Mi pecado ata las manos a Jesús

 

Llegan aquellos soldados guiados por Judas y prenden a Jesús. Lo primero que hacen, como si fuera alguien temible y terrible, es atarle las manos.

A mí eso me ha hecho pensar muchísimo porque esto es algo que yo me pregunto a mí misma: ¿cuántas veces le he atado yo las manos a Dios como si fuera alguien peligroso y temible? Con mi cerrazón, ¿cuántas veces? Con mi egoísmo, con mi obstinación, con mi ceguera, con mi dureza de corazón, ¿cuántas veces le he atado las manos? Yo he visualizado muchas veces ese momento: cogerle con brusquedad, con dureza, sin ningún miramiento, con desprecio… -porque un reo es un reo y no merece ninguna consideración- Le cogen y le atan las manos a la espalda. Probablemente le ataron las manos a la espalda.

Cada vez que nosotros con nuestra dureza de corazón y nuestro egoísmo pecamos, atamos las manos a Dios. El pecado, de alguna manera, le ata las manos. Yo, con mi pecado deliberado y consentido, le ato las manos, no le dejo obrar, no le dejo darme todo lo que quiere darme, no le dejo tocarme, no le dejo bendecirme, le ato las manos. ¡Mi pecado es tan terrible que le ata las manos a Jesús! YDSC_5952 soy yo la que le ato, le ato las manos a la espalda; y, como cualquier hombre si se le ata las manos a la espalda, el Pecho le queda descubierto y sin protección. Jesús por mi pecado queda con  el Corazón a la intemperie, no se puede cubrir, no se puede proteger, ¡queda más vulnerable que nunca!

Yo soy la que le ato y yo sola pero ser la que le desata por una razón muy sencilla: nadie puede pedir perdón de mis pecados sino yo, nadie puede pedir perdón de lo que yo he hecho mal sino yo; primeramente, tengo que reconocerlo y después pedir perdón. Y entonces, cuando pido perdón, le desato a Jesús las manos y puede volver a abrazarme; mientras tanto… sigue maniatado, con el Corazón roto, destrozado, a la intemperie, en primera línea de fuego, pero sin poder abrazarme.

¿Cuántas veces le maniatamos y le entregamos a los verdugos? ¿Cuántas? Y cuántas veces Él me mira y me dice: “¿Con un beso me entregas?” ¿Cuántas veces Le he dejado sólo? ¿Cuántas veces le he abandonado? ¿Cuántas veces le he vendido por cualquier cosa?  Porque no es otra el pecado sino vender a Dios de una manera o de otra.

Y ¡con qué mansedumbre Él se deja llevar, se deja conducir!…

 

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