DÉJAME CREERLO

DÉJAME CREERLO

Señor Jesús, esta noche tengo que preguntarme delante de ti:

¿Yo me dejo perdonar por ti, de verdad?

Porque una cosa es saber que Dios perdona y otra cosa muy distinta es dejarse perdonar.

A veces conocemos perfectamente nuestros pecados, los recordamos, los repasamos y los llevamos encima.

Y hasta después de confesarnos seguimos viviendo como si tú todavía nos los estuvieras echando en cara.

Cosa que no has hecho jamás.

Tú no eres así.

Tú perdonas de verdad.

Tú no dices:
«Te perdono, pero no me olvido».

Tú dices:

«Ve en paz».

¡Qué palabra tan bonita!

En paz.

No en deuda.
No humillada.
No señalada.
No condenada.

Sino en paz.

Porque tu perdón no consiste solamente en quitar una culpa.

Tu perdón, Jesús, devuelve la dignidad.

Devuelve la alegría.

Devuelve la esperanza.

Devuelve la vida.

Y esta mujer que entró en aquella casa como una pecadora, sale de allí como una mujer nueva.

¿Por qué?

Porque se encontró contigo.

Señor, esta noche hay alguien que necesita escuchar esto.

Hermano o hermana que me escuchas: ten la seguridad de que tu pecado no tiene la última palabra sobre ti.

Tu herida no tiene la última palabra.

Tu fracaso no tiene la última palabra.

Tu pasado no tiene la última palabra.

La última palabra la tiene el amor.

El amor del Corazón de Jesús.

Es el mismo Jesús que estaba en casa de Simón.

El mismo que dejó que aquella mujer se acercara a Él.

El que no se escandalizó de ella ni de su historia.

El que la levantó, el que la perdonó, es Él mismo.

El mismo Jesús.

Y hoy está aquí.

En la Eucaristía.

Tan cerca, tan humilde, tan escondido.

Pero tan verdadero.

Tan real.

Jesús, déjame creer que tu perdón es de verdad. Déjame recibirlo. Déjame descansar en tu misericordia.

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