Señor Jesús, esta noche queremos quedarnos contigo.
Sin prisas. Sin tener que demostrarte nada. Simplemente estar.
Porque sabemos que delante de ti podemos dejar de aparentar. No hay que disimular.
Tú nos conoces. Conoces nuestra historia. Conoces nuestras heridas. Conoces aquello de lo que estamos más orgullosos y también aquello que nos avergüenza.
¿Conoces nuestros pecados? Y, sin embargo, no te echas atrás, no retrocedes. Aquí estás.
Siempre esperándonos. Mirándonos. Amándonos.
Sin cansarte. Ilusionándote cuando ves que nos acercamos.
Y esta noche el Evangelio, Señor, nos lleva a casa de Simón.
Hay mucha gente alrededor de ti. Todos te están mirando, todos quieren verte, están escuchando. Cada uno tiene una opinión.
Y, de repente, entra una mujer.
Aquella mujer, esa mujer que lleva una historia detrás. Esa mujer que es conocida por su pecado.
Y esta mujer hace algo desconcertante.
No viene a justificarse. No viene a explicar su vida. No viene a defenderse.
Se pone a tus pies.
Nada más.
A tus pies.
Y llora delante de ti.
Qué bonito, Señor.
Porque muchas veces nosotras necesitamos aprender esto: que no tenemos que tener todo arreglado para acercarnos a ti.
Que no tenemos que esperar a ser mejores.
Que no tenemos que limpiar primero nuestra vida para después presentarnos ante ti.
Ella vino como estaba.
Con su historia.
Con su pecado.
Con sus lágrimas.
¿Y tú no la rechazaste?
Señor, enséñanos también a nosotras a venir así.
Sin máscaras.
Sin excusas.
Sin miedo.
Simplemente a tus pies.

