Mi nombre nuevo: la Zarza ardiente

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Hace años que escribí para las hermanas sobre mi “nombre nuevo pronunciado por la boca del Señor”. Ahora quiero “remodelar” lo que escribí hace más de cinco años, para compartirlo en este blog y adaptarlo a mi contexto actual, tanto personal (ahora soy Carmelita Samaritana y cuando lo escribí era Carmelita Descalza) como eclesial (estamos en el Año de la Misericordia), e ilumindo por las luces que Dios me sigue dando sobre la Zarza ardiente.

Hace muchos años que llevo dándole vueltas al texto de la zarza que arde sin consumirse, y al princio no sabía muy bien por qué. En más de una ocasión sentía que tenía que ver conmigo esta zarza que Moisés vió arder sin consumirse. Pero era algo que intuía sin acabar de saber bien, sin acabar de ver bien. Y acordándome mucho de la Beata Isabel de la Trinidad, a la que quiero muchísimo, me vino a la cabeza cómo ella en un momento de su vida recibió un nombre nuevo “pronunciado por la boca del Señor” que encontró leyendo a San Pablo. Su nombre nuevo es “Lauden Gloriae”. ¡Alabanza de gloria! Y pidiéndole al Señor hace algunos años con insistencia que me mostrara mi nombre nuevo -porque todos tenemos un nombre nuevo- principalmente por la parte de vocación-misión personal que ello implica, para entregarme al Querer de Dios, se me puso otra vez delante la historia de la zarza.

Una zarza… para empezar tiene espinas y… como que no me hacía mucha ilusión, la verdad. Y al leer el capítulo tercero del Exodo, lo primero que me he encontrado ha sido esto: “Moisés era pastor de su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó a las ovejas más allá del desierto y llegó hasta el Horeb. La montaña de Dios”. Cuando Moisés vió la zarza que ardía sin consumirse, no estaba en el desierto. Estaba pastoreando el rebaño que se le había encomendado, lo cual ya para mí es significativo en lo que me toca respecto de esta Comunidad. Y además… sacó al rebaño del desierto y lo llevó más allá del desierto. Lo llevó al Horeb, a la montaña de Dios. Y yo, mejor o peor, más bien peor que mejor, mi único empeño ha sido sacar a estas hermanas del desierto y llevarlas a la montaña de Dios, que es Cristo, a la Montaña de la perfección, que es Cristo. La Tierra Prometida hacia la que caminamos, la Patria que anhelamos, es el Corazón de Cristo. Y de alguna manera yo he ido tirando y empujando al rebaño más allá del desierto. Y cuando ya íbamos saliendo del desierto, y estábamos encaminadas hacia el Horeb, es cuando he comprendido el sentido de este nombre.

Y también he comprendido que es un nombre que yo he recibido, pero que no sólo es para mí, que es para todas las hermanas y para todos los corazones samaritanos; por eso, no sin cierto rubor y sin cierto pudor, lo comparto y lo doy, con sencillez, sin ninguna pretensión… Simplemente queriendo dar gratis lo que a mí se me ha dado gratis. Por si a alguien le puede servir, lo quiere tomar y le puede hacer bien. Y sobre todo lo hago con el convencimiento que Dios quiere que lo diga, que lo entregue, que lo dé.

Dios en mi vida también ha actuado como en la zarza. Dios en mi vida es una Llama que está ahí, que caldea mi existencia, que caldea mi corazón, que da sentido a mi vida. Y que -¡gracias a Dios!- no se apaga, sigue pujante, fuerte… ¡sigue ardiendo! Esa Llama -dentro de mis múltiples imperfecciones y de todas mis pobrezas- es el amor de Dios en mí. Y arde y me hace arder sin consumirme. Creo que eso -trasladado a la Comunidad- es una imagen bellísima. Esa Llama del amor de Dios tiene que estar ahí, ardiendo, sin consumirnos. El Fuego de Dios, el Fuego del amor, prende en la zarza, y permanece ardiendo sin consumirse. Esto tiene que ser una realidad vital. Tenemos que ser esa zarza ardiente que es signo de la Presencia de Dios. Y que no se acaba, no se consume.

Y ante esta zarza ardiente dice Moisés: “Voy a acercarme para a ver ese extraño caso: porque no se consume la zarza”. A mí esto me impresiona, porque la zarza que ardía sin consumirse atrajo la atención de Moisés y él se acercó para ver. Y Dios, sirviéndose de la zarza, atrae a Moisés. ¿Qué quiere decir esto? Yo, al menos, así lo entiendo: que sirviéndose de mí, sirviéndose de cada una de nosotras, de la comunidad, las personas tienen que acercarse, con una curiosidad sana, buena, para contemplar la Llama que arde en la zarza. De alguna manera la Divinidad, Dios, tiene que estar tan presente en nuestra vida, en la Comunidad, que esté ahí, que sea una realidad tangible, que arda, que atraiga la atención de quienes nos rodean. Y Dios, sirviéndose del amor que arde en la Comunidad, sirviéndose de esa zarza ardiente que no se consume, va llamar a las personas, las va a atraer, porque -lo dice Moisés- es un fenómeno extraño, que no es habitual, que no se ve mucho hoy día.

Desde la zarza que arde sin consumirse, tenemos que atraer la atención del mundo que nos rodea para que ellos lleguen, se acerquen a contemplarnos -no a nosotras sino a la Llama que arde en nosotras- y se cuestionen y les interpele… hacer que se replanteen la vida de otra manera, que miren, que vean, que intuyan, que hay “algo” más… pero tiene que ser haciendo presente en nosotras esa Llama, ese Fuego, de modo que atraiga a otras almas.

