Dime: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».
Y déjame creerlo.
Déjame recibirlo.
Déjame descansar.
Porque quizá lo que más necesito esta noche no es hacer nada, sino dejarme amar, dejarme perdonar, dejarme mirar por ti.
Y entender.
Y aprender.
Aprender de aquella mujer que no tuvo miedo a acercarse, que no tuvo miedo de llorar, que no tuvo miedo de amarte mucho.
Señor, haznos personas que hayan experimentado tu misericordia y que, por eso, sepan ser misericordiosas.
Haznos personas que no pasan de largo ante el pecado del hermano, pero tampoco lo condenan.
Personas que saben acercarse, escuchar, cuidar, levantar, curar.
Porque el que ha sido perdonado no puede vivir condenando.
El que ha sido amado aprende a amar.
El que ha experimentado tu misericordia se convierte en misericordia para los demás.
Quédate con nosotros y enséñanos a quedarnos contigo, a tus pies, como la mujer del Evangelio.
Sin máscara.
Sin excusas.
Sin miedo.
Porque donde el mundo ve un pecador, tú ves un hijo.
Y donde nosotras vemos una ruina, tú ves una historia que todavía estás escribiendo.
Y donde nosotros vemos un final, tú abres un camino.
Por eso, Jesús, aquí estamos contigo, a tus pies.
Con nuestras lágrimas.
Con nuestra pobreza.
Con nuestro amor.
Y solamente queremos decirte:
Gracias.
Gracias por no cansarte de nosotros.
Por esperarnos.
Por perdonarnos.
Gracias por mirarnos así.
Gracias por habernos confiado tu Corazón.
Y ahora, Señor, no queremos hablar más.
Queremos quedarnos aquí.
Mirarte y dejarnos mirar.
Porque también nosotras tenemos un perfume que ofrecerte.
Es humilde.
No es un perfume caro.
Es nuestra vida.
Son nuestras lágrimas, nuestras luchas, nuestros pequeños actos de amor, nuestra pobreza, nuestra fidelidad cuando todo cuesta.
Nuestra decisión:
«Aquí estoy, Jesús».
Y quizás esta noche no tenemos nada extraordinario que ofrecerte.
Pero podemos darte el corazón.
Aunque ahora esté roto.
Aunque esté cansado.
Aunque esté lleno de pesos.
Aunque no sepamos ni siquiera rezar.
Así como lo tenemos, te lo damos.
Porque tú no necesitas que vengamos perfectos.
Necesitas que vengamos.
Y esta noche queremos hacer justamente eso: venir.
Jesús, recibe mi vida como el pequeño perfume que hoy quiero derramar a tus pies.

