La pureza de corazón

El Reino de Cristo, el Reino al que somos llamados, el Reino que Él quiere instaurar en este mundo y cuya venida tenemos que pedir, que desear, que anhelar… es un reino de gente pobre, humilde, sencilla. Es el Reino que solamente saben acoger los limpios de corazón, los humildes. Jesús dice que -de los que son como los niños- es el Reino de los cielos, de los que son muy pequeños. Y una de las bienaventuranzas más bonita es: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”; es imprescindible ser limpio de corazón, para poder ver a Dios, para poder contemplar a Dios.MP delaweb oracion por los hijos

Ser limpio de corazón, ser puro de corazón, ser santo… ante esto viene la pregunta: ¿qué es la pureza de corazón? ¿Qué es ser limpio de corazón? He pensado mucho esto porque ante una pregunta así, lo primero que me brota es una percepción aguda de mi miseria, de mi pobreza, de mi impureza. ¿Qué es la pureza de corazón? La pureza de corazón no es el no tener faltas que reprocharse, porque siempre tenemos algo que reprocharnos: es inherente a nuestra condición pecadora: entonces… ¿qué es ser puro de corazón? Después de dar muchas vueltas, he llegado a la conclusión de que no hay que preocuparse tanto por la pureza del alma: no es lo fundamental. Es más importante volver la mirada a Dios y admirarle: atrevernos a mirarle de hito en hito, sin miedo, sin vergüenza, sin sonrojo… Por aguda y dolorosa que sea la percepción de nuestra impureza, su pureza es infinitamente mayor. Y cualquier pecado, cualquier impureza, palidece ante su belleza, ante la Belleza increada.

No tenemos que tener miedo de alzar la mirada a ÉL y reposarla ahí, descansar la mirada y toda nuestra alma en ÉL. Y uno de los momentos preciosos para ello, es cuando tenemos a Jesús Eucaristía expuesto a nuestra adoración y a nuestra contemplación. No hay acto más sanador, más purificador, que contemplarle a Él con amor. El Amor es lo único que purifica.

Hay que volver la mirada a Él, admirarle y alegrarnos de que Él es el que es: TODO SANTIDAD. Así se reveló a Sí mismo desde la Zarza: “Yo soy el que soy” y darle gracias por Sí mismo, por su Belleza, por su Gloria. Eso es tener puro el corazón: contemplar a Dios y gozarnos de que Él sea Dios. Cuando nos hayamos vuelto así a Dios hay que permanecer en esa actitud, permanecer firmes contemplándole y escuchándole. Y “a través de todas las noches –lo dice Sor Isabel de la Trinidad- todos los vacíos y todas las impotencias” permanecer con la mirada fija en EL. Y no volver a mirarnos a nosotros mismos, porque me convierto en el centro y esclava de mí misma, de mi ego, y aparto mi mirada de Dios, cuando lo que tengo que hacer es que Él sea el centro de mi vida, poner a la inmensidad, a la belleza de Dios, en el centro. Eso es tener puro el corazón.

pureza

No tenemos que estar continuamente preguntándonos dónde estamos con respecto a ÉL. Estamos en Él y basta. Nos tiene que bastar. Un niño, que es el que tiene puro el corazón, no está continuamente preguntándose si su padre le quiere o no ¡el niño vive al instante! Ama y admira a su padre, no duda nunca y se siente seguro, confía en su padre y tiene el corazón libre y puro porque descansa en su padre.

Yo he experimentado muchas veces -y sigo experimentándolo a día de hoy- la tristeza de no ser perfecta, de verme llena de pecados, de miserias y sé que ese sentimiento es demasiado humano, demasiado mío, no viene de Él. Cuando la percepción de nuestra pobreza no nos lleva a la paz, a la confianza, al abandono alegre, sino que nos lleva a la tristeza, al enfado con nosotros mismos, al resentimiento, a la amargura… Todo eso no es de Dios, es demasiado humano, demasiado rastrero. Es preciso elevar la mirada más alta, mucho más alta: ¡a Dios y a su inalterable esplendor! a su inenarrable belleza, a su deslumbradora luz y maravillarnos y asombrarnos de que Dios es Dios.

El corazón puro es el que no pierde esa capacidad de asombro y el que no cesa de adorar a Dios Vivo, Glorioso, Verdadero. Solamente el corazón puro es capaz de gozarse de que Dios sea Dios en Sí mismo. Dios es Dios y eso debería bastarnos. Cuando no nos basta, no nos colma y no nos hace felices, es porque nuestro corazón no está puro, no está libre. Seguimos atados y perdidos y encenagados en nuestro yo, que es el peor enemigo. El yo es el enemigo frontal del corazón limpio, del corazón puro.

67b5b11e3e403f5e417570f8257d1ac3Un corazón puro de verdad es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así de puro está despojado de todo y colmado. A un corazón puro le basta que Dios sea Dios, y en eso encuentra toda su alegría toda su paz, y Dios mismo es su santidad: “Jesús será mi santidad” dice Teresita.

Dios nos reclama nuestro pequeño esfuerzo, nos lo pide, nos lo suplica, nos lo mendiga… y nuestra fidelidad, pero la santidad no es un cumplimiento en sí mismo, ni una plenitud que se nos da. La santidad es -ante todo- un vacío interior que se descubre y que se acepta, una pobreza interior tremenda que se ama. Y ese vacío que se descubre y se acepta, Dios viene a llenarlo en la medida en que uno se abre a la plenitud de Dios, al Todo de Dios, a la Posesión de Dios y… ¡dejarle a Él que nos llene! Nuestra nada, si se acepta, es un espacio en el que Dios puede crear todavía, pero es absolutamente imprescindible aceptarla, amarla y entregarla.

Teresita, con ese radicalismo evangélico que la caracteriza, dice: “Es necesario consentir el permanecer pobres y sin fuerzas” esta es una de las cosas más difíciles que a mí se me ha pedido en la vida. Consentir en permanecer pobre y sin fuerzas es lo más contrario a nuestra naturaleza, la cual quiere mejorar, avanzar, ver resultados, combatir… ¡nadie quiere consentir en verse así! 177280675_d1Queremos barrer de un plumazo nuestra pobreza y presentarnos ante Dios impecables y guapísimos y eso mismo nos crispa y nos impide ser limpios de corazón. Lo que de verdad nos mancha no son nuestros defectos, sino nuestra actitud ante esos defectos. Y eso no se consigue con nuestras fuerzas sino dejando a Dios que obre en nosotros. Hay que abandonar todo cuidado, toda inquietud y dejar a Dios ser Dios. “Amenos nuestra pequeñez, amemos no sentir nada”, entonces seremos de verdad limpios de corazón. Y ÉL se gozará por que le amaremos por ÉL mismo. Solamente en el puro de corazón puede ÉL reinar.

 

 

 

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