¡Devolvamos la vista a los ciegos!

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?” Jesús contestó: “Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado. Viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.”

Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó los ojos al ciego, y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)” Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: “¿No es ése el que se sentaba a pedir?” Unos decían: “El mismo”. Otros decían: “No es él, pero se le parece.” Él respondía: “Soy yo.” Y le preguntaban: “¿Y cómo se te han abierto los ojos?” Él contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.” Le preguntaron: “¿Dónde está él?” Contestó: “No sé”.

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.” Algunos de los fariseos comentaban: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.” Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?” Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?” Él contestó: “Que es un profeta.”

Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.” Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos, pues los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: “Ya es mayor, preguntádselo a él.”

Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.” Contestó él: “Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.” Le preguntan de nuevo: “¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?” Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.” Replicó él: “Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.” Le replicaron: “Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?” Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.”  Él dijo. “Creo, Señor.” Y se postró ante él.

Dijo Jesús: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se queden ciegos.” Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: “¿También nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.”

Este pasaje evangélico es uno de los pasajes evangélicos más hondos, más profundos, en el que yo llevo viendo, desde hace tiempo, muchos significados. He visto que las Carmelitas Samaritanas estamos reflejadas ahí, que somos parte activa de ese pasaje evangélico. 1252530510Lo entendí así y lo comparto.

Nosotras y todos los hermanos y hermanas que vienen aquí a adorar al Señor y hacen comunidad orante, comunidad cristiana, los jueves por la noche, los Primeros Viernes… y, siempre que hay una convocatoria para adorar al Señor, somos ya un grupo, una familia. Y, de pronto entendí que, nuestra misión, nuestra razón de ser en la Iglesia, está reflejada aquí en este Evangelio.

A nuestro alrededor, en nuestro mundo, hay una multitud de ciegos, de nacimiento algunos, y otros con ceguera adquirida, pero la mayoría ciegos de nacimiento. Y Jesús los quiere curar, Jesús quiere devolverles la vista, llenar sus pupilas y sus almas de luz. Pero hemos visto, en el pasaje evangélico, que Jesús no simplemente, con un acto de su Voluntad todopoderosa, de su Voluntad divina, devuelve la vista al ciego. No sólo es un acto de su voluntad: “quiero devolverle la vista” y se la devuelve… ¡No!

En este pasaje evangélico, Jesús realiza una serie de signos que muestran externamente, de manera muy plástica, el acto de devolverle la vista. Exterioriza lo que está sucediendo, lo muestra con un signo externo. Dice el relato que escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y el polvo y la tierra; y se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé.” Él fue, se lavó, y volvió con vista.

Jesús utiliza algo bajo, simple, más bien sucio: el polvo, para devolverle la vista al ciego. Yo he entendido que ese polvo somos nosotras, que ni podemos nada, ni somos nada, ni significamos gran cosa… Somos el polvo del camino, el polvo del suelo en que nadie repara, porque no tiene mayor importancia. Y Jesús se sirve de ese polvo que no vale para nada, pero que mezclado con Jesús… en este caso, el pasaje evangélico dice que con su saliva, se convierte en barro, y el barro -de suyo- tampoco sirve de mucho.

Pero no es un barro cualquiera. Es un barro diferente, porque Jesús ha hecho ese barro y ha puesto de parte de Sí, de su Humanidad para hacerlo: ha mezclado algo suyo, de su Humanidad, su saliva con nuestro polvo, con nuestra nada. Y… su poder va ahí, está mezclado con nuestro polvo, con nuestra impotencia, con nuestra nada; y la apariencia… pues tampoco es gran cosa: al fin es barro. Pero ese barro… Jesús lo toma y se lo pone al que está ciego en los ojos.

Visto desde fuera, en la distancia, no tiene mucho sentido: si encima de que este pobre hombre está ciego le pones barro que has recogido del polvo del suelo… ¡vas acabar de dañarle! Le puedes provocar una infección, una enfermedad peor, en los ojos. A nadie se le ocurriría servirse del barro para curar una enfermedad de ojos. Pero al Corazón de Jesús si: sabe que la Gracia actúa a través de los medios más pobres. ¡Jesús sana con nuestro barro! ¡Jesús lo hace! Crea Él mismo el barro para hacerlo.

Y eso es justamente lo que ha hecho conmigo, con nosotras: se sirve de lo que nadie pensaría que puede servir, para devolver la vista a muchos ciegos. Se mezcla con nosotras, nos transforma, pero seguimos siendo barro, de polvo pasamos a ser barro… Pero en esa transformación está Él, está su acción, está su Gracia… y empezamos a ser barro, sí, pero un barro que tiene un poder sanador, salvífico, que no le conferimos nosotras, que se lo confiere Él.

Y ese barro, que somos nosotras, Jesús lo toma y se lo pone a nuestros hermanos en los ojos; nos pone a nosotras en sus ojos, en su camino, en el horizonte de muchas personas y… así como están, embarrados, van a lavarse, van a la piscina de Siloé, la del Enviado que dice el Evangelio que es lo que significa Siloé: Enviado. Les indicamos que se sumerjan al océano de la Gracia y la Misericordia y la Ternura… tratamos de acompañarles al agua clara y limpia que mana de su Corazón, porque con el barro en los ojos, aunque les esté curando aún no ven… Y, lavándose ahí, ya sin nosotras, sin el barro que ya no es necesario, recuperan la visión, dejan de ser ciegos y pueden ver a Jesús, pueden ver a quien de verdad les ha curado y pueden hablar con Él.simon-dewey-lead-kindly-light

Y eso es algo que está sucediendo, que Dios está haciendo que suceda: que muchas y muchos se acerquen a la piscina con el barro y desembarazados ya del barro -que ha sido un medio, nada más que una humilde mediación- han recuperado la vista.

Pero el barro tiene que desaparecer, el barro tiene que quedarse en la piscina, diluido, perdido… ¡el barro no importa! El que importa es Quien ha hecho el barro y Quien se ha servido del barro, para ponerlo en los ojos de quien no veía. Y lo que importa es que se han ido a la piscina, se han lavado en ese Manantial Inmenso -que es el Corazón de Jesús- se han lavado, se han curado y han podido ver a Jesús y han podido hablar con Él.

Y Jesús ha entrado en diálogo con ellos y les ha podido preguntar: “¿Crees tú en el hijo del hombre?”, mirándoles cara a cara. Y ellos buscan y desean, estaban ciegos pero no eran personas frías, distantes, sin corazón… Y contestan: “Dime quién es, Señor, para que pueda creer.”  Y la contestación es la misma que nos da Jesús ahora a nosotras: “¡Es el que estás viendo! –que el ciego ya no es ciego, ¡ya ve!- El que está hablando contigo.”

 

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