Muéstranos al Padre (XVII)

La cólera de Dios

Lo mismo pasa con la famosa cólera de Dios. Esta es una pura manifestación de Amor de Dios, pues es siempre cólera contra el pecado, nunca contra el pecador. Nosotros no; nosotros nos encolerizamos contra el de al lado y contra Dios y no hay problema; nos enfadamos muchísimo con todo el mundo y contra Dios si hace falta. P4041727.JPGDios cuando se encoleriza nunca es contra el hombre, es contra el mal y contra el Tentador, Él le expulsa para siempre y le condena para siempre; al Tentador sí, pero a nosotros nunca.

Buscadme en la Biblia, en todas las manifestaciones de cólera de Dios que hay en el Antiguo Testamento y en la manifestación de cólera de Jesús en el Templo, cuando encontráis una sola manifestación de cólera divina contra el hombre. No la hay. Yo no la he encontrado; si alguien la encuentra que avise; es la búsqueda más estéril, ¿eh? Pero bueno, si alguien se empeña en buscar y tiene ganas…

¡Nunca! La cólera de Dios es siempre contra el mal o contra el Tentador, nunca contra el que ha cometido el mal. “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta de su conducta y que viva.” Dios nunca quiere nada malo para nosotros y nunca se enfada con nosotros: odia el mal, aborrece el mal, que es contrario a Sí mismo y a Su propia naturaleza; pero a nosotros no, ante nuestro mal siempre se inclina, siempre se acerca… esa es la realidad.

Y si en algún momento Dios golpea y atemoriza al pecador, precisamente para salvarlo del pecado, lo golpea a tiempo para la eternidad. Aunque esta última verdad no ha sido bien comprendida por los destinatarios de la Revelación. Esto es lo que más nos cuesta aceptar de Dios: “¿por qué Dios puede evitar el sufrimiento y no lo evita?, ¿por qué Dios, de vez en cuando, nos purifica de una manera que no entendemos nada?” Pues ahí es que hay que ejercitar la fe y creer que Dios nos ama pase lo que pase, por negro que esté el panorama.

¿Por qué? Porque Dios nos ve –eso lo dice siempre Teresita muy bien– al trasluz de la eternidad. Él no nos ve aquí y ahora, como nos estamos viendo a nosotras mismas –también nos ve así– pero Él nos ve desde su eternidad. OLYMPUS DIGITAL CAMERAY desde esa perspectiva lo que ve es un lado distinto que nosotros no apreciamos. Entonces Él permite el sufrimiento -no lo quiere- lo permite como a su pesar, costándole mucho…

Pero lo permite porque sabe que es saludable para nosotros, sabe que muchas veces este sufrimiento nos tiene que sacudir, nos tiene que zarandear, nos tiene que hacer reaccionar y por eso lo permite; pero no es directamente querido por Él nunca. Otra cosa es que muchas veces, ante el sufrimiento humano, nos parece que Dios lo ignora y se cruza de brazos y eso nos indigna, ¿no? Y nos hace increparle y volvernos contra Él y decir: “Esto ¿qué es? ¿Por qué pasa esto? ¿Dónde está Dios ahora, que no hace nada y no remedia esto?”

Pues Dios está ahí, más cerca que nunca, sufriendo tremendamente en su Corazón por ese hijo, por esos hijos, pero permitiendo el sufrimiento porque sabe que nos es necesario: es la idea que dije el otro día del antibiótico en vena y el jarabe. Cuando nos vamos a morir, Dios no anda con jarabes que nos saben ricos, va directo y no le entendemos y nos rebelamos y pataleamos y lloramos “y ¿por qué nos hace eso?” Y no es que no nos lo quiera explicar, es que en ese momento no tenemos capacidad de comprender por qué lo hace. Por eso sólo nos queda fiarnos: “no entiendo, pero yo confío”.

 

 

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