Navidad: fiesta de la alegría de los hombres y de la alegría de Dios

 

img-20151225-wa0174.jpgNuestro Dios, el Dios que adoramos en la Eucaristía y que, al final de las celebraciones de este Tiempo de Navidad, se nos entrega con frecuencia en la imagen del Niño Jesús también para que Le adoremos, ese Dios es definido en la Biblia como “ágape”, no como “eros”. Su amor es un amor de donación, no de búsqueda.

¿Por qué? Porque Jesús nos lo dice, Jesús nos lo enseña: “Hay mayor felicidad en dar amor que en recibirlo”. Por eso el gran error de muchas personas es pretender ser amadas a toda costa sin preocuparse de amar ellas primero. Dios nos enseña que el amor verdadero consiste en adelantarse en dar, en donarse, en amar, porque hay mucha mayor felicidad en dar amor que en recibirlo. El pretender recibirlo, el preocuparse sólo de recibirlo es una manifestación clara del egoísmo y no produce felicidad sino malestar y frustración.

Por esta razón, Navidad no es solo la fiesta de la alegría de los hombres, es una fiesta gozosa para el pueblo de Dios sino que es también la fiesta de la alegría de Dios. Dice el Salmo 104: “Regocíjese el Señor en sus obras, alégrese el Señor porque sus obras han alcanzado su pleno cumplimiento”. Todas las criaturas han adquirido “ante Dios una nueva belleza, un nuevo esplendor porque entre ellas vino su Hijo que es el resplandor de su gloria e impronta de su sustancia y el que lo sostiene todo”, nos dice la Carta a los Hebreos en el capítulo primero.

Comentando las primeras palabras del Génesis escribe un autor medieval: “‘La tierra estaba vacía y desierta’ (Gn 1,2). Estaba vacía porque la Palabra todavía no se había hecho carne; estaba desierta porque la Divinidad todavía no habitaba entre nosotros; es decir, no estaba unida a nuestra naturaleza. Nuestra tierra estaba desierta porque todavía no habitaba en ella la plenitud de la gracia y de la verdad, estaba vacía porque todavía no había sido hecha firme y estable por la unión con Dios, estaba vacía porque no había sido rellenada de la solidez y plenitud divinas. Vacíos estaban los corazones de los hombres porque todavía no los había colmado el Espíritu Santo, que debía ser derramado después sobre los discípulos de Cristo y las tinieblas cubrían el abismo porque todavía no había llegado la luz verdadera  que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”.

La luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, la hems contemplado en la Eucaristía y en el Pesebre: Él es la luz, Él es el sol  que ha nacido, que ha emergido sobre toda la creación. La diferencia que existe entre un paisaje de montaña visto de noche cuando todo está oscuro e infunde temor, y el mismo paisaje contemplado al alba, con el sol que enciende de color las cimas de las montañas e inunda el valle de luz; esa misma diferencia -o incluso mayor- existe para Dios entre el universo visto antes y después de la venida de Cristo. Antes de la venida de Cristo todo eran tinieblas, sombras, todo aquello infundía temor. Él ha llegado con Su luz y lo baña todo, lo alumbra todo, lo llena de color, de belleza, de claridad, de resplandor. Jesucristo es el “sol que nace de lo alto”, el “sol de la justicia”.

Y ahora mismo Dios ya no tiene que preguntarse como decía por boca del profeta Isaías: “¿En quién voy a fijarme yo?” ¡No! Existe desde ahora un punto del universo a que el Padre puede volver siempre su mirada y descansar y gozar y encontrar toda su complacencia: es Jesús. Hasta ahora el Padre no sabía donde mirar para poder descansar su mirada; ahora puede mirar a Jesús y reposar en Él y complacerse en Él, deleitarse en Él, gozarse en Él… Hasta ese momento, ¡no tenía a nadie a quién mirar así! Nos miraba y siempre entre los hombres encontraba tinieblas, suciedad, pecado… ahora hay Alguien a quién puede mirar y gozar mirándole y que, estando presente en el mundo, irradia luz y belleza y gracia a su alrededor: Jesús. ¡Ése es Jesús! Por esto la Navidad es también la fiesta de la alegría de Dios no solo la fiesta de la alegría de los hombres.

¿Quién nos puede explicar, quién puede decirnos lo que provoca en Dios Padre y en toda la Trinidad esa nueva existencia aparecida en la pobreza de Belén y aquél Niño que llora en un pesebre? El nacimiento de Cristo no es un acontecimiento confinado solo a la historia, que afecta a los que estamos en el tiempo, en el mundo; sino que es un hecho transcendente que afecta, que incide en la eternidad, algo que sucede en la Trinidad cuando el Verbo se hace carne: convulsiona –si cabe esta expresión– el seno de la Trinidad, se estremece la eternidad, tiembla conmocionado el mundo entero y todo el curso de la historia. Ese Pequeñín sacude la creación entera, el universo entero y el seno mismo de la Trinidad que experimenta un gozo y un regocijo nuevo, inenarrable que no se había dado anteriormente. La eternidad se sobrecoge de gozo contemplando aquel Niño que está en Belén, por eso los ángeles cantan el himno angélico “Gloria a Dios en el cielo” porque en el cielo Dios es glorificado y exulta de gozo contemplando al Verbo que ya es carne, que ya es Niño.

Swaddling%20by%20Liz%20SwindleLa complacencia de Dios en Navidad se derrama sobre todos los hombres y es una sobreabundancia de la infinita complacencia que el Padre encuentra en aquel Niño que, cuando Lo contempla, Le hace exclamar: “Éste es mi Hijo amado en quién Yo me complazco. Escuchadle.” Parece un contrasentido pero no lo es: hay que escuchar al Verbo más que nunca ahora que no habla; es cuando más cosas tiene que decir. La impotencia del Verbo para hablar en ese Niño es la elocuencia más grande del amor de Dios. ¡Adónde Le ha llevado el amor! y ¡cómo nos quiere el Padre que se complace en ver y contemplar Su Verbo impotente, pequeño!

Contemplando esto, comprendemos la buena voluntad de Dios para con nosotros. Y es cuando tenemos que cuestionarnos nuestra buena voluntad, la buena voluntad de los hombres, la buena voluntad de nuestra respuesta a este Misterio de la Navidad.

Esta buena voluntad debe expresarse imitando el misterioso modo de obrar de Dios en Navidad. La imitación consiste en eso: Dios ha cifrado Su gloria en amarnos y en renunciarse por amor. También nosotros debemos hacer lo mismo, como nos dice el Apóstol San Pablo en la Carta a los Efesios: “Sed pues imitadores de Dios como hijos queridos y vivid en el amor”.  Imitemos a Dios en cómo nos ama y en cómo renuncia por amor.

2 comentarios en “Navidad: fiesta de la alegría de los hombres y de la alegría de Dios

  1. Este texto que acabo de leer, me llena de gran gozo y alegría, cómo me amó Dios, y cómo debo de amar a mi prójimo, donarme, darme a los demás, perdonándolos, y queriendolos cómo Dios me perdono a mi, y cómo me ama, y me quiere.
    La navidad es algo especial, dónde Dios a querido darnos ejemplo de Amor y perdón. Y espero, y le pido a Dios, que mí familia pueda ser cómo la sagrada familia, de Nanaret, dando ejemplo a otras familias, llena de Paz, Amor, y perdón

    Muchas gracias Madre Olga.

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