TU PERDÓN DEVUELVE LA VIDA

TU PERDÓN DEVUELVE LA VIDA

Y esta mujer que entró en aquella casa como una pecadora, sale de allí como una mujer nueva.

¿Por qué?

Porque se encontró contigo.

Señor, esta noche hay alguien que necesita escuchar esto.

Hermano o hermana que me escuchas: ten la seguridad de que tu pecado no tiene la última palabra sobre ti.

Tu herida no tiene la última palabra.

Tu fracaso no tiene la última palabra.

Tu pasado no tiene la última palabra.

La última palabra la tiene el amor.

El amor del Corazón de Jesús.

Es de Jesús que estamos contemplando, presente verdaderamente en la Eucaristía.

Es el mismo Jesús que estaba en casa de Simón.

El mismo que dejó que aquella mujer se acercara a Él.

El que no se escandalizó de ella ni de su historia.

El que la levantó, el que la perdonó, es Él mismo.

El mismo Jesús.

Estás aquí, Jesús, en la Eucaristía.

Tan cerca, tan humilde, tan escondido.

Pero tan verdadero.

Tan real.

Venimos a tus pies como aquella mujer.

Porque también nosotras tenemos un perfume que ofrecerte.

Es humilde.

No es un perfume caro.

Es nuestra vida.

Son nuestras lágrimas, nuestras luchas, nuestros pequeños actos de amor, nuestra pobreza, nuestra fidelidad cuando todo cuesta.

Nuestra decisión:

«Aquí estoy, Jesús».

Y quizás esta noche no tenemos nada extraordinario que ofrecerte.

Pero podemos darte el corazón.

Aunque ahora esté roto.

Aunque esté cansado.

Aunque esté lleno de pesos.

Aunque no sepamos ni siquiera rezar.

Así como lo tenemos, te lo damos.

Porque tú no necesitas que vengamos perfectos.

Necesitas que vengamos.

Y esta noche queremos hacer justamente eso:

venir.

Ponernos a tus pies y dejar que tú nos mires.

No como nos mira el mundo, sino como nos mira tu Corazón.

Porque tu mirada nunca hiere.

Tu mirada sana, levanta, devuelve la esperanza.

Señor Jesús, mírame esta noche.

Mírame en aquello que más me cuesta aceptar de mí.

Mírame en mi pobreza, en mi pecado.

Mírame en mi fragilidad.

Y dime también a mí:

«Tus pecados han quedado perdonados».

Tu perdón, Jesús, no solamente quita mi culpa. Me devuelve la vida.

TU PERDÓN DEVUELVE LA VIDA

Y esta mujer que entró en aquella casa como una pecadora, sale de allí como una mujer nueva.

¿Por qué?

Porque se encontró contigo.

Señor, esta noche hay alguien que necesita escuchar esto.

Hermano o hermana que me escuchas: ten la seguridad de que tu pecado no tiene la última palabra sobre ti.

Tu herida no tiene la última palabra.

Tu fracaso no tiene la última palabra.

Tu pasado no tiene la última palabra.

La última palabra la tiene el amor.

El amor del Corazón de Jesús.

Es de Jesús que estamos contemplando, presente verdaderamente en la Eucaristía.

Es el mismo Jesús que estaba en casa de Simón.

El mismo que dejó que aquella mujer se acercara a Él.

El que no se escandalizó de ella ni de su historia.

El que la levantó, el que la perdonó, es Él mismo.

El mismo Jesús.

Estás aquí, Jesús, en la Eucaristía.

Tan cerca, tan humilde, tan escondido.

Pero tan verdadero.

Tan real.

Venimos a tus pies como aquella mujer.

Porque también nosotras tenemos un perfume que ofrecerte.

Es humilde.

No es un perfume caro.

Es nuestra vida.

Son nuestras lágrimas, nuestras luchas, nuestros pequeños actos de amor, nuestra pobreza, nuestra fidelidad cuando todo cuesta.

Nuestra decisión:

«Aquí estoy, Jesús».

Y quizás esta noche no tenemos nada extraordinario que ofrecerte.

Pero podemos darte el corazón.

Aunque ahora esté roto.

Aunque esté cansado.

Aunque esté lleno de pesos.

Aunque no sepamos ni siquiera rezar.

Así como lo tenemos, te lo damos.

Porque tú no necesitas que vengamos perfectos.

Necesitas que vengamos.

Y esta noche queremos hacer justamente eso:

venir.

Ponernos a tus pies y dejar que tú nos mires.

No como nos mira el mundo, sino como nos mira tu Corazón.

Porque tu mirada nunca hiere.

Tu mirada sana, levanta, devuelve la esperanza.

Señor Jesús, mírame esta noche.

Mírame en aquello que más me cuesta aceptar de mí.

Mírame en mi pobreza, en mi pecado.

Mírame en mi fragilidad.

Y dime también a mí:

«Tus pecados han quedado perdonados».

Tu perdón, Jesús, no solamente quita mi culpa. Me devuelve la vida.

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