El destino de Dios

Dios ha entrado en la historia de una manera única, inimaginable para nosotros, inconcebible. “Dios ha entrado en el tiempo por su designio soberano” y porque Él ha querido; y, desde luego, “en pura libertad” (Cf. Romano Guardini, “El Señor” p. 47): Él ha venido libremente, nadie le ha quitado nada.

“Dios, que es eterno y es libre”, como tal, en cuanto Dios, “no tiene destino”, porque está en la eternidad. img-20151227-wa0006.jpgPero el hombre sí, tiene destino; el hombre está en el tiempo y, en el tiempo, avanza hacia un destino, un destino que forma siempre parte de la historia. Y el hecho de “que Dios haya entrado en la historia, significa que ha asumido un destino” (Cf. Ibíd., p. 48-49).

Es difícil comprender, para nuestra mente, lo que significa que Dios haya entrado en la historia y haya asumido un destino. Sin dejar de ser lo que era, asumió lo que no era: “da un paso, un paso impresionante para entrar en lo histórico, cruzando la frontera de la eternidad”, si cabe la expresión (Cf. Ibíd., p. 49)

Y esto, muchas veces, a los grandes pensadores, a los grandes teólogos, a las grandes inteligencias de todos los tiempos, les ha causado escándalo. Escandaliza que Dios sea ese Recién Nacido de Belén: “¿Cómo va a ser Dios?…” No nos cabe en nuestra cabeza, en nuestros razonamientos, en nuestras perspectivas, no se puede mirar desde las perspectivas y puntos de mira humanos; nos rompe los planes, nos rompe las expectativas, arrasa con todos nuestros conceptos de Dios…

Y a veces… la razón humana se rebela y se niega a aceptar la Encarnación. Porque “la cruz es un escándalo”, ya lo decía San Pablo, pero de alguna manera… la Encarnación no es un escándalo menor. Si es un escándalo decir que aquel maldito que colgaba de un madero es Dios; decir que ese Bebé Recién Nacido, al que su Madre recuesta en un pesebre es Dios… no es menos escandalizante ni menos difícil de encajar, que admitir que el Crucificado es Dios. El pesebre de una manera, la cruz de otra, son dos escándalos.

Solamente hay una posibilidad de asumirlo y de encajarlo: reconocer que la Encarnación y “todas estas cosas que Dios -dice Jesús- ha revelado a los pequeños y sencillos”, no son cosas de nuestra cabeza, de nuestra inteligencia, de nuestra razón… sino que son cosas del amor. Y solo desde ahí se puede vislumbrar, barruntar, acoger y adorar el misterio.

“Ninguno de los grandes logros de la vida del  hombre –dice Romano Guardini- surge del mero pensar. Todos brotan del corazón y del amor. Pero el amor tiene su propio ‘por qué’ y ‘para qué’… ¿Qué ocurre cuando es Dios el que ama?… –¡esa es la gran pregunta!- ¿De qué es capaz Dios puesto a amar?” (Cf. Ibíd., p. 48)

Pues… si de suyo es capaz de todo, porque es Omnipotente, la cosa se va totalmente de madre cuando esa Omnipotencia -además- es un amor loco, un amor enamorado… ¡valga la redundancia! Ahí ya… sí que no podemos poner límites a lo que pueda suceder.

¿De qué es capaz el amor de Dios? Pues… ¡¡de todo!! De la Encarnación, de Belén, de la Pasión, de la Cruz… Y “quien no tome el amor como punto de partida” para intentar comprender el pesebre o a la cruz…, o más que comprender, siquiera aceptar, acoger… quien no acepte y acoja el pesebre y la cruz desde el amor, no será capaz de hacerlo, porque “todo le parecerá una locura, sinsentido” (Cf. Ibíd., p 48).

image-e58abac051526b2a16b09fd0b0d47c21-LL56sY… hecho este preámbulo, miramos al Niño. Miramos al Niño, como decimos, sin perder la perspectiva de ese amor loco de Dios, que nos ha puesto delante a un Recién Nacido y nos ha mandado un coro de ángeles que nos ha dicho que estamos de enhorabuena, porque ese Pequeñín Recién Nacido, es el Redentor del mundo, es nuestro Salvador, el que nos libera ya, el que paga nuestra deuda, el que asume nuestra condena, el que borra el protocolo que nos condenaba a muerte, el que proclama una amnistía general… Y, mirando al Niño, hay que hacer un acto de fe inmenso para asumir que, de verdad, esa criaturilla débil e indefensa, que duerme, que llora, que la Virgen alimenta… es todo eso que nos acaban de anunciar.

