Señor, ¿cuántas veces nosotras hacemos justamente lo contrario?
Cuántas veces digo: «Cuando cambie, ya iré a Jesús»?
«Cuando deje esto, volveré».
«Cuando consiga rezar mejor».
«Cuando deje este vicio, esta mala costumbre».
«Cuando sea una persona mejor…».
Y tú me dices:
«No, no. Ven ahora. Ven ya. Ven como estás. Ven con tus heridas, con tus pecados, con tus contradicciones».
Ven con tu pobreza. Ven como eres.
Porque yo no te amo por lo que consigues ser.
Yo te amo porque eres mía.
Y esa es la razón.
Y aquella mujer se acerca a ti y unge tus pies, los moja con sus lágrimas, los seca con sus cabellos, los besa, los acaricia, los perfuma.
No necesita muchas palabras.
Su cuerpo, su actitud, está rezando.
Sus lágrimas están rezando.
Su silencio está rezando.
Su amor está diciendo:
«Jesús, necesito que me salves».
Y entonces aparece Simón.
Simón está mirando, pero no está viendo.
¿Qué diferencia, Señor, entre mirar y ver?
Simón mira aquella mujer y ve una pecadora.
Tú la miras y ves una hija.
Simón ve su pasado.
¿Tú qué ves?
Su corazón.
Simón ve lo que ella ha hecho mal.
¿Y tú qué ves?
Lo que puede llegar a ser.
Simón le pone una etiqueta.
¿Y tú la llamas con amor?
Señor, enséñanos a mirar como tú.
A no quedarnos en la historia de una persona, en su pecado, en su error, en aquello que hizo mal.
Enséñanos a mirar el corazón.
Porque tú no miras lo que somos solamente.
Tú miras también lo que podemos llegar a ser cuando nos dejamos alcanzar por tu amor.
A tus pies, Señor. Como estamos. Sin máscaras, sin excusas, sin miedo.

