reservo y que me guardo que, cuando leo lo de Abraham, de verdad lo que siento es una admiración inmensa… ¡Qué hombre tan bueno, tan sumamente bueno era Abraham! Y, por otro lado… ¡qué vergüenza y que…! Yo he tenido muchas más pruebas (de la llamada de predilección de Dios) que las que ha tenido Abraham y, sin embargo, tengo muchisísima menos fe y muchisísima menos confianza que la que tenía Abraham.

 

 

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