¡Mis ojos han visto a tu Salvador!

Siempre este relato evangélico de Jesús presentado en el Templo se nos presenta lleno de connotaciones, de ideas…

Yo me he quedado este año con la docilidad de Dios. Ver cómo Dios, que es la Ley en Sí mismo y que está por encima de toda ley, obedece. Obedece a cosas que a Él no le tendrían que aplicar, porque consagrar el primogénito al Señor, cuando Él es el Ungido de Dios… pues, es bastante absurdo. Pero Jesús se somete a la Ley y a la obediencia.

img-20160202-wa0041.jpgPurificar a la Virgen María del parto, cuando Ella es la mujer purísima, la criatura más perfecta, la que desde su concepción es inmaculada, santa, sin mancha, sin defecto, y cuyo parto ha sido absolutamente virginal… pues es otro absurdo. ¿Qué necesidad tiene de purificarse la Purísima? Pero Ella también acude al Templo y se somete al ritual: ¡se someten a todo y cumplen con todo!

¡¡La obediencia de Dios!!… ¡¡La docilidad de Dios!! El ejemplo que Dios nos da, acatando la autoridad establecida, aun cuando ellos estén -Jesús y María- muy por encima de esa autoridad.

Otra cosa que me conmueve es Simeón. Tanto tiempo esperando… tanto tiempo deseando ver al Mesías, al Salvador… y todos pensando de él que era un anciano, que estaba senil, que no sabía lo que decía, que llevaba muchísimo años con la misma canción… Y bueno, en el mejor de los casos, le tolerarían con paciencia, le soportarían, se encogerían de hombros, harían muecas, dirían: “Bueno, ¡las cosas de Simeón! Ya sabemos… Lleva con esa música ni sé los años… ¡Tiene fijación con esa idea!…” Eso en el mejor de los casos. Otros dirían abiertamente que estaba pasado de rosca y que eran manías de viejito.

Y lo que sí es cierto es que nuevamente “impulsado por el Espíritu se dirigió al Templo”. Y cuando vio entrar a Jesús en brazos de su Madre, el corazón de Simeón se llenó de júbilo y rompió a cantar, “tomó al Niño en brazos” –los demás no lo tomaron en brazos, ¡Él sí!- y cantó… ¡cantó a Dios ese canto precioso que tanto dice!

Simeón puede decir “mis ojos han visto a tu Salvador” y lo presenta ante todos los pueblos. Ante todos lo que de verdad quieren verle y dice que Jesús es la “luz que va a alumbrar a las naciones y la gloria de Israel”. Y todos están allí y están en Jerusalén y están en el Templo… y, teóricamente, todos están esperando lo mismo. Pero… ¡sólo Simeón le reconoce! ¡Solo Simeón lo ve! Solo Simeón ve la salvación de Dios, aunque la salvación está allí para todo el que quiera ver… Pero solamente Simeón se deja impulsar y conducir por el Espíritu, y por eso puede ver.

Es muy hermoso que él diga: “mis ojos han visto a tu Salvador”. img-20160202-wa0076.jpg¡Que pocas personas pueden decir esto de verdad! “Mis ojos han visto a tu Salvador”. Por un lado, porque el Salvador está de incognito muchas veces; por otro lado, porque no tenemos los ojos abiertos por el Espíritu para ver a Dios, los tenemos cerrados, cegados… ¡no nos importa demasiado ver a Dios, nos importa quedar bien y ser bien vistos! Nos importa poco ver nosotros de verdad, tener una visión verdadera, limpia… unos ojos abiertos a la acción de Dios. Por eso tantas veces no le vemos.

Y también hay muchas personas que no pueden ver la salvación de Dios, porque nosotros, los consagrados, no la mostramos, no damos testimonio. ¡Nos da vergüenza tomar al Salvador en brazos y alzarlo para que lo vean todos los pueblos! ¡Nos da vergüenza eso! ¡Nos avergüenza dar testimonio! ¡Nos avergüenza hablar de Dios!… Nos rodeamos muchas veces de un pudor absurdo, de una vergüenza… ¡que es vergonzosa para un consagrado!-Y, como nos da esa vergüenza y ese pudor, ¡no mostramos a Jesús! Por eso muchas personas no le ven, porque quienes le tenemos que enseñar no lo levantamos en alto como Simeón y no lo presentamos ante todos los pueblos. Simeón puede decir: “mis ojos han visto a tu Salvador y ¡yo lo muestro para que los otros lo vean!”

¡Qué tremendo recordar aquellas palabras de Jesús: “aquel que se avergüence de Mí delante de los hombres, Yo me avergonzaré de él delante de mi Padre” (cf. Mc 8, 38; Lc 9, 26). Y hay muchos religiosos que nos avergonzamos de Jesús y que “vivimos como enemigos de la cruz de Cristo” (cf. Fl 3, 18). Esto es tremendo y, desde luego, es muy grave. Pero, desgraciadamente, es habitual.

 

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