Eso sucedió con la zarza ardiente: ardía sin consumirse. Atrajo la atención de Moisés que empezó a preguntarse: “voy a ver”. Y entonces… en ese momento, en el momento en que las personas se acercan a la zarza para contemplar el fenómeno extraño, llamativo, singular… es cuando Dios aprovecha para llamar. Lo dice el versículo 4 de Exodo 3: “cuando vió Dios que Moisés se acercaba para mirar, le llamó en medio de la zarza: diciendo: “Moisés, Moisés”, y él dijo: “heme aquí.” Ese es el fin: el llevar las almas a Dios. Es hacer que se acerquen lo suficiente a Él, para que perciban la llamada, porque Dios está continuamente llamando. El problema es que se encuentra con multitud de sordos, de indiferentes.

El Fuego que hay en nosotras, en esta zarza que arde sin consumirse, que es signo de la presencia continua de Dios en la comunidad, ¡ese Fuego! tiene que hacer que las personas que nos rodean, las personas que están cerca, se cuestionen y quieran acercarse más a Dios, quieran acercarse más al Fuego, y entonces… -desde ese Fuego- Dios las va a incendiar y las va a llamar. Cuando lo he pensado así… de verdad que me he considerado dichosa, y me he sentido muy conmovida, porque entiendo que es una misión, es una llamada de Dios, una vocación más dentro de la vocación.

El nombre nuevo que se me otorgó, y que en un primer momento me resultaba extraño porque no lo hacía del todo mío, me pareció precioso y  lleno de sentido: la zarza ardiente. Porque Dios es eso: es una realidad, quemante. Y Jesús lo dice: “he venido a prender fuego en el mundo y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!”. Yo no sé si el mundo entero está ardiendo, pero sé que -desgraciadamente- no arde todo lo que desearíamos; por eso que al menos que esta zarza -que somos las Samaritanas, que soy yo- sí arda y permanezca ardiendo sin consumirse.

Dios, sirviéndose de de la zarza ardiente, muestra la transcendencia de su propia Esencia, muestra su propia Divinidad. En el versículo 5, cuando dice que está llamando a Moisés, al mismo tiempo que le llama, le dice: “no te acerques aquí, quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada”. ¿Qué quiere decir esto? Que nosotras, por haber sido escogidas, por haber sido llamadas, somos una tierra sagrada, un lugar sagrado. Lo hemos dicho muchas veces: un monasterio no son las cuatro paredes que lo conforman; lo es materialmente, pero el monasterio es un edificio espiritual y vivo, formado por piedras vivas, lleno de vida, lleno de seres que de verdad viven y quieren vivir. Y es un terreno sagrado, un lugar sagrado, porque la Vida está presente. En la zarza que arde, la Vida está presente, el Fuego está presente, consagrando la zarza.

camino-sin-destinoLa Comunidad es una muestra de la trascendencia de Dios, de lo sagrado. ¿Qué quiere decir esto? Que tenemos que vivir nuestra entrega y nuestra vida con mucha sencillez, con mucha alegría, con los pies en el suelo, porque estamos en este mundo. No hay que vivir en la luna, pero -sobre todo- sin perder nunca la llamada a la trascendencia que continuamente estamos recibiendo, porque sabemos que estamos aquí, pero no somos de aquí, vamos hacia una Tierra prometida, trascendente, hacia  una Tierra sagrada.

La zarza tiene que arder en el Corazón de Cristo. Además -es curioso- la iconografía clásica del Corazón de Cristo, siempre representa el Corazón de Jesús, con espinas a su alrededor -la zarza- y con fuego, un fuego ardiente, con llamas. Luego en el fondo… la zarza que arde sin consumirse está ahí porque la zarza es la Divinidad. Y la Divinidad está y es en el Corazón de Jesucristo, y las que somos llamadas -yo al menos me siento llamada a ello- a ser zarza ardiente, tenemos que vivir Ahí, no podemos morar en otro sitio. Y es que hasta en la iconografía está representado así. Y lo que le dice Dios desde la zarza: es “descálzate, porque estas en terreno sagrado”.

A mí esto me ha llenado de consuelo porque, efectivamente, ¿qué significa? que vamos caminando hacia una realidad nueva, que aun no está del todo definida, El nos irá mostrando el camino.

3 comentarios en “Mi nombre nuevo: la Zarza ardiente

  1. Así os vemos. Así os hemos conocido. Así nos hemos calentado. Así hemos saciado nuestra sed. Así hemos vuelto a la vida, porque sólo éramos huesos secos y esa, vuestra zarza, nos ha RESUCITADO. Nos arracó de la oscuridad y nos hizo ver.

    Para mí ese convento, vuestro convento es mi “Tienda del Encuentro”. En dónde la presencia de Dios Padre es permanente, dónde encuentro el alimento necesario para caminar, dónde la luz resplandece iluminando mis tinieblas, dónde esa comunidad me inunda de fuerza, de vida, de libertad.
    Dónde aprendí apostrarme ante esa presencia inmensa de Dios y adorar a Cristo convirtiendose en mi oxigeno sin el que ya no puedo vivir.

    Dios bendiga siempre esas “zarzas ardientes Samaritanas”.
    Sé que cómo a Moises tambien os dice: “Yo mismo iré contigo y te daré el descanso”’

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    1. ¿con que razón aparta DIOS al hombre del mundo? tienes toda la razón hermana para darnos un nombre nuevo, es una reflexión muy linda la que tu nos regalas, hace 15 días en mi grupo de oración propuse para este año así como la iglesia esta en el año de la MISERICORDIA, también nosotros ser como una zarza ardiente, yo pensaba en un principio que estaba como loco, pero es el querer de DIOS PADRE para sus hijos; el desierto es muy grande y aun así moisés fue mas allá. tenemos que salir del desierto de la comodidad para llegar realmente a DIOS.

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