¡Contemplar la Eucaristía es siempre estar en Belén!

No hay mucha diferencia entre contemplar al Hijo de la Virgen María, recién nacido en Belén, en aquella cueva de animales, en lugar humilde, verdaderamente pobre y mísero… y contemplarle expuesto en la Eucaristía.cropped-wp-1451197865192.jpg

Es verdad que el entorno es diferente. Nuestro amor al Señor y a su Cuerpo Sacramentado nos ha llevado a intentar rodear siempre la Eucaristía de delicadezas, de buenos aromas, de adornos hermosos, de sagrarios y custodias bellos y valiosos… No por ostentación, sino por rendir a Dios el culto que merece y utilizar las piedras más preciosas, los metales más caros…  ¡Es una manera de expresar ese amor y esa adoración a la grandeza de Dios! ¡Es una manera de reconocer y de dejar patente nuestra fe en su Presencia real!

Pero dejando de lado ese entorno que, ciertamente poco tiene que ver con el de Belén en la noche del nacimiento del Señor, en lo sustancial, es muy similar.

Aquel cuerpo que la Virgen María dio a luz, contenía en Sí toda la Divinidad. El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad entera de Nuestro Señor Jesucristo estaban en aquel Cuerpecito de aquel Recién Nacido frágil, pequeño, sumamente indefenso, sin capacidad de expresión… que dormía plácidamente en unos momentos, que lloraba en otros… ¡Pequeñito, indefenso, desnudo, sin nada!

De igual manera está Jesús en la Eucaristía ante nuestros ojos: desnudo, sin nada, pobre, indefenso, sin capacidad de hablar. La Palabra se ha reducido al silencio, pero su Presencia, su modo de estar, es mucho más elocuente que cualquier discurso. Su silencio es un clamor. ¡El Verbo se ha callado! Se ha callado para gritar al mundo el amor del Padre.

El Verbo Eterno de Dios ha querido hacerse Niño recién nacido, incapaz de hablar, para gritar al mundo entero hasta dónde llega el amor del Padre img-20151225-wa0183.jpgy hasta dónde llega el abajamiento de su Verbo, con tal de podernos redimir y llevarnos al Padre. Deidéntica manera, está Jesús en la Eucaristía. ¡Contemplémosle! ¡Adorémosle!

Y Él permanecía en silencio, probablemente dormido, en aquel lugar donde los animales comían… expuesto a la contemplación y a la adoración de quien quisiera acercarse. Pero su apariencia atraía a pocos, porque los que buscaban a Dios… le buscaban de otra manera, con otro aspecto. Y Él se muestra sorprendiéndonos y solamente los pobres de corazón, los verdaderamente humildes, son capaces de ver toda la Majestad de Dios que se trasluce en aquel Niño recién nacido y toda la Majestad de Dios presente en la Eucaristía.

Para poder ver a Dios, necesitamos los ojos de la fe y un don: la capacidad del asombro, de no dejar de asombrarnos ante la realidad de un Dios que se anonada de esta manera. ¡Es Dios! El Altísimo… el Esperado… el Santo… nuestro Mesías… ¡Nuestro Redentor!

Contemplar la Eucarística es siempre una noche de Navidad, un estar en Belén. Y los corazones samaritanos hemos sido llamados por Dios porque de alguna manera en nuestro corazón ha sonado el anuncio de los ángeles a aquellos pobres pastores: “Id y encontrareis un  Niño envuelto en pañales.”

Y ellos -los indigentes, los últimos, los más indeseables en la sociedad de entonces- fueron los únicos capaces de captar aquel anuncio angélico y de acudir a adorar a Dios. Tenían el corazón lo suficientemente limpio para poder adorar el misterio, para poder creer que aquel Recién Nacido era Dios.

Esta misma limpieza de corazón necesitamos nosotros para adorar a Dios en esa Hostia Blanca. Saber que es verdaderamente Dios, el Eterno, el Infinito, el Innombrable, el Inabarcable… Aquel que los cielos y la tierra no pueden contener, está en la Eucaristía ante nuestros ojos, ante nuestra mirada. Y ha querido hacerse así de pequeño para estar con nosotros. Ha querido tener Cuerpo y Sangre y Alma, como nosotros, para poder encontrarnos con Él.

La Carne de Cristo es siempre nuestro punto de encuentro con Dios. ¡No hay otro camino! Cristo: su Carne, su Cuerpo, su Corazón son el lugar, el Templo Sagrado donde nos encontramos con Dios ¡Nunca nos podemos encontrar con Dios fuera del Cuerpo de Cristo!

Por eso es tan importante para un cristiano reconocer la Divinidad en la Eucaristía; reconocer a Dios, adorarle en la Eucaristía, permanecer junto a la Eucaristía… aprender a vivir en la Eucaristía y de la Eucaristía. Porque en el Cuerpo de Cristo vivo y Resucitado está nuestra salvación y en Él hemos de establecer nuestra morada. El cielo y la eternidad que esperamos, no va a ser otra cosa sino permanecer en Él ininterrumpidamente y sin ningún límite a su amor para con nosotros.

img-20151223-wa0163.jpgEsa Eternidad de Amor infinito empieza a existir en el seno de una mujer, cuando el Verbo ha sido engendrado en ella por obra del Espíritu Santo. Y llega al culmen de su manifestación, cuando ese Niño nace, cuando Ella de verdad le da a luz: porque nunca ha tenido más sentido esa expresión “dar a luz” que en el parto de la Virgen, porque ella de verdad da a luz a la Luz, nos da la Luz. De alguna manera, nos da a luz a todos, porque nos está entregando a Cristo, que es la verdadera Luz.

Esa Carne de Cristo recién nacido hace presente el amor de Dios en el mundo, y transforma toda nuestra vida y la llena de sentido. Nunca daremos gracias suficientes a Dios por el don de Sí mismo en Cristo, por el don de todo su amor en Jesús y porque su llegada fuera tan sencilla. ¡Llegó de puntillas, no hizo ruido! Y en cada sagrario permanece de puntillas, sin hacer ruido. ¡Qué grande es Dios que permanece en nosotros de verdad vivo, verdaderamente Él, con tanta sencillez! Porque esa sencillez patentiza la Majestad de Dios, la grandeza de Dios, que puede abajarse tanto.

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