Tenemos ante nosotros “un Niño igual que todos los niños del mundo. Sin embargo, no es igual a todos los niños que hay en el mundo: ‘es la Palabra hecha carne’ (Jn 1, 14).” Y “Dios no solo habita en ese Niño en plenitud, ese Niño no solo está tocado por lo celestial”, aunque sea de una forma impresionante ¡No, eso es un error! La verdad es que “ese Niño es Dios, por esencia y por naturaleza”.

Este Niño tiene que buscar el sentido de su existencia. Lo que en cualquier hombre es por su propio nacimiento, este Niño tiene que buscarlo, hacerlo crecer, desarrollarlo. Todos, cuando nacemos, tenemos que desarrollar lo que somos. Éste Niño de manera más profunda.

Los grandes teólogos durante siglos se han afanado en pensar cómo ha sucedido esto en Jesús. Muchas veces se han preguntado por su vida interior, cuándo fue tomando conciencia de quien era, de su vocación, de su hora… Han intentado responder a todas estas preguntas desde distintos puntos de vista, desde la psicología… Pero la psicología rápidamente se estrella, no tiene consistencia ante lo que Jesús es, en definitiva, que es Dios.

Y la fe es el único camino que nos puede ayudar a responder a todos estos interrogantes. Y vemos lo objetivo, pero lo tenemos que interpretar a la luz de la fe. Y lo objetivo es que vemos a un simon_dewey_in_favor_with_god_5x7Niño que es pequeño, pero que es una criatura humana. No es ninguna cosa extraña: ¡es un Niño como todos, aparentemente es un Niño normal, un Niño más, hijo de una mujer normal, de una mujer más del pueblo! Pero el gran misterio, el gran escollo con el que chocamos, es que ese Niño es Dios. Y que “todo el contenido y el sentido de su vida va a ser la Voluntad del Padre”. Ese Niño contiene en Sí la Voluntad de Dios, así de claro y así de rotundo. ¿Cómo en una criatura tan frágil y en un ser tan indefenso… puede estar contenido algo tan sublime, tan inabarcable, tan inconcebible como es la Voluntad de Dios?

“La Voluntad de Dios, que es anunciar el Evangelio, conquistará a los hombres para el Señor, instaurar una alianza nueva y eterna, tomar sobre Sí el mundo y su pecado, padecer por ellos con un amor redentor e intercesor, atraerlos a Dios consumando un sacrificio y resucitando después a una vida nueva…” (Cf Ibíd., p. 50) Todo eso está contenido en ese Niño, está ya ahí de una manera misteriosa, pero real, presente.

Cuando Jesús resucita, ya ha llegado la plenitud de su vida al final, ya todo se ha cumplido; y aún así todavía hay algunos que no lo entienden. Y todavía hoy muchos no lo entendemos, hay muchos hombres que no han reconocido a Jesús como Rey y Mesías… Bueno, pues, el mismo día de su resurrección, Jesús se dirige a dos de estos hombres, que en realidad representan una gran parte de la humanidad, cuando van camino de Emaús. Y es Jesús mismo que les hace una pregunta, y esa misma pregunta nos la hace también a nosotros el Niño desde el pesebre ahora: “¿No tenía el Mesías que padecer todo esto para entrar en su gloria?” (Lc 24, 26)

Plantear esta pregunta contemplando a Jesús Recién Nacido en el pesebre, nos lleva a pensar que Jesús, como ser humano, todavía tiene que tomar posesión, por decirlo de alguna manera -no es exacto, pero voy a intentar expresar la idea- de su naturaleza divina. Su naturaleza divina está ahí, unida a su naturaleza humana desde el mismo instante de su concepción; pero… ese Niño tiene que crecer y tiene que ir asumiendo en su conciencia humana su vocación, su naturaleza divina, su misión.

Después nos va a decir el Evangelio que “crecía en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres” (Lc 2, 52); y en la carta a los Hebreos se nos dice -¡y es impresionante!- que “Dios perfeccionó al guía de su salvación con sufrimientos”. Evidentemente, en cuanto Dios, no necesita nunca ningún perfeccionamiento… ¡Él es perfecto! Pero en cuanto hombre… esa naturaleza humana tiene que ir asumiendo todo lo que supone ser Dios -con las implicaciones que eso tiene- y que Dios sea hombre. Eso es parte de la vocación de Jesús: desarrollar en el Hombre-Dios al hombre; y, conforme ese hombre se va desarrollando, va tomando conciencia, va asumiendo su misión divina, su naturaleza divina. Es difícil de expresar, porque es un misterio también.

Teológicamente hay un montón de postulados, de teorías, de cosas que se podrían decir… explicando esto. Pero no pretendo una exposición teológica sobre la doble naturaleza de Cristo y sobre la hipóstasis… no tendría razón en este momento. Lo que pretendo es que nos asomemos de puntillas al misterio y nos dejemos sobrecoger y sorprender; nos dejemos poseer por el asombro, por el pasmo… siempre adorando el misterio, siempre reconociendo que es un misterio, y que no hay explicaciones bastantes en el universo para razonar, explicar, comprender… lo que es el amor de Dios, lo que ha sido esa -por decirlo de alguna manera- “corazonada” de Dios, que es la Encarnación.

“Jesús no se convirtió en Dios en un momento determinado. No solo experimentó a Dios, sino que era Dios”. Jesús es Dios. “Sin embargo, aunque era Dios desde el principio, desde el mismo instante en que empezó a existir en el seno de su Madre, su vida consistió en llevar a plenitud humanamente su propia naturaleza divina.” Así nos lo manifiesta Guardini: Él fue llamado por Dios, en cuanto hombre, a llevar su propia naturaleza divina a la máxima manifestación o al máximo desarrollo. No sé si es adecuada la expresión.

image-c370ca7a52631919f61220c20d2eb51a-fatherandsonY eso empieza, como os digo, cuando Él empieza a existir en el seno de su Madre: llevar a plenitud su propia naturaleza divina. Lo cual significa, dice Guardini, “integrar en su conciencia humana la realidad divina y su sentido, asumir la fuerza de Dios en su Voluntad, hacer realidad en su vida la pureza de sentimientos, desplegar el amor eterno en su Corazón…” Y podemos decir que “su vida fue un continuo penetrar en Sí mismo, proyectar sus propias capacidades, ser dueño de su propio sentido, realizar su propia plenitud” (Cf. Ibíd., p. 50) “Todas las palabras de Jesús, sus acciones, sus luchas, sus dudas, significaban un continuo entrar a la esencia de su ser, a lo más íntimo. El Jesús humano iba entrando cada vez más en su naturaleza divina” (Cf. Ibíd., p. 50).

Pensando esto despacio y pensando que la vida pública de Jesús duró como mucho tres años, algunos estudiosos dicen que incluso menos, que quizás apenas un par de años. Pero en cualquier caso… es un espacio de tiempo breve. Sabiendo esto, los treinta años precedentes se llenan de sentido y de plenitud… esos treinta años en que no enseñó, en que no hizo milagros, en que no luchó contra nadie. Pero esos treinta años ocultos en la sombra son para nuestra fe el argumento más poderoso.

En esos treinta años, la obra del Espíritu en el interior de Jesús tuvo que ser algo inenarrable. El Espíritu trabajando a Jesús desde su interior, conformando el Corazón de Hombre de Jesús, verdaderamente en Corazón de Dios. Todo eso es obra del Espíritu, que fue transformando, modelando, embelleciendo, despertando… todo eso que estaba en Jesús. La naturaleza divina de Jesús fue asumiendo cada vez más y más y más su humanidad. Esa es una obra que el Espíritu Santo fue realizando en Galilea, en el hogar, en el silencio.

Hay un pasaje evangélico especialmente misterioso, en el que siempre me ha admirado la actitud de la Virgen, que es cuando el Niño se queda en el Templo con los doctores. ¿Qué estaría obrando el Espíritu Santo en el interior de Jesús para que Jesús se quede allí y contestase a su Madre como la contesta? “Pero ¿no sabíais que yo tengo que estar en las cosas de mi Padre?”

Jesús sabe quién es su Padre y, evidentemente, ni José ni María se lo han contado. Y en un momento dado decide que tiene que quedarse en la casa de su Padre y en las cosas de su Padre… Cada vez va siendo menos el Hijo de María, para que emerja más en Él el Hijo de Dios.

Curiosamente, después de este episodio, la figura de San José desaparece ya para siempre… ¡no se vuelve a hablar de él! Jesús ha entrado ya en la edad adulta para un judío… San José ha terminado su cometido, porque Jesús ya sabe quién es su Padre. ¡Qué grande es San José! Ha cumplido su misión y se borra… ¡desaparece! ¡No se le vuelve a mencionar! Solamente se le menciona de manera indirecta cuando menosprecian a Jesús y dicen: “Pero ¿no es éste el hijo de José, el hijo del carpintero?” Pero de San José ya no volvemos a tener mención en ningún momento más… después de este episodio de Jesús que se queda en el templo, José desaparece. Jesús manifiesta públicamente que sabe que tiene un Padre, que no es José evidentemente, y ya… José desaparece.

Y hay en ese pasaje otra frase que, como otras palabras del Evangelio, no tiene desperdicio. Y yo reconozco que a mí, muchas veces, se me ha pasado por alto. Después de que Él dice con aplomo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo tengo que estar en la casa de mi Padre?” Está dejando claro quién es su Padre, quien es Él… y, de alguna manera, indirectamente, su superioridad y la superioridad de su Padre sobre María y sobre José.

simon_dewey_growing_in_wisdom_5x7Pero a continuación, inmediatamente, dice el evangelista: “Bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad” (Lc 2, 51) En el templo hay un momento de exaltación: Él es el Hijo del Padre y el Templo de Jerusalén, el lugar santo por excelencia para ellos, es su casa, es la casa de su Padre. Lo deja claro, lo manifiesta… pero, inmediatamente “bajó”: volvió a humillarse.“Bajó con ellos a Nazaret”, a su vida de siempre, a su hogar. Y a pesar de que había demostrado quién era su Padre y la superioridad que Él tiene sobre todos, vuelve a Nazaret: “Bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad”. No porque ellos tuvieran autoridad, sino porque Él les da esa autoridad y quiere seguir bajo su autoridad. Otros tantos años más “siguió bajo su autoridad”.

Y en ese abajamiento, en ese estar bajo la autoridad de María y José, sabiendo ya Jesús quien es Él y quiénes son ellos, el Espíritu Santo sigue obrando en el alma de Cristo, sigue modelando el alma y la voluntad humana de Jesús…, embelleciéndolas más y más, perfeccionándolas –como dice la carta a los Hebreos- para que el Padre se complazca ahí, llegue a su máxima complacencia en la humanidad de Jesús.

Pero la humanidad de Jesús, desde su nacimiento en Belén, hasta el momento de su bautismo en el Jordán, cuando el Espíritu Santo se manifiesta y se oye la voz del Padre hablando de ese Hijo en el que se complace y mandándonos que le escuchemos… Esa humanidad, desde su nacimiento hasta el momento de su bautismo, va creciendo en sabiduría y en gracia, va siendo perfeccionada por el Espíritu Santo. Esa humanidad va tomando cada vez mayor conciencia de su naturaleza divina y va tomando posesión de esa naturaleza divina.

Es impresionante, porque decimos tantas y tantas veces –y es un artículo de fe- que “creemos en Jesucristo, que es verdadero Dios y verdadero Hombre”. Pero pocas veces reparamos que ese verdadero Dios y verdadero Hombre, siendo Dios, no sabía ser hombre… ¡y tuvo que aprender a ser hombre! Y ese Hombre tuvo que “aprender” a asumir su naturaleza divina para llegar a ser esa complacencia absoluta del Padre.

Es muy difícil de expresar, porque es algo donde uno se abisma, se pierde, se maravilla. Pero es uno de los misterios más bellos de nuestra fe: esa unión de las dos naturalezas en Jesús.ximage-bdaf1bbda28f8060e31822e146cca87c-LL130XV_jpg_pagespeed_ic_v5oq8zmVlH

Siendo ambas verdaderas, absolutamente verdaderas, todo lo que significa que Dios tenga que aprender a ser hombre, porque no sabe amar con un corazón de hombre, con una sensibilidad de hombre…; y que el hombre Jesús, ese hombre, tenga que asumir su propia condición divina, sin dejar de ser hombre… ¡¡¡el misterio que eso supone es impresionante!!!

Y ver cómo el Espíritu Santo va actuando en Jesús y le va llevando a la plenitud de su misión para poder de verdad redimirnos, siendo verdadero Dios y verdadero Hombre en plenitud al mismo tiempo, uniendo en Sí lo que era irreconciliable: Dios y la humanidad. Él es el que nos da la reconciliación verdadera, la paz verdadera… El hombre y Dios en Jesús, en paz, sin el pecado dividiendo, sin el pecado separando…

Y ese misterio se inicia ahí, en ese Niño, en Jesús que acaba de llegar…

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