¡QUÉ DIFERENCIA, SEÑOR, ENTRE MIRAR Y VER!

¡QUÉ DIFERENCIA, SEÑOR, ENTRE MIRAR Y VER!

Simón mira aquella mujer y ve una pecadora.

Tú la miras y ves una hija.

Simón ve su pasado.

¿Tú qué ves?

Su corazón.

Simón ve lo que ella ha hecho mal.

¿Y tú qué ves?

Lo que puede llegar a ser.

Simón le pone una etiqueta.

¿Y tú la llamas con amor?

Y qué fácil es para nosotros, Señor, hacer de Simón.

Qué fácil es mirar a los demás desde fuera, juzgar, clasificar, poner etiquetas.

«Este es así».

«Este es de esta manera».

«Este no cambia».

«Este hace siempre lo mismo».

Y puede ser que, sin darnos cuenta, estemos haciendo con otros lo que no queremos que nadie haga con nosotros.

Porque también nosotros, cada uno, tiene su historia.

También cada una tiene sus heridas.

También cada una ha fallado más de una vez.

Y también cada uno de nosotros necesita de tu misericordia.

Señor, qué fácil es quedarnos en lo que vemos por fuera.

En el error.

En el pecado.

En el fracaso.

En aquello que una persona hizo mal.

Pero tú no miras solamente lo que somos hoy.

Tú miras el corazón.

Tú miras la historia entera.

Tú miras aquello que todavía puede nacer.

Donde nosotros ponemos una etiqueta, tú sigues viendo un hijo.

Enséñanos a mirar como tú.

A mirar más allá de las apariencias.

A no condenar a una persona por su pasado.

A no reducir a nadie a su pecado.

A recordar que también nosotros hemos necesitado, y seguimos necesitando, tu misericordia.

Porque, Señor, el que ha experimentado tu misericordia aprende a mirar con misericordia.

Y esta noche queremos pedirte:

Jesús, dame tus ojos.

Que no mire para juzgar.

Que no mire para comparar.

Que no mire para clasificar.

Que aprenda a mirar para amar.

Señor, enséñame a ver como tú ves.

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