Muéstranos al Padre (VII)

La Voluntad de Dios: Una en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo

Ese planteamiento deja de lado una verdad teológica muy importante (porque es una deformación y entonces para que la deformación entre en el hueco, han dejado de lado una verdad muy importante) que es de fe, porque es teológicamente verdad: la unidad divina en el querer entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. O sea, el Padre no quiere una cosa, el Hijo otra y el Espíritu Santo otra: las Tres Personas, que son un solo Dios, tienen una misma Voluntad, quieren lo mismo, desean lo mismo. O sea, el Padre quería nuestra redención y quería tenernos con Él y Jesús quería de igual manera y con igual intensidad nuestra redención y que estuviéramos con Él. No es que el Padre quiere una cosa y Jesús se lea la Voluntad del Padre y hace lo que el Padre quiere porque al Padre se le ha metido en la cabeza y manda más que el resto. ¡No! ¡Eso es mentira! Teológicamente es una barbaridad, es una aberración. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen la misma unidad de Voluntad, quieren los Tres lo mismo.

Y la gente dice: “Entonces, ¿qué pasó en Getsemaní?” Jesucristo en cuanto Dios, en cuanto Verbo eterno, quiere lo mismo que quiere el Padre, no puede querer otra cosa; pero la voluntad humana de Jesús es la que siente repugnancia ante la muerte que le viene, ante todo lo que se le viene encima. No es que se resista pero siente miedo, pavor, tedio, tristeza, angustia y repugnancia… porque era verdadero hombre. Eso no le quita a Jesús grandeza, sino que demuestra y corrobora que era verdadero hombre y como verdadero hombre la Voluntad de Dios a veces le cuesta. No quiere decir que no la quiera y que no quiera secundarla, sino que a su ser humano, al hombre que es Jesús, le cuesta, como a nosotros nos cuesta muchas veces muchas cosas. Que digo: “si es que yo quiero, pero luego se me hace del todo imposible”. Pues… ¡bienvenido al club de los humanos! En el cual Jesús va el primero de la fila para obedecer al Padre, hasta sudar sangre. Y aquí queremos obedecer con la gorra y que sea súper fácil. Mirad… ¡no! obedecer es la cosa más difícil del mundo. Mucho más difícil que la pobreza y mucho más difícil que la castidad es la obediencia, pero con diferencia.